Search
Thursday 19 September 2019
  • :
  • :

Un cenaguero que ha recorrido media Cuba

Julio Castillo, un cenaguero que ha recorrido media Cuba

Julio Castillo, un cenaguero que ha recorrido media Cuba

Con 83 años cumplidos, Julio Castillo todavía tiene mucho por andar. Energías no le faltan, ni cosas por hacer tampoco. Tan pronto llegamos a Guasasa aquel día, alguien nos recomendó que no nos fuéramos sin verlo.

“Nací el 1 de octubre de 1929, martes a la 8 de la mañana”, nos cuenta con total seguridad. “En Pastorina, una finca que está más allá de Cocodrilo, pero venía a Guasasa, a darle vueltas a mis hermanos.

“Esto era feo. Una vez una mujer se pinchó con una mata de espinas y esa misma noche se murió porque cogió gangrena.  Sin médico, ni en qué salir para ninguna parte, cualquier cosita era una sentencia de muerte.

“Como a un kilómetro de aquí vivía un matrimonio. Dicen que la mujer murió de parto, botaíta ahí. Y una pariente mía le pasó algo similar, porque cuando fueron a sacarla ya no había remedio y murió en el camino.”

Pero Castillo no solo conoce el sabor de la Ciénaga, lo malo y lo bueno que ha pasado por estos lares.

“Es verdad que he andado casi toda Cuba. De niño viví por el Escambray, loma arriba y después de 8 años regresé. A los 13 comencé a trabajar picando caña, cortando leña y yerba para los mulos. Me recuerdo que me daban 5 pesos y la comida.

“Cuando llegué a los 14, me fui para Caleta Buena y comencé a hacer carbón con un mallorquín (un español de Palma de Mallorca). Ahí ganaba 17 pesos, me defendía, porque imagínate, la cosa estaba dura. Lo mismo cargaba carbón, amontonaba leña… lo que hubiera que hacer.

“Laborábamos desde bien temprano como hasta las 11. A esa hora una mujer que se llamaba Carmela, tocaba un guamo, como le decían los indios, y veníamos a almorzar. Descansábamos un poco y a eso de las dos de la tarde volvíamos al trabajo hasta el oscurecer.

“A los 18 me fui de la Ciénaga para la Isla de Pinos. Allá estuve 4 años, pero no dejé de hacer carbón. Se hablaba que había mucho trabajo fuera, y esto fue un lado pésimo siempre.

“En ese tiempo era secretario de propaganda de la Juventud Socialista. Los Figueiras venían mucho por acá, por la costa, para dar reuniones, escondidos, y así los conocí hasta que me enrolé en el movimiento y vendí libros de Blas Roca y otras cosas para la organización.

“Después abandoné todo eso porque me quedé solo, unos se fueron, se armó tremendo reguero y yo no supe nada más de la Juventud Socialista. Me afinqué a trabajar y de la Isla pasé para el Cabo de San Antonio.

“Por María la Gorda, Guanacabibe, ahí estuve yo una partida de años. Luego me fui para Nuevitas, Calabaza, Cayo Romano en Camagüey; siempre haciendo carbón. Había que ganarse la vida de alguna forma. Yo era semianalfabeto y el trabajo estaba muy escaso.”

El 11 de abril de 1957 recibió un telegrama que cambiaría el curso definitivo de su vida: su papá había muerto. “Se me cayó el alma arriba y me dije que no iba a estar más regao’ de la familia”. Una vez más Castillo emprendería el viaje de regreso y Guasasa se convertiría así en su nuevo domicilio.

“Poco después me fui a vivir y a trabajar en Girón. Viene la invasión y yo justamente allí. Vivíamos frente a la tienda, a aquello le decían “corta y clava” porque los que querían trabajar allí agarraban unos janes un poco de guano y ya está.

“Ese mismo día de la invasión, nosotros habíamos jugado pelota con unos muchachos del barrio por la tarde, y por la noche nos acostamos. Enseguida comenzó el tiroteo.

“Recuerdo que mi mujer me pregunta por el estruendo y yo le digo que eso eran las milicias practicando, pero ya las balas sonaban más duro. Mi hijo mayor tenía 2 años y la niña, 32 días de nacida. Cuando la cosa se puso más fea salimos con un grupo de gente y nos escondimos detrás de unas casas hasta que llegó el día y aparecieron los mercenarios y nos recogieron.

“Separaron a los hombres de las mujeres. Nos trancaron e interrogaron. A esa hora que si estábamos dispuestos a incorporarnos al Ejército de Liberación. Un tal Rafael Mejías y otros dos más se incorporaron. Los demás compañeros y yo dijimos que no, planteamos que lo nuestro era trabajar.

“Había un albañil habanero, que no recuerdo el nombre, un señor mayor ya, que nos aconsejaba mantenernos firmes, pero con buena forma, porque esos desgraciados eran capaces de agarrarla con uno de nosotros y colgarlo.

“Cuando se acabó la invasión, logramos salir hasta la boca del camino y allí nos topamos a uno que se había unido a los mercenarios que nos abrazó llorando, que él no quería, que lo iban a fusilar, que él era incapaz de matar a nadie, en fin… Le preguntamos por las mujeres y nos dijo que en el Polvorín había algunas, escondidas, envueltas en trapos y cosas, y que le había dado una compota a una que tenía una niña que se le iba a morir.

“Imagínate, cuando me dijo eso se me desprendió la vida: esa era mi mujer y mi hija. Fuimos para allá, con los milicianos que ya iban llegando y nos llevaron para el hospital en Cayo Ramona. No había nadie herido, pero estaban deshidratados por la sed y el hambre. Después de eso no me quedaron deseos de vivir en Girón y eché pa’ Guasasa, y aquí estoy desde entonces.

“Todo lo que he hecho es trabajar, pero ahora sí no me voy para otra parte”, nos dice sonriendo, mientras el médico de la comunidad, le toma la presión y bromea sobre su buen estado de salud.



Radio 26 es la emisora provincial de Matanzas, planta matriz de la cadena de radio de nuestra provincia cubana. Está ubicada en la capital matancera, en la calle de Milanés esquina a Guachinango, en las alturas de esta bella ciudad rodeada por el valle Yumurí y la bahía de Matanzas. Twitter: @radio26cu Correo: emisora@r26.icrt.cu


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Mostrar Botones
Ocultar Botones