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Monday 23 September 2019
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Crónica de una matancera de alma

Matanzas de noche

El embrujo de la noche matancera

Al pensar en ti, Matanzas, una voz grita dentro de mí casi agónica de dolor. Mi primer suspiro no ocurrió sobre tu lecho, pero me siento tu hija y veo como si te apagaras de a poco, como si, cansada de luchar, te perdieras en la nostalgia de cada muro que cae, de cada edificio convertido en parque, de cada trozo de ilusión perdido entre los versos de Carilda.

Vuelvo atrás en el tiempo: los arcos de triunfo te dan una majestuosidad como de reina, solo debemos quitarle aquel nombre de dolor para tu pueblo; el Ten Cents con su estructura gallarda, compaginada de manera exacta con el paisaje urbano y no con la apariencia contemporánea que luce hoy Variedades.

Fuiste alguna vez una ciudad maravillosa, de riquezas incalculables y bellezas nunca antes imaginadas. Tu arquitectura neoclásica perfectamente organizada; las notas de José White y Miguel Faílde resguardadas en esos enormes muros del siglo XVII; la poesía cautiva en San Severino,  las Cuevas de Bellamar y el Palacio de Junco se confabularon para convertirte en la Atenas de Cuba.

Daniel Dall’aglio te regaló dos de tus más importantes símbolos: la iglesia de San Pedro Apóstol y un teatro Sauto rodeado de calor humano, de aplausos y luces, que no sentía añoranzas, ni le importaban presupuestos. Eso era entonces, hoy es todo silencio.

Mi ciudad de primicias, de una suerte de magia con olor a café tostado al amanecer o de las dulzuras salpicantes de los centrales azucareros. Matanzas despierta hoy suplicante, busca esperanzas en una distinción que ojalá sepa remover la conciencia de los hombres y los convenza de que la majestuosidad de esos muros centenarios va más allá de maquillajes y papeles.

Hoy Matanzas no es más que un suspiro regalado al aire, un ser errante como la ceiba que yace medio marchita, pero no por el tiempo sino por las locuras humanas, una dama de luto que busca consuelo en sus desagradecidos hijos quienes día a día la dejan abandonada a merced del tiempo, la naturaleza y el dolor.

Matanzas, no te rindas, yo estaré siempre contigo, quiero que seas feliz al escuchar tambores en La marina, quiero que te contagies con la sensualidad de tus danzones,    quiero que seas hoy, como siempre has sido, mi Atenas.




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