Cuando era niña y no tan niña, para qué lo voy a negar, vivía pegada al televisor. Hasta los diez años no hubo uno en mi casa y cuando descubrí esa caja que mostraba imágenes, quería estar todo el tiempo pegada a ella.
Mi hermano y yo lo veíamos todo hasta que ponían el patrón, que antes no era tan tarde.
Eran tiempos de muñequitos rusos, de Bolek y Lolek; de los clásicos norteamericanos como Tom y Jerry, de Piolín, de Popeye el marino; otros cubanos, como Igor, Chuncha, Cecilín y Coti y las siempre esperadas aventuras de Elpidio Valdés.
Los muñes eran tranquilos, con buenos temas musicales de fondo y voces graciosas, llamativas para los niños y fáciles de imitar. Las caricaturas eran agradables a la vista y hacían crecer la imaginación.
Siempre había alguno violento, como Voltus Cinco; pero le contrarrestaban los grandes clásicos con Peter Pan, la Cenicienta, Blanca Nieves, el Mago de Oz o los Mosqueperros, una serie que disfruté en mi niñez.
Es verdad que no teníamos muchas opciones, que dependíamos de lo que transmitía la televisión, pero no necesitábamos más. Así teníamos más tiempo para leer, para jugar o practicar deportes.
Hoy, tal vez porque me estoy poniendo vieja, la mayoría de los muñes modernos me parecen una agresión a la salud mental de los niños.
Todos los días debo requerir a mi hijo para que baje el volumen del televisor cuando ve sus preferidos Kim Posible, Los Cinco Vengadores o Lilo y Stich, entre otros. pero me he dado cuenta que no tiene que ver con el volumen, sino con la manera en que hablan los personajes, dando gritos, vociferando…
Lo de menos es la violencia que en ellos existe o la falta de una imaginación sana, lo más preocupante es lo difícil que resulta descifrar las enseñanzas que pueden dejar, lo cual, imagino, debe ser el fin último de cualquier producto comunicativo infantil.





















