Sergio Roque nos trae de vuelta a la Avellaneda

maqueta avellaneda

Una escultura monumentaria dedicada a la poetisa cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda se erigirá en la calle que lleva su nombre en la ciudad de Camagüey, Patrimonio Cultural de la Humanidad, en el contexto del bicentenario de su natalicio y como regalo al medio milenio de vida de la urbe.

Mabel Aladro, especialista de la Oficina del Historiador de la Ciudad, informó que la efigie es de la autoría del artista Sergio Roque Ruano, camagüeyano residente en Matanzas, y constituye un reconocimiento a la primera poetisa romántica en Hispanoamérica.

La Tula, nombre de la pieza fundida en bronce por la institución Caguayo, de Santiago de Cuba, posee dos metros y 20 centímetros de altura, y se colocará además sobre un pedestal que alude a las clásicas columnas dóricas.

La especialista explicó que se trabaja intensamente en la reanimación de la calle Avellaneda, una de las vías principales de la villa, en cuya entrada se instalará la efigie, que eternizará la memoria de la también precursora de la novela hispanoamericana.

Señaló que el monumento no solo se ubicará a pocos metros de su casa natal y del teatro que la inmortaliza, sino que será inaugurado en el mes de marzo, en el contexto de su bicentenario.

Sergio Roque Ruano comentó en una oportunidad a la prensa agramontina que en la obra, de estilo clásico, la Avellaneda tiene un libro en la mano que aprieta contra el pecho. “Está erguida, levantando un pie, a punto de dar un paso, de seguir hacia adelante, avanzando. Y se presenta vestida con una túnica propia de su época”, añadió.

La Avellaneda nació el 23 de marzo de 1814 en Santa María del Puerto del Príncipe, hoy Camagüey, y falleció en España el 1ro. de febrero de 1873, a donde había viajado en 1836 con su familia y donde residió más de la mitad de su vida.

Un camagüeyano- matancero y su andar por la Tula

Casi con el bicentenario de Gertrudis Gómez de Avellaneda encima y con más de un siglo de intentos, la idea de un monumento a su figura parecía quedar en los recortes de viejos periódicos y en el tortuoso trasiego de una mujer que aún después de su muerte, hace ya 140 años, sigue dándose a la vida como espíritu lleno de luz, persistiendo vehemente y altiva porque ella, nuestra Tula, quiere estar en Camagüey.

En los albores de los años 80 del siglo pasado tocó el alma de un nuevitero que estudiaba en Kiev. El joven buscaba un motivo para realizar su tesis en la Academia de Bellas Artes, cuando Gertrudis emergió de las cálidas aguas de su añoranza tropical. El escultor en ciernes comenzó a modelar en barro una figura que después vació al yeso, con la intención de fundirla en bronce.

Sergio Roque Ruano concluyó con éxito su ejercicio de grado y recibió el aplauso de media Unión Soviética, donde era usual al final del curso, una exposición itinerante con las piezas de los alumnos.

Pero el artista formado en tiempos de bonanza no pensó guardar por casi tres décadas su proyecto de escultura monumentaria, la especialidad en la que se graduó. Al lienzo, al barro y a la luz de los óleos debió constreñir el gusto por el volumen y el espacio, y el gran sueño con la Tula pasó a ser una buena compañía en el taller, y un testigo silencioso de su desvelo.

En la adorada Nuevitas casi no calentó la sangre cuajada por los vientos siberianos, por zarpar para otra ciudad portuaria, también muy conectada con la poetisa y dramaturga de su inspiración. En Matanzas ancló enamorado.

Como la vida de la Avellaneda, la historia del monumento tiene el sobresalto de la zozobra y el beneficio de la esperanza, pues al conocer la propuesta de Sergio Roque, la Oficina del Historiador de la Ciudad de Camagüey abrió sus brazos, y enseguida el proyecto estaba en el Taller de Fundición Caguayo S.A.

La escultura debía estar lista en febrero, pero el huracán Sandy al ensañarse en Santiago de Cuba dejó sin cubierta la inmensa nave de 16 metros de alto y casi 200 de largo del taller. Tula estaba protegida en un huacal.

La dimensión de la pieza, de 2.20 metros, recordaba el calificativo martiano a la Avellaneda de “atrevidamente grande”, y la esbelta mujer de ojos negros, grandes y rasgados, expresiva, como la describió el historiador cubano Domingo Figarola-Caneda.

En cambio, la versión contemporánea, muy académica, evidentemente, realza la agudeza de la mirada, perfila con un libro en la mano su auténtico legado, y acentúa el pie firme de aquella adelantada que, al decir de Dulce María Loynaz, fue demasiado talentosa para el gusto de su época.

(Tomado de Juventud Rebelde y Adelante)

 

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