Search
Thursday 14 November 2019
  • :
  • :

Un guajiro guapo en Girón

Senén RamírezRío se le vuelve la Sierra Maestra, trayendo y llevando de un lado a otro sus memorias. Sabe que ya no recuerda igual,  que la isquemia cerebral lo dejó medio confuso. Pero ni siquiera así Senén Ramírez Veito se siente vencido.

 “Pregunte”,  dice, mientras el humo que escapa del  tazón de café le moja la nariz. “Así me gusta,  bien caliente, como aprendí a tomarlo en Cieneguilla. ¿Sabes que eso queda en Granma?

De allá soy yo, de aquellas lomas que en 1957 se convirtieron en mi hogar…”. Y si no arrimo todo lo que puedo el oído, no escucho la voz bajita y lenta, lenta como si cada palabra tuviera que ir poco a poco despertándose para escapar de sus labios.

En la pequeña salita del Partido municipal de Los Arabos, en Matanzas, un asiento le sirve ahora de trinchera, desde ahí busca la mejor posición para llegar sin contratiempos a su otra Ciénaga.

Estaba cansado de tantos abusos, de los planazos que yo mismo recibí. Odiaba a los guardias de Batista y un tío me oyó protestar y dijo: Si quieres tumbarlo no alardees…  Sube a la Sierra Maestra y busca a la gente de Fidel.

Muchacha, me alcé sin saber bien lo que era la guerra de allá arriba y cuando vine a ver, tenía las balas detrás,  los aviones  rompiéndome la cabeza y un miedo… (que alguien me diga que no lo sintió, porque la guerra no tiene nada de bonito)…

 “¿Guajiro qué tu haces aquí?, yo mismo me preguntaba… Ah, pero yo tenía muchos deseos de terminar con un tiempo al que ni en sueños quiero volver… Y tuve suerte, oiga, compartir la lucha con Fidel, eso sí fue ser afortunado.

Cuando alguien pregunta qué hice como rebelde, solo respondo: Estuve en la Columna  No 1. Si Fidel le ponía el pecho a las balas, cómo no lo iba a hacer yo. No puedo explicarte por qué me eligieron a mí, pero estuve en el grupo encargado de velar por su seguridad cuando se detenía en la casa del campesino, ¿Eugenio?, sí, el de los Jerez.

Entonces, solo sabía que a ese hombre nada podía pasarle.   Ahora, me asusto al pensar que su vida estuvo bajo mi responsabilidad…  Sin embargo, por alguna razón, nunca abandoné esa sensación de sentirme su guardián, sin que Fidel se ponga bravo.

A mi modo,  lo vigilé en cada paso por donde pasamos en la  Caravana de la Libertad. No le quité los ojos de encima hasta que con nuestra gloriosa victoria entramos en La Habana, el 8 de enero de 1959. Dos años después volví a tenerlo cerca.

Me dejaron en la capital, primero en la Cabaña y después en Managua, donde comencé la escuela para tanquistas.  Fui de los primeros en entrenarme y también aprendí a leer y escribir, cogí el segundo grado…

Nada más que comenzó el bombardeo del 15 de abril de 1961 y empezamos a preparar los tanques… Pero teníamos dos problemas, todavía el curso no había terminado y las tripulaciones estaban incompletas, tocaba a cinco por equipo.

En el grupo que caí, solo tres de nosotros nos sentíamos mejor preparados para dominar la técnica, eran unos T-34-85 de fabricación checa, que llegaron de la antigua Unión Soviética ante el peligro de la invasión yanqui.

Sobre las propias esteras fuimos manejando los tanques y eso nos demoró un poco… Cerca de la una de la madrugada rompió nuestra ofensiva. Fidel tenía el puesto de mando cerquita de allí, en el central Australia, así que pude verlo de pasada.

Las difíciles condiciones del terreno impedían un mejor avance de los tanques, la entrada sería de uno en uno. El mío se adelantó y en el mismo entronque del poblado de San Blas, fuimos emboscados, imagínate, nos cayeron encima con sus  aviones M 41, bazucas y cañones sin retroceso de 57 mm.

Fuera de combate quedó mi T-34 (también otros cuatro)  y lo peor, perdimos de manera instantánea a dos compañeros. Vi morir envuelto en llamas a mi hermano de lucha, Armando Parra Góngora, que veníamos juntos desde el Ejército Rebelde. Aunque hayas estado cerca de ella, la muerte impresiona. Él apenas disfrutó a su niña de meses…

Sin tiempo para lamentos, enseguida nos incorporamos y seguimos a pie. Por fin llegamos al fragor del combate y con el resto de los tanquistas, no solo apoyamos con efectividad el avance de la infantería, sino que le destruimos al enemigo uno de sus M 41. Eso elevó,  y mucho, nuestra moral combativa.

Los mercenarios se acobardaron porque vieron a la gente echar pa´ lante y pa´ lante. Cuando se emplazó la artillería, aquel fuego intenso, pusieron pie en polvorosa y eso que traían armamentos y  mejor posición, pero qué va, nuestra “carga al machete” los intimidó… Tengo seca la garganta, no quedó un buchito de café”.

Bebe de un golpe, toma aliento.

“Periodista, hay cosas que olvido, esta isquemia a los 75 años borra mi mente. Ah, no le conté, bueno, quién no sabe que Fidel le dio al buque Houston con uno de nuestros tanques, sí, ese mismo que está en el Museo de la Revolución de La Habana, un T-34-85…”

A este hombre pudiera fallarle cualquier rincón de la memoria pero no su vocación de combatiente. Nada comenta de su vida personal. “Me debo a la Patria, a este país por el que todos tenemos que seguir guerreando y ganaremos, hoy somos más fuertes que hace 50 años y el enemigo lo sabe”.

 De pie se pone y luce alto, se acomoda el pantalón y sale a la calle. “¡Eh. Eh!  ¿Ese no es Roberto Del Puerto? Periodista, este hombre también estuvo en Girón. Hermano, cuéntale, cuéntale”.




Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Mostrar Botones
Ocultar Botones