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Friday 20 September 2019
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Mi hijo lleva su nombre

reynaldo-apolonioSus compañeros lo dieron por muerto. Sangraba sin parar y había perdido el conocimiento. Se combatía muy duro en las cercanías de Playa Girón. Era el día 18 de abril de 1961. En medio del fragor de la lucha, lo recogen y lo ponen encima de la cama de un camión GAZ 63 que remolcaba  las ametralladoras antiaéreas. Justo encima de él van a parar los cuerpos inertes de varios compatriotas, destrozados por la metralla.

Muy cerca del  primer hospital de campaña, próximo a Playa Larga, recobra el conocimiento y logra incorporarse a duras penas. Al ver aquello, alguien que venía en el estribo del camión, grita perplejo: “Se paró un muerto”.

AQUEL DÍA NADIE ALMORZÓ

A los 78 años de edad el teniente coronel jubilado Reynaldo Apolonio Díaz Román deja ver los destellos del hombre vigoroso y fuerte que fue. Es uno de los tantos protagonistas de la gesta victoriosa del pueblo cubano ante la arremetida mercenaria. Al contar sus vivencias de aquella epopeya se emociona con facilidad y gesticula como un niño.

“Por esos días nos encontrábamos en la loma de Esperón, un sitio ubicado entre Guanajay y Caimito. Recién habíamos regresado de la lucha contra bandidos en las Minas de Motembo, en territorio de Villa Clara. Yo era sargento mayor de la primera compañía del batallón de la Policía Nacional Revolucionaria.

“La situación estaba muy tensa y la dirección del país esperaba una invasión a la Isla. La aviación enemiga bombardeó el aeropuerto de San Antonio de los Baños (también las terminales aéreas de Santiago de Cuba y Ciudad Libertad).

Evidentemente, tenían el propósito de neutralizar la fuerza aérea cubana. Por tal motivo, ese fin de semana salió de pase solo el 50 % del batallón.

“A mí no me correspondía salir, pero como mi esposa se encontraba embarazada de mi primer hijo, un compañero nombrado Wilfredo Gonce Cabrera, me dijo: ‘Vete tú,  yo puedo ver a mi novia en otra ocasión’. Fue un gesto que no olvidaré nunca, sobre todo porque ese joven guantanamero, de apenas 20 años de edad, no volvió a ver ni a su novia ni a su familia. Cayó en combate. Recuerdo que era un muchacho muy respetuoso y solidario.

“Regresé al campamento en la mañana del día 17 y me encontré con la noticia de la invasión. Como a las once llegó la orden de que el batallón, al mando de Efigenio Ameijeiras y Samuel Rodiles, debía ir a combatir. Era lo que queríamos todos. Nadie almorzó. Fuimos en camión hasta Patrullas, en La Habana Vieja.

“Allí cambiaron el armamento pesado por ligero. Entregamos los morteros y ametralladoras pesadas, y nos dieron fusiles FAL. Nos explicaron que la misión nuestra era salir por un punto entre Playa Larga y Girón para cortar la vanguardia y el frente enemigo.

“Salimos de Patrullas como a las seis de la tarde. Íbamos en unas rastras de carga por camiones por toda la Carretera Central. Al entrar en Matanzas la cosa ya estaba calentica, la gente estaba en las calles, las mujeres tiraban flores, y todos nos pedían que derrotáramos a la invasión. Al llegar al central Australia la misión nuestra cambió. Las fuerzas de la Escuela de Responsables de Milicias se batieron  duro e hicieron retroceder al enemigo. Entonces Efigenio me dijo: ‘Directo a Playa Larga’”.

COMBATE COMO AQUEL…

“Cada cierto tiempo había que parar las rastras, apagar las luces y tenderse en la cuneta. La aviación mercenaria nos castigaba constantemente. Seguimos y llegamos hasta donde se encontraban unos autobuses que habían sido incendiados con napalm, algo después de Playa Larga. Todavía ardían. Algo más adelante, en las cercanías del sitio conocido como Punta Perdiz,  dieron la orden de detenerse. Se tomaron las medidas de seguridad para esperar el amanecer del día 18. Yo estaba agotado y no alcancé a hacer otra cosa que recostarme a la mochila. Así me quedé dormido. Luego supe que un compañero del pelotón  abrió mi mochila y me cubrió.

“Bien temprano continuamos el avance hacia Girón. A eso de las once de la mañana empezaron a caer los morterazos y la aviación a ‘joder’. Nos pegamos a tiro limpio con ellos y seguimos la marcha. Después tuvimos la impresión de que se replegaban; había una tranquilidad muy sospechosa. Y de pronto, cuando ya nos faltaban más o menos tres kilómetros para llegar… oiga, nos dieron una encerrada de tiro, plomo y cañonazo. Tú escuchabas nada más que  ‘tatatatatatatata’, y los cañonazos al medio, delante y sobre todo en la retaguardia. Ellos pensaron que íbamos a retroceder. Yo tenía la experiencia de la lucha contra bandidos, pero combate como aquel…

“El tiroteo era tremendo. Hubiera dado cualquier cosa por una cueva de cangrejo para guarecerme (se ríe). En medio de aquella adversa situación Efigenio y Rodiles  nos arengaron con palabrotas muy fuertes y el batallón avanzó como una verdadera ola humana.

“Dividieron la compañía para avanzar por la izquierda y por la derecha, y a mí se me ocurre subirme a un tanque para exhortar a la gente mía. Fue entonces cuando el disparo de un cañón sin retroceso, caído en el otro extremo del tanque, me lanzó por el aire y caí a varios metros de allí. Faltó poco para que no hiciera más el cuento”.

SE PARA EL MUERTO

“Vine a recobrar el conocimiento en el hospital de campaña más cercano. Desde la camilla  pedí un vaso de agua y escuché cuando el médico le dijo a la enfermera: ‘Sí, dale lo que quiera que a ese le falta poco, está reventado’. Después supe que mi salvación fue haber  vomitado toda la sangre. Increíblemente me sentía bien y dije que me iba de nuevo para el combate. ‘Usted es un fresco y un parejero, usted no se puede mover de aquí’, dijo el médico.

“Sin embargo, a la primera oportunidad escapé y me regresé en una máquina que trasladaba a los heridos. Cuando mis compañeros de la compañía me vieron, dijeron: ‘Pero Díaz, ¿tú no estabas muerto?’.

“Después de los combates, estuve como 20 días más en Girón. Aquel suceso victorioso es mucho, pero mucho más de lo que te he contado, y por sobre todas las cosas demostró que todo es posible si se cuenta con el pueblo. Dejó también la enseñanza del ejemplo personal de Fidel y su estrategia militar.

“Volvimos a la loma de Esperón. El 27 de junio mi esposa dio a luz a mi primer hijo y mis compañeros me pidieron que le pusiera el nombre de uno de los integrantes de la compañía caídos en combate. Escribimos los nombres en pequeños pedacitos de papel y los echamos en una gorra. Al sacar uno, aparecía el nombre de Eusebio Rafael Izquierdo Ramírez.
“Fue el joven que abrió mi mochila y me tapó en la madrugada del 18 de abril. Mi hijo lleva su nombre”.




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