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Friday 20 September 2019
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El Apóstol llega a Cuba

jose martiLa preparación ha sido larga y sumamente compleja, pero al fin  la tea de la independencia fulmina con su luz la manigua redentora de Cuba Libre. Es verdad que aún es una débil llama cuya flama, en ese tiempo proceloso, por la suerte o la desgracia, puede extinguirse.

El 24 de febrero de 1895, con una hidalguía rayana en lo que los hombres de poca fe podían considerar una impaciente locura, en Oriente y Matanzas había flotado audazmente la bandera de Cuba Libre y desde entonces se peleaba, a pesar de que los grandes de la guerra no habían podido pisar el suelo sagrado de la Patria.

El 1ro. de abril el primero que llegaba era Antonio Maceo, con su hermano José, Flor Crombet y un reducido grupo de expedicionarios.  Su odisea se conoce y también que cien veces estuvo al filo de la muerte.

Once días después, en una noche de tormenta, en un desvencijado bote de remos, llegaban Gómez y Martí y una mano de valientes por Playitas de Cajobabo.  Habían realizado la hombrada de vencer a los enemigos, a la naturaleza y a los prejuicios de los amigos que pretendían no exponer la vida de aquellos héroes.

Martí cumplía su misión: si él convocó la guerra quería estar al frente de la misma, para servirla mejor; desmentía a los infames que un día, sirviendo traidoramente a intereses españoles, lo llamaron “capitán araña”  y con amor entero respondía a los que pensaban que servía mejor a Cuba desde el extranjero.

Ya estaban en suelo cubano la trilogía de los más grandes servidores de la independencia. Más tarde y en igual de difíciles condiciones, llegarían Calixto García, Carlos Roloff y otros más.

Con la presencia de Martí se señalaba su intención expresada en su carta a Serafín Sánchez, el 16 de febrero de 1893:

          “Yo también tengo prisa, y ni vivo, ni me llamaré

           hombre, hasta que tengamos el pie en campaña.”

Esto explica la conciencia del peligro a que se exponía, pero su comprensión del deber lo llevaba a reconocer peligros anteriores y a compensar, con su inteligencia y prestigio, a cambiar como el mismo le expresó a Gonzalo de Quesada:

          “Yo, tal vez pueda  contribuir a ordenar la guerra

           de manera que lleve dentro sin traba la república…”

Quizás aquí esté el secreto de la presencia, peligrosa para su vida, del Apóstol en los campos de Cuba Libre.




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