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Wednesday 13 November 2019
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Sauto: en mis soledades tú también estás

Sauto, grabado de la época en que se inauguró en 1863.

Tal vez tenía que ir al teatro Milanés aquella noche para sacarme de dentro tanta nostalgia acumulada durante años de puertas cerradas; arañas y cocuyeras apagadas; palcos, grillés y butacas vacíos; silencio y extrañamiento donde una vez reinaron aplausos y ovaciones.

Quizás debía asistir a una función del Lírico pinareño y quedarme extasiada, como petrificada, sentada en una butaca casi idéntica a las del teatro de mi ciudad. Entonces fue cuando apareció vestida de noche, casi enmascarada, como para que no me diera cuenta, esa invasora sensación que llamamos melancolía.

Y paradojas de la vida, nuestro teatro lleva el nombre de un piñareño: Esteban de la Concepción Sauto y Noda, y el de Vuelta Abajo, el de un matancero: José Jacinto Milanés. Paradojas de verdad.

Aquella noche de abril, a solo tres días de la fecha en que se cumplieran 151 años de que Sauto apareciera majestuoso en la Plaza de la Vigía, me di cuenta de cuánta añoranza tenía por la vetusta edificación yumurina, llena de puertas misteriosas –que en años se abrieron– y entramados sorprendentes que dibujan su sombra en el silencio nocturno.

Fachada teatro Milanes, 1948

Fachada del teatro Milanés, 1948

Mi madre sembró en mí el amor por las artes: la música, la lectura, el teatro, el circo, el ballet, los museos… Con nueve años ya había ido al Bacardí santiaguero y un año después asistía a una función de ballet. Sauto llegó a mí por los cuentos novelescos de mi mamá. Ella había correteado y escudriñado cada rincón con una amiga que vivía con su familia en la propia instalación.

Ella, ideal para narrar y novelar, hacía cuentos de ríos subterráneos y espíritus benignos que habitaban el lugar; de fiestas y bailes, cuando la platea subía al nivel del escenario. Sauto siempre fue para mí el primer sitio del mundo adonde yo quería ir.

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D´Allaglio diseñó a Sauto con una simetría casi absoluta: a ambos lados hay el mismo número de palcos, grillés, lunetas, camerinos, baños…

La primera vez que entré en Sauto fue a una tanda dominical de cine. Entonces no me sorprendió mucho, tal vez estaba muy pequeña.

Pero en 1962, sin haber cumplido los diez años, me llevaron a ver el conjunto de cantos y danzas Mazowsze. Para mí fue esa la primera vez que entré a Sauto en su función de teatro. Estuve tan deslumbrada toda la velada que lo único que recuerdo del espectáculo son los ¡Hey, jo! de los bailarines y el resonar de sus botas contra el tabloncillo del escenario.

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Interior del Milanés. Sus butacas son una réplica de las de Sauto.

Tengo recuerdos imborrables del amado coliseo. En los últimos años de la década del 60, gracias a Matalón, administrador de la entidad y padre de una amiga de la infancia, asistí a los ensayos de Retablo para Romeo y Julieta, bailado por Alicia. Fue esa la primera vez que vi a Alicia Alonso.

Pero también la vi en 1976 allí, en su inigualable Gisselle. Y de ese modo, en ballets completos o en fragmentos de otros tantos, mientras cubría los espacios culturales del periódico Girón. Así, hasta verla sentada al lado del palco de la prensa, vestida con un túnico color obispo, cuando ya sus pies habían dejado de danzar, presta a recibir un homenaje.

Sauto guarda también imágenes sorprendentes en las memorias de mi hijo. Su primera Gisselle, en abril de 1993, bailado por Marta García y Orlando Salgado. Se pasó toda la primera parte preguntando cuándo aparecería la Caperucita y ya en la segunda tuve que salir con él del teatro al no poder entender la fantasía de la resurrección.

Sauto10Si cierro los ojos y pienso en el querido teatro matancero, corren como estampas vívidas imágenes del Lírico y sus zarzuelas; de Silvio con la Sinfónica; del Réquiem de Mozart, con la  Sinfónica matancera, el Coro Profesional de Matanzas y el del Gran Teatro de La Habana y solistas, bajo la batuta de Elena Herrera y José Antonio Méndez; de la Aragón; de decenas y decenas de puestas teatrales; de conciertos de Frank Fernández; de ballets de diversos lugares del mundo…, en fin, fueron años y noches, muchas noches, sentándome en el mismo palco, para trabajar disfrutando o para disfrutar trabajando.

Pero lo mejor han sido esos recorridos por pasillos, escaleras escondidas, “messaninis” inesperados y el pararme frente a puertas que jamás he traspasado. Entonces mi imaginación se desbordaba.

teatro Milanes

Teatro Milanés.

Muchas veces, cuando ya el público se había marchado después de algún espectáculo y quedaba rezagada en función del trabajo,  miraba a un lado y a otro al pasar por alguna puerta, desandar un pasillo o bajar escaleras. No puedo dejar de decir que es sobrecogedor, pero no por eso menos adorable. En esos instantes siempre pensaba en mi madre, que no había estado a mi lado para disfrutar lo que yo.

Sauto querido, en mis soledades tú también estás. Tenía que asistir una noche de abril a una función en un teatro pinareño para saber cuánta falta me haces. A mí y a los matanceros.

– Agradezco la ayuda para este trabajo de Danerys Fernández Fonseca, investigador teatral;  Leonel Pérez Orozco, historiador de Sauto; y Fernando López Duarte, subdirector del semanario Girón.




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