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Monday 11 November 2019
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Proyectos comunitarios: lo bueno y lo malo

maravillas infanciaLa institucionalidad de algunos proyectos comunitarios es algo que parece estar en el centro del debate de muchos espacios de reflexión sobre la cultura. Es decir, ¿a quienes pertenecen?, ¿a Cultura Comunitaria?, ¿a otra institución de la cultura?, ¿a una organización no gubernamental, como por ejemplo la UNEAC o la AHS? ¿Es que una institución como Cultura Comunitaria no los reconoce, no se preocupa, no les da atención como debía ser o es que simplemente para muchos es mejor estar en tierra de nadie?

Cultura comunitaria se queja, por ejemplo, de la falta de institucionalidad de algunos de ellos. Podemos preguntarnos: ¿hasta dónde se mezclan o separan lo social y lo cultural en algunos de estos proyectos? ¿Hasta dónde un proyecto más que altruista es eminentemente comercial, sin ser este su objetivo esencial? ¿Quién lo rige metodológicamente? ¿Quién le da un seguimiento, que vele por la calidad técnica y realmente cultural de los mismos? Estas son preguntas, donde cada cual debe encontrar respuestas. Es como el angosto camino  de la labor cultural en el turismo.

En el caso del turismo la mayoría de las veces no representan lo más significativo de la cultura de la nación, por mecanismos que de manera extra artísticos influyen en la cuestión,  pero, sin embargo, todo sigue su camino sin un cambio transformador. En el caso del turismo muchos se preguntan y es un tema que se reiteró en el Congreso de la UNEAC, ¿quién le pone el cascabel al gato? Es un tema de todas las asambleas, de los congresos, de los lugares donde se reúnen artistas.

Con el tema de Cultura Comunitaria y sus proyectos hay que reflexionar, sensibilizar, persuadir, guiar, amonestar y enaltecer a quienes se lo merecen.

El trabajo comunitario, primero que todo, no puede ser un negocio. Es un acto altruista, una manera de influir en la cultura de la población, en el rescate de tradiciones y costumbres. Particularmente veo diferencias en los que tienen como prioridad el objetivo artístico. Y por otra parte los que priorizan lo social, aunque pueden mezclarse, deben estar fundidos. Pero el que prioriza lo artístico debe velar con especial celo por el rigor  estético, por la formación teórica y técnica de los integrantes, por la calidad en cada una de las presentaciones.

No podemos presentar espectáculos donde haya una carencia de los valores artísticos y culturales que se deben propugnar. Por ejemplo, bailar coreografías que no cumplan con los códigos de movimientos y gestuales que le son imprescindibles, por cuestiones técnicas. Les pongo un ejemplo, no puedes bailar Shangó, como si  fuera Yemayá. No puedes bailar flamenco, como si fuera  danzón. Y esto lo vemos constantemente. Y a veces con estos errores técnicos llegan los proyectos a la televisión –y quizás para el desconocedor, todo está bien–, pero el que conoce, sin ser especialista, se da cuenta de lo que estamos trasmitiendo, falsedad y errores técnicos. Desvirtuando al público y al que lo baila, que casi siempre es un niño.

Los que se dedican a trabajar con la comunidad, a rescatar tradiciones, gustos estéticos, costumbres, el trabajo con el medio ambiente, es una manera más sana y con menos posibilidad de que lo banal se reproduzca y se sobredimensione. Este es un largo tema, que necesita un debate más amplio y profundo, pero esta breve reflexión quizás nos ayude a comprender que lo eficaz de un proyecto, lo beneficioso en la formación de niños y jóvenes, a veces también puede ir sembrando la nefasta semilla del desconocimiento y el mal uso de nuestras tradiciones y las de otros.




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