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Tuesday 15 October 2019
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José Jacinto Milanés, aniversario 200 del más romántico y loco…

milanes matanzas               “Buscando el puerto en noche procelosa

   puedo morir en la difícil vía;

   mas siempre iré contigo, Cuba Hermosa,

   y apoyado al timón, ¡espero el día!”

 El 16 de agosto de 1814 – este año se cumple el bicentenario–,   en el seno de una modesta familia  de la ciudad de Matanzas –100 kilómetros al este de Ciudad de  la Habana, capital de Cuba– nació un niño que en el discurrir  del tiempo sería conocido como  el más romántico y loco de  todos los poetas y dramaturgos cubanos: José Jacinto Milanés y   Fuentes.

Caballero andante de la poesía, lírico de inspiración,  moralista de pensamiento, patriota declarado, este hombre de  negro siempre vestido con barba, bigote y largos cabellos  oscuros se hundirá en noche de veinte años, y será entonces  mito, y se tejerá  la leyenda del loco de la calle de Gelabert.

Dotado de  singular sensibilidad afectiva, la vida y  obra de este artesano del verso trascendería por derecho propio más  allá de las influencias que sobre él ejercieran sus coetáneos durante la primera mitad del siglo XIX, implícitas en muchas  de sus creaciones, y esa existencia dejaría el rastro  conmovedor de haber padecido una pasión  inspiradora, pero,  sobre todo, de destructora agonía: Un  amor imposible.

Numerosos investigadores han hallado en la zigzagueante  historia del bardo fuente para el análisis y la especulación  ensayística y poética, apreciadas en retadoras caracterizaciones, como la del prestigioso intelectual cubano                   Cintio Vitier, cuando afirma que Milanés encarna, si así puede  decirse, la matanceridad absoluta.

OCHO AÑOS FECUNDOS

José Jacinto vivió hasta los  49 años de edad. Pero realmente  sus creaciones   principales se enmarcan en un período de solo   ocho años, desde 1835 hasta 1843, comprendido dentro del  romanticismo de la literatura española.

Hasta 1837 se identifica en el matancero una lírica espontánea  y  entrega apasionada a todo lo que ama; derrama su luz  literaria sobre el papel; no describe, pinta.

Desde entonces, y hasta 1840, los críticos descubrirán la mano inductora del intelectual adinerado  Domingo del Monte, quien  sugiere temas en la poética del vate, mediante los cuales lo  lleva a tratar inquietudes sociales, reformadoras  y  moralistas.

A ese lapso corresponden sus composiciones El Mendigo, La  madre impura, A una coqueta, El expósito, El hijo del rico, El  ebrio, y otras entregas que muchos especialistas han  calificado de menor calidad artística al compararla con su   poesía lírica.

Refiriéndose a lo anterior,  la estudiosa Carolina Poncet hace  notar: “Hay un Milanés más oscuro, menos poeta pero más  patriota que el Milanés romántico: El Milanés moralista y   educador”.

En 1838 fue puesta en escena la obra El Conde Alarcos, primera  pieza de teatro romántico cubano, la mejor de José Jacinto.

El suceso marcó el preludio del mal que se precipitaba sobre  el poeta, a quien el estreno le costó angustias percibidas por  sus amigos y familiares, fiebres abrasadoras y una crisis  nerviosa cuya dimensión fatal puede apreciarse en que él jamás  quiso asistir a la representación del drama.

Después de 1840, José Jacinto retoma la lírica. A esta etapa  pertenecen De codos en el puente, El alba y la tarde, y La fuga de la tórtola.

El crítico Salvador del Valle (1846)  llamó a Milanés “el  primer ingenio poético cubano”, Ramón de Palma (1855) elogió  su capacidad pictórica y literaria, Enrique Piñeiro (1865) exaltó su lírica y repudió su poesía moralizante, Eusebio  Guiteras (1874) le concedió un talento principal para lo  dramático.

“Poeta de sentimiento candoroso e infantil”, dijo de Milanés  el especialista Menéndez y Pelayo, mientras Rafael Stinger, en su antología de las cien mejores poesías cubanas, estima que  las composiciones más famosas de José Jacinto pecan de “una  fastidiosa manía de sermonear”.

Por su parte,  el laureado profesor Salvador Bueno ha  considerado que “el amor a lo más esencialmente nuestro hace  imperecedero el aporte fundamental de Milanés a la poesía cubana”.

En 1958  el intelectual cubano Cintio Vitier opinaba que lo determinante en la vida de José Jacinto fue “el tema de la  pureza”, y el literato norteamericano Henry Wadsworth (Longfellow), contemporáneo con el matancero,  en su época no titubeó en calificarlo como “el más eminente poeta cubano”.Como puede observarse, aunque controversial, el análisis  cualitativo de los  especialistas citados reconoce valores  indudables en la  obra del matancero.

  NOCHE DE VEINTE AÑOS

A través del tiempo se tejieron  comadreos  entrelazados con testimonios y circunstancias familiares, hasta conformarse una  leyenda que mezcla  realidades históricas con fantasías para referir  la larga noche oscura de Milanés.

Ese período ocurre  a partir de 1843, cuando el cantor cae en  una especie de idiotismo y, como afirman algunos de sus  biógrafos, vaga como una sombra por la abovedada casona donde  vivió y murió, actual sede del Archivo Histórico de Matanzas.

La génesis de su drama real muchos la identifican con la  pasión que se desbocó en Milanés por su prima hermana Isabel  de Ximeno –Isa–, que a los 14 años de edad era ya una mujer muy hermosa.

Pero el pretendiente era un hombre pobre,  doblaba la edad de aquella por la que sufría, y su amor no era bien visto por los  padres de la niña, informada y visible en el balcón de su  casa, demasiado observable justamente desde la acera de  enfrente, donde residía el bardo…

Hacía dos lustros que José Jacinto mantenía un noviazgo formal con Dolores Rodríguez, una joven citadina. El conflicto de la ruptura con esta, sumado a las negativas de los familiares de  Isa, sugieren  haber desempeñado un papel catalizador en las  crisis nerviosas del poeta hasta desembocar en  locura total.

El 14 de noviembre de 1863 falleció José Jacinto.

A las cuatro de la tarde salió el cortejo fúnebre desde el Liceo de la ciudad. La prensa de la época reseñó que unos 60  caballeros vestidos de riguroso luto lo acompañaban. Uno de  ellos llevaba un cojín de terciopelo negro sobre el que descansaba un ejemplar de las obras del poeta, y sobre este  una hermosa pluma blanca. Otro portaba una corona de laurel.

La pasión y la obsesión son estados emocionales que han  caracterizado a más de un poeta en el mundo. De esto no han  estado exento varios bardos matanceros  a lo largo de la  historia literaria de la bien llamada Atenas de Cuba, al punto  de conducirlos  a la demencia. Pero esas son otras historias, en las que igualmente los versos se alimentan de inspiración y agonía.

En este aniversario 200 del nacimiento del poeta, su memoria   sigue presente en los amantes de la lírica, en su antigua  morada, en el parque al costado de la Catedral, en la calle de  Milanés, en el recuerdo amable de los matanceros, en la  cultura cubana, donde quiera que el amor nuble los sentidos de  un hombre y este salga a la calle a clamar el nombre de la  amada, o en la figura  inclinada sobre la baranda del puente,  que extravía  su mirada en  aguas infinitas del río,  presurosas, en pos de la bahía…




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