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Tuesday 15 October 2019
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Las leyes de una mujer (+Audio)

OLGA MESAjpgMucha razón tenían aquellos maestros del Colegio La luz cuando presagiaron que la pequeña Olga definitivamente sería abogada, a causa de las leyes con las que se mostraba desde los tiempos fundacionales de la niñez.

Y el vaticinio se volvió realidad al cabo de unos años, cuando ya no tantos confiaban en la alumna irreverente y poco percibida, y en la misma joven que por ese entonces hasta estrenaba la maternidad.

Pero el empeño, la constancia, la disciplina y el talento que han distinguido siempre a esta mujer la condujeron hacia destinos felices de glorias personales y éxitos profesionales.

“Siempre fui una mujer de carácter y sabía lo que quería y a dónde iba. Y eso parece ser que fue tan notorio que los profesores del Colegio La Luz se dieron cuenta y me decían: esta niña cuando sea grande va a ser abogada, tiene que ser abogada, porque tiene unas leyes impresionantes.

Pero yo defendía una parte bien importante a la que le gustaban las artes, las letras. Escribía poemas, cuentos, y pintaba. Aunque tenía esa cosa por dentro, es decir, que yo había nacido para otra cosa”.

Quizás fue el espíritu de creación unido a una espontánea vocación para mezclar colores, formas y figuras en un dibujo, lo que percibió el señor Herminio, abuelo paterno y motivo recurrente de múltiples evocaciones, al citar que Nenita de seguro apostaría por las artes plásticas.

“Mi abuelo era mambí y comunista. Le decían el viejo Mesa. El caso es que desde que yo lo conocí era un hombre recto, de ese tipo de gente que a mí me gusta que sean. Siempre venía vestido de cuello y corbata, muy elegante. Yo tenía cierta predilección por intercambiar mucho con él, y él conmigo. Recuerdo que me decía: Nenita, creo que debías estar como pintora. Yo te voy a pagar en San Alejandro para que sigas adelante con la pintura. Y lo pensé, pero de nuevo venía esa vocación de rectitud por la cual comencé en la Facultad de Derecho”.

Los incontables ajetreos en épocas de Universidad y las no pocas travesuras en favor de una causa justa, pusieron al descubierto la valentía y entereza de carácter de la muchacha provinciana que en poco tiempo se mereció el respeto de sus condiscípulos varones, que, por ese entonces, eran mayoría en aquella aún machista sociedad.

“Las mujeres martianas tenían toda una red de ayuda a los presos políticos y sus parientes. Yo traté de introducirme en esa ayuda. Hicimos cosas así como tirar panfletos. Por eso esa película tan buena que se llama Clandestinos retrata lo que éramos. Esa mujer que llega a la cárcel y se pone los espejuelos, bueno pues yo también iba al Príncipe y así mismo lo hacía. Allí vi todas esas grandes personalidades que estaban presas. Llevaba y traía mensajes.

Para el ataque al Palacio Presidencial nosotros sabíamos quiénes iban, teníamos noticias de todo eso, es decir, una verdadera y profunda introducción en ese tremendo mundo cuando una sabe que esa gente querían acabarnos, eran inmisericordes y si nos agarraban nos iban a matar”.

La potente mirada de unos ojos azules y la elegancia con la que se conducía aquel caballero europeo, radicado en la suramericana nación chilena, flecharon inmediatamente a la joven Olga. Él, por su parte, quedó prendido desde el inicio con los encantos de aquella estudiante de Derecho.

“Él era descendiente de suecos y con ascendencia también inglesa. Su madre era una mujer súper aristocrática. Pero cuando él me conoció se enamoró y cuando yo lo vi me deslumbró. Entonces meses después nos casamos. Y él quiso de todas maneras que me fuera a vivir a Chile. Me embaracé enseguida de mi primer hijo y casi al borde parir, cuando me quedaba apenas un mes para tenerlo le dije a mi esposo: yo aquí no paro. Ustedes son fascistas, este país no me gusta y me quiero ir para Cuba. Y él me dijo que no podíamos, que no era el momento. Al final lo convencí y nos fuimos para donde más cerca estaríamos de Cuba: Miami. Cuando llegamos allí no teníamos ni casa, ni dinero, ni nada y yo con ocho meses de embarazo. Hasta que mi esposo consiguió trabajo, teníamos una vida más consecuente y así nació mi primer hijo”.

La estancia en tierras foráneas a su suelo patrio, las acusaciones, la afectada credibilidad sobrevenidas años más tarde no menguaron las esperanzas y aspiraciones profesionales de la doctora Olga Mesa Castillo.

“Regresé en cuanto pude. Mi hijo nació en el 58 y cuando la Revolución triunfa en el 59 volví con mi pequeño. Entonces empecé a valorar la posibilidad de terminar mi carrera, que fue lo que hice inmediatamente. Y en el año 1960 me gradué. El problema no fue ahí, sino cuando me repatrié. Entonces, repatriada en 1966, me acusaron de agente de la CIA. Y de mi marido ni hablar, chileno, de ascendencia europea, qué hacen esa gente aquí, qué vienen a hacer ahora, se preguntaban los mismos que me acusaban. Y fue cuando me pusieron el cuño de incorporación tardía al proceso. Y esa denominada incorporación tardía terminó en los años noventa cuando me hacen militante del Partido. Pero a mí no me interesó nada de aquello que hablaban algunos de lo mal que la había pasado yo, porque lo que yo quería realmente era seguir haciendo, seguir tratando de perfeccionar todo lo que teníamos, porque lo digo de corazón, mi abuelo me enseñó desde chiquita a ser comunista”.

A causa del amor supo de demonios en la década del ochenta cuando viajó a África y conoció hasta de leones de negra melena.

“Estaba acabada de casarme con un militar que envían por aquellos tiempos a la guerra en Etiopía, y como es lógico me fui con él. Pero no simplemente como su compañera, sino como soldado de la reserva, defensora de oficio en el tribunal militar de la misión de Cuba en Etiopía.

Las experiencias que tengo de mi estancia allá son inolvidables. Llevé adelante una especie de periodiquito del Tribunal Militar, y le puse de emblema un león de melena negra. También trabajé en Radio Tatex como locutora”.

Esta Doctora en Ciencias Jurídicas, profesora titular y consultante de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, Presidenta de la Sociedad Cubana de Derecho Civil y de Familia y responsable de la única Maestría Interdisciplinaria de Familia que ha existido en Cuba, ha apostado todo cuanto tiene durante casi medio siglo a un mejor presente y futuro del derecho civilista en la Isla.

A esta erudita de las ciencias jurídicas cubanas, aún en el placer que le proporcionan las tardes de café en su casa del Vedado habanero; Matanzas, la Calzada de Tirry, el teatro Sauto, las Cuevas de Bellamar o el Río San Juan, le tocan hondo, allí donde es sensible, allí donde es sagrado.

“Para un matancero el corazón está en el mar. Pero también está en la ermita de Monserrate, en el Valle del Yumurí, en esas lomas que parecen una mujer desnuda acostada. Matanzas para mí es y será siempre una bendición”.

Con sus bien cumplidos ochenta febreros, Olga Mesa Castillo se debate entre los avatares de la cotidianidad, los años, las múltiples responsabilidades y la vida misma de una octogenaria que se sabe, se siente y es sumamente útil para el plano académico y jurídico cubano.

Galardonada con el Premio Nacional de Derecho en 2010, esta matancera ha sabido de siempre defender y vivir al servicio de las justas causas, de las obras enaltecedoras, de la familia y la sociedad cubanas como la más consecuente y tenaz de las mujeres de leyes.

 Nota: Esta entrevista es una versión para la web del programa Gente de Matanzas**, de la emisora provincial Radio 26. El colectivo está integrado por: Humberto López Suárez en la dirección, Reinaldo Navarro Mena en la realización de sonidos y Gisselle Escalante Martínez, a cargo del guión.

**Nativo o no de algún sitio de la geografía yumurina, célebre o anónimo entre multitudes,  joven o de adultez consolidada, que viste faldas o pantalones, a él o a ella lo distingue un peculiar fenómeno denominado MATANCERIDAD.

Elementales motivos de brillantez, carisma y personalidad le son inherentes a este ser que representa, honra y encarna el más alto sentido de la GENTE DE MATANZAS, DE MATANZAS Y SU GENTE.




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