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Tuesday 15 October 2019
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Ercilio Vento: Matanzas es mi destino (+ audio)

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Él fue aquel singular bebé al que no lo dormían las nanas ni las canciones de cuna; solo las historias de mayas, incas y aztecas o los pasajes sobre la conquista de México lo conducían a los brazos de Morfeo.

Fue el mismo pequeño que descubrió la letra impresa con tan solo cuatro años de edad de manera autodidacta, y el que tuvo en los libros a su primer y más fiel amor.

De niño, entendió los padecimientos inherentes al ser humano y vio a la muerte como algo natural.

De hombre, se graduó como el primer médico legista titulado en la historia de Matanzas, afianzó su predilección por cualquier hueco o cavidad que fuera mayor a la cueva de una araña y convivió  con una momia durante 25 años.
Ercilio Vento Canosa es además, el hombre que de la noche a la mañana se convirtió en historiador de la ciudad de Matanzas.

“Yo soy de signo libra. Y los libranos tenemos un día especial que es el viernes. Y yo nací un viernes. Es muy bueno para un librano la mañana y yo nací a las ocho y veinte. Pero cuando el día del mes y el año son números primos eso es lo mejor que puede pasar. A donde quiero llegar es a que parece que la buena suerte nació conmigo”.

El único hijo de los mejores padres que haya podido tener nació un viernes de octubre de 1947, en el centro de la ciudad de Matanzas, justamente en el cuarto donde José Jacinto Milanés viera por última vez a su prima Isabel.

“Yo aprendí desde muy pequeño que “esto no” porque no hay dinero para comprar, “esto no” porque no puede ser. Por ejemplo, jamás tuve un ataque de rabia. Era la época en que la mamá solamente miraba al niño y había todo un mensaje con esa mirada. No era necesario decir una palabra. Mi madre me decía delante de una persona: no has dado los buenos días. Es esa educación perenne de padres que no eran universitarios, apenas alcanzaron sexto grado, pero un sexto grado con convicción”.

Y aunque el pequeño Ercilio nunca empinara un papalote, ni jugara a las bolas o a la pelota, o resultara muy torpe para bailar, fue un niño feliz que se contentaba con pintar en una hoja de papel y leer lo que tuviese a mano. Solo en su etapa de la primera infancia y la adolescencia calcula haber leído alrededor de 400 libros.

“Diría quizás irónicamente que fui un niño a la inversa. Y mi apetito por la lectura y por el conocimiento fue en tal medida sustractivo de todo lo demás, que los juegos habituales de los niños no me divertían. Y es que la palabra diversión yo siempre la he visto como hacer algo distinto, algo diverso. Y desde luego que un libro es algo diverso. Y también con una curiosidad tremenda por los idiomas, de manera que tuve una infancia diferente. Tuve una escuela con magníficos profesores, personas que se tomaban en serio el trabajo de educar y no solamente de ofrecer información.

“Recuerdo haber leído prácticamente todo lo que estaba a mi alcance de Julio Verne y Roger Luis Stevenson. La bibliotecaria me dijo: niño, ¿tú sabes cuántos libros te has leído en esta biblioteca? Le dije: no tengo idea. Y me dijo: cuatrocientos y no sé cuantos. Dile a tu papá que venga, porque pensó que yo era anormal.

“¿Qué sucede?, que yo leía con rapidez y avidez. Tenía ya conocimiento de la escritura egipcia y griega. En esta etapa aparece mi pasión por la arqueología. Y surge de una cosa, yo diría que hasta cómica. Recuerdo que nosotros hacíamos caminatas por el Valle del Yumurí y cerca de donde está la cueva del Indio hay un bloque grande. Yo tenía solo cuatro o cinco años y mi padre me decía: debajo de esa piedra, está el cuerpo de un cacique indio con su penacho de plumas y su arco… Y aquello a mí me daba una curiosidad tremenda y un deseo de levantar la piedra y ver lo que había.

“Fue una niñez grata, llena de experiencias interesantes.

“Yo no tuve una educación que proyectara mi vida hacia lo teratológico, es decir, hacia el culto a la muerte. Aunque mi madre nunca me hizo un criterio de la muerte como algo que había que evadir o algo que había que temer, sino como algo perfectamente natural en nuestras vidas. Yo pudiera decir que siempre supe que iba a ser médico”.

Fue tal su pasión por las Ciencias Biológicas, y en particular por la Medicina, que con apenas 13 años participó en una autopsia en el cementerio de Matanzas, que lo convertiría desde entonces y durante los años siguientes en el ayudante del doctor Alfredo Triolet, reconocido médico forense de la época.

Cuentan algunos de sus contemporáneos que no resultaba nada extraño encontrarse en tiempos de secundaria y bachillerato, al joven Vento, ataviado de huesos o restos óseos de animales y humanos.

Cinco años más tarde de haberse graduado como doctor en Medicina obtiene para 1980, el primer expediente en la especialidad de Medicina Legal. Su compulsión por esta rama médica quizás esté muy relacionada con su ideal de justicia. Y es que, según confiesa,  “la gran enferma en su especialidad es la sociedad. Tan importante como salvar a una persona es hacerle justicia”.

“Enseguida empecé con la tesis. Un tema que en el mundo yo era el octavo que lo tocaba. Fui el primer latinoamericano que investiga a través de un fragmento de hueso no mayor que la uña del dedo meñique, que el estudio de ese pedacito permite conocer edad, sexo y raza de la persona.

“Vengo para acá para Matanzas ya como médico legista. Tuve que hacerme cargo del departamento de Medina Legal de toda la provincia. Años de un trabajo muy intenso.

“La palabra pasión creo que es importante, la pasión por curar tengo que decir que no era determinante, quizás más la pasión por saber. Porque la Medicina Legal es muy investigativa. Es el equilibrio entre la medicina y la justicia, y la gran enferma la sociedad, que es la que genera el delito”.   

La espeleología ha ocupado históricamente un lugar privilegiado en el pequeño mundo gigante de Ercilio Vento. La estrecha relación con Antonio Núñez Jiménez preparó el camino que lo condujo a la Presidencia de la Sociedad Espeleológica de Cuba, luego de la muerte del camarada y amigo en 1998.

Con la condición de maestro, no solo ha conocido más de mil cuevas en Cuba y el mundo, sino que ostenta también el privilegio de visitar las pinturas de Altamira en España, el sitio conocido como la capilla Sixtina del arte rupestre, por preservar uno de los ciclos pictóricos más importantes de la Prehistoria.

“Hay una etapa de la juventud en la que todos los muchachos se meten en cuevas y yo también lo hice. Yo quería ir porque me gustaba para investigar el fenómeno. La cueva no es la ciencia del hueco, es la ciencia del agua que hace el hueco. Y poco a poco fui organizándome en el mundo de la espeleología, porque yo llegaba a la cueva pero con el libro en la mano.

Es muy conocida la leyenda de Ercilio y la momia. ¿Cuánto de cierto hay en esa historia?

“Yo siempre me he referido a ella con su nombre y no como la momia. Para mí siempre ha sido Josefa, y la identifico con ese nombre que es su nombre.

“Hay un precedente que en lo que respecta a mi relación con el cuerpo de Josefa Ponce de León y Heredero, la llamada momia de Matanzas, que hay que tener en cuenta, y es mi total desprejuicio ante lo que es un cadáver y la muerte. De manera que cuando el cuerpo de esta señora aparece en el cementerio con ese halo de incógnita tan enorme, un cuerpo momificado desde el siglo XIX que aparece con todo su ropaje, una mezcla de todo lo que la espeleología, arqueología y la medicina podían reunir, asisto junto al pueblo de Matanzas a ese primer espectáculo que fue su aparición.

“En el año 1975 llega un periodista peruano que se interesa por el cuerpo y estuve presente, se ven los daños que ya le habían hecho algunas personas. Y en los ochenta la periodista Dani Allende viene a Matanzas interesada en conocer la historia, suponiendo que se trataba de la cantante Matilde Domínguez, muerta por su esposo.

“Pero inspeccionando este cuerpo ya por tercera vez, el cementerio deja al descubierto dos hileras de ladrillos y una persona se introduce, le arranca la cabeza se la lleva para su casa, la destruye y es la vía que como médico legista me enfrento al asunto que venía de la mano de la policía.

“Farías, el entonces administrador del cementerio, me dijo que aquello debía rescatarse por el carácter patrimonial que tenía. Yo hice todas las gestiones para que se llevara a un sitio y no se movió un dedo. Cuando hablé aquello con Farías me dijo: y, ¿por qué no te la llevas para tu casa? Yo encontré eso tan natural. Se lo dije a mi mamá y me dijo: ah sí, tráela para acá. Y ahí empezó la leyenda urbana.

“Decían que uno la tuvo en el cuarto, en la cama, debajo de la cama, que si le destruyó a  uno la vida, el matrimonio. Estaba en la biblioteca de mi casa, dentro de un contenedor especial que se le mandó a hacer. Y esa investigación duró años, hubo que hacerle la cara, autopsias, identificarla. Y eso me llevó a dos cosas, primero a una aventura en el conocimiento, porque en Cuba no había precedente alguno ni de investigación ni de restauración en ese campo. Tuve el concurso de muchos especialistas en el mundo. Entonces Josefa pasó a  formar parte casi del plano familiar. Mi madre acostumbró a mi hijo desde pequeñito a que la viera sin temor ninguno. Al extremo de que costó trabajo convencerlo para que yo la llevara para el museo. Me dijo: yo espero que tú sepas lo que estás haciendo”.     

Es ese afán por el conocimiento el que también lo ha convertido en un consumado políglota. A inicios de los ochenta ya había concluido el francés, al tiempo que profundizaba en el latín y el alemán.

Entre los años 1980 y 1990 estudió además ruso, italiano, esperanto, hebreo y griego clásico. Tampoco le fueron ajenas lenguas tan remotas como el sánscrito y el arameo. Tiempo después, se introdujo en el portugués, el japonés, algunos elementos del quechua y el guaraní. En la actualidad, el árabe le toma algunas horas de su escaso tiempo libre.

“Me entusiasmaba mucho el conocimiento de aquellas cosas que no eran fácilmente comprensibles. El primero que me atrae mucho es el latín y tenía siete u ocho años cuando empecé a estudiarlo. Con solo once empecé a aprender el alemán por mi cuenta y progresé. Después me di cuenta que necesitaba un estudio académico. Entonces de la primera lengua que me instruí consecuentemente fue el francés, gracias a un excelente profesor como Víctor Torres.

“Termino el francés al tiempo que concluyo la residencia. Y ya en el ochenta, graduado de médico legista,  empecé con un profesor el latín, el hebreo y el alemán. Llevaba los tres idiomas. También fue maravilloso el esperanto que me sirvió de mucho durante mi estancia en Hungría. Después hice el ruso y el italiano. Luego vino el portugués, el japonés y contemporáneamente estaba haciendo griego clásico. Y bueno, por iniciativa propia, he estudiado el guaraní, el vasco, el sánscrito y el último de este grupo que fue el arameo.

“Cuando uno aprende las leyes generales de la lingüística lo único que tiene que hacer es colocar las cosas en su sitio y poner palabras. Lo que debes saber cómo las pones. Y sobre todo algo que me ha sido muy útil es no pensar sin el idioma. Como por ejemplo dormir con los auriculares puestos oyendo hablar en esa lengua. Eso me lo recomendó un lingüista que me afirmó que era muy afectivo, pues a pesar del sueño el cerebro almacena y recoge esa información. Y después cuando se estudia conscientemente ya el cerebro no conoce, sino que reconoce”.

Aunque a Ercilio Vento no le gusta viajar ha visitado más de veinte países de América y Europa, y aún así prefiere el calor de su Matanzas. Después de 9 matrimonios, parece que finalmente encontró su mitad en la médico intensivista que encarna el rol de su esposa actual.

Se considera un hombre de fe, pero divorciado de la fe dogmática y siente una aversión especial por la mentira.
Modelista naval, confecciona réplicas de barcos antiguos desde pequeño, y las introduce en botellas. Cuenta además con una amplia colección de armas blancas, de las cuales también aprendió a fabricar réplicas.

Este sorprendente intelectual tiene escritos 27 libros, 11publicados, además de 3 coautorías. Cuenta con más de 400 publicaciones de diversas ramas que pasan por la Espeleología y van hasta la Historia y la Medicina. Sus publicaciones aparecen en 16 países de todo el mundo.

A Vento, el sabio historiador y patrimonio de Matanzas, lo conquistaron también la irresistible Venecia, la legendaria Roma y la elegante San Petersburgo. Pero los colores, los olores, el mar, los ríos y la historia local, terminaron anclándolo a una singular bahía y sometiéndolo como el más fiel y devoto de todos sus amantes.

“Matanzas tiene una historia mágica. Es una ciudad increíble. El agua, el verde, los techos rojos, la gente, el aire de Matanzas. Ha valido la pena porque hay un compromiso ineludible: yo nací aquí. Y quizás no haya sido por una casualidad. Si realmente los seres humanos tenemos un destino. Y ese destino tiene en el devenir de lo eterno un propósito mayor, y atraviesa también por una voluntad mayor y suprema, pues no es casualidad, nací en el lugar adecuado, en el momento adecuado para hacer lo adecuado”.

Nota: Esta entrevista constituye la versión para la web de Gente de Matanzas, propuesta de Verano de la emisora Radio 26. El equipo de trabajo lo integran Reinaldo Navarro Mena en la realización de sonidos, Humberto López Suárez en la locución y dirección, y Gisselle Escalante Martínez a cargo del guión.

 




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