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Tuesday 10 December 2019
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Ermita de Monserrate, un trozo de Cataluña en Matanzas

Ermita de Monserrate

El supersticioso imaginario popular cuenta que tocar la campana de la Ermita de Monserrate tres veces ofrece la oportunidad de disfrutar de esa alocada excusa que muchos llaman suerte.

Pero, más que una creencia alimentada por quienes subastan su fe por un hecho ingenuo, esta pareciera una leyenda que nos convida a olvidar nuestras rutinas diarias y subir hasta las alturas de Simpson en la ciudad de Matanzas para, desde allí, contemplar el atractivo perfectamente organizado de la urbe yumurina.

Tal vez muchos de los extranjeros llegan hasta esta lejana zona de la geografía citadina en buscan del espléndido paisaje que yace a sus pies o encuentran entre las ofertas de Monserrate buenas propuestas para degustar comidas criollas, en contacto directo con uno de los parajes más hermosos de Matanzas.

A mí, sinceramente, me atrae más el silencio profundo que, desde la ermita, descorre las cortinas del valle; esa tranquilidad casi mortal, pero también divina que se respira cuando sentada en cualquiera de sus bancos me hipnotiza el olor del incienso quemado.

Pero la magia de esa pequeña iglesia neoclásica no queda solamente en la perfección de su acústica, ni en la majestuosa sencillez de su estilo dórico, ni en el hecho de haber sido visitada por Federico García Lorca, en 1930, o por el príncipe Alejo, de Rusia, hace más de cien años, quien, según narra el investigador Urbano Martínez Carmenate en su libro García Lorca y Cuba: todas las aguas, al presenciar el espectáculo del Valle del Yumurí exclamó que “solo faltaban Adán y Eva para que ese fuera el paraíso”.

El esplendor de la Ermita de Monserrate comenzó cuando las nostalgias de los catalanes residentes en la ciudad por su humilde capilla de la Cúspide de la Montaña dieron curso a la idea de construir en Matanzas una iglesia a la imagen y semejanza de aquella en la que, desde el siglo XVI, se celebraban eucaristías dedicadas a la Virgen Morena de Monserrat, patrona de Barcelona.

Quiso la historia que Diego Lorenzo y Antonio María Simpson donaran alrededor de 3 mil  metros planos de terreno a la sociedad catalana; que fuera en esta y no otra ciudad, donde, el 8 de septiembre de 1871 se levantaran las primeras piedras para la construcción de una singular joya de la arquitectura colonial cubana, la cual sobresale por sus valores patrimoniales de inmenso significado para la identidad yumurina.

Desde afuera parecen cobrar vida y dan la bienvenida escultóricos cuerpos de mujer, traídos desde España, en los cuales se refugia la esencia de las provincias catalanas, una tras otra, Lérida, Barcelona, Tarragona y Gerona, justo cuando el sol, en juego con la mística belleza natural que acompaña al santuario, ofrece uno de los espectáculos más impresionantes que, entre mitos, se fusionan con las indecibles maravillas que enamoran de esta ciudad alucinante.

La capilla ha sido durante décadas el sitio al que acuden los descendientes de catalanes para rememorar tradiciones de antaño. Allí, donde la paz parece no tener fin, anualmente se reúnen amantes y herederos de nuestras raíces hispánicas para ser partícipes de una festividad, nacida donde sus padres y abuelos.

La Colla, considerada durante los años noventa la más importante fiesta de origen hispánico rescatada en la Isla luego del triunfo revolucionario, se convierte cada 8 de diciembre (fecha en que concluye la construcción de la Ermita de Monserrate, en el año 1875) en el espacio donde panes, vinos, vestuarios, bailes y cantos oriundos del país ibérico recuerdan cuánto de la otrora metrópoli existe aún en la cultura cubana y la esperanza del pueblo matancero de conservar latente una tradición arraigada durante siglos en la preferencia popular, aun cuando en su tierra natal no sea más que un recuerdo.

El balcón de la ciudad, como se le conoce al lugare que alberga al santuario catalán, guarda entre sus muros centenarios el orgullo de estar entre  las primeras construcciones de la moderna San Carlos y San Severino de Matanzas y, a la altura de 143 años del inicio de su construcción, sigue renovándose con la ayuda de buenos hombres.

La terminación de su reconstrucción en el 2009 mereció el Premio Nacional de Restauración, a cargo del arquitecto Ramón Recondo, a lo que se agrega que este inmueble registrado por tipología religiosa, forma parte del Patrimonio Cultural Tangible inmueble de la Humanidad.

A pesar de mi corta edad a veces pienso en la muerte y desearía que, si en realidad existiera el lejano lugar del sueño eterno después del túnel luminoso, fuera un sitio distante, abrazado por la candidez del silencio y la inexplicable belleza del soplo de la brisa salada que viene del mar, si ese lugar se pareciera a mi Ermita, entonces creo que mi alma descansaría tranquila y feliz.




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