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Monday 9 December 2019
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La libertad de ser Carilda

carilda1En ella la poesía es sangre, piel, alma, vida. La inspiración es torrente, desenfreno, esencia. El amor es razón, sentido, carne, espíritu. La libertad es principio, fundamento, cuerpo.

Para ella los gatos son hijos, pequeños bebés colmados de inocencia. Su casa es raíz, evocación y sostén. Y los fantasmas: aliados, necesarios, urgidos de presencia.

Fue ella misma la que en cierta ocasión vaticinara que si moría lejos de Matanzas regresaría como agónico sinsonte para ser tan solo polvo.

Y es que Carilda Oliver Labra, la dueña y señora de un nombre y toda una existencia, es una mujer que es ciudad, es esa ciudad que es mujer.

Busco la libertad como una enferma, sin mi libertad no puedo vivir. Es tal esa pasión por hacer lo que quiero, lo que deseo, que por eso busco ese favor que me ha concedido Dios, porque no sé ser prisionera.

Caridad Labra, la esposa del señor Pedro Oliver, siempre supo que la pequeña niña que había nacido el sexto día del mes de julio de 1922 sería poetisa. Y es que con apenas cuatro años de edad la párvula ya asombraba a sus familiares, por el creciente afán de reformar los versos de las nanas y las canciones infantiles.

Decía mi mamá, porque por supuesto yo no lo recuerdo, que me empeñaba en cambiar la poesía aunque era una cosa muy primitiva y sin perfección alguna. Por ejemplo, ella cantaba: Duérmete mi niña/ duérmete mi amor. Y yo le ponía: Duérmete Carilda/ duérmete mi flor.

Unos dicen que no existía para ella otro destino, sino el de la poesía. Ella, con nociva modestia, asume que no ha podido huir de su grata compañía.

La poesía es inexplicable, porque cuando la explicas deja de ser poesía. Porque la poesía es un misterio, que nada más que una la atrapa cuando es capaz de ser un poco poeta.

Gracias a la inspiración, la más fiel de todas sus aliadas, escribió poemarios como el primero, ese que brotó Al sur de su garganta, o aquella libreta de adolescente que resultó su Preludio Lírico, o Desaparece el Polvo, el volumen que tal vez le aporta más novedad a su obra, y que resumieron los vívidos destellos de alegría, amor, inquietudes, aciertos y desalientos de una pluma que impregnaba en papel las más diversas emociones.

Mi primer libro es del 43 que es Preludio Lírico. Es muy romántico porque entonces yo no conocía de las grandes escritoras. Después de esta primera obra yo comprendí muchas cosas.

Recuerdo que le escribí a un escritor de El País Gráfico, que era muy amigo de José Ángel Buesa. Él emitía consultas vía correo y una le enviaba una carta donde, además de los versos, le preguntaba la pertinencia de continuar en el camino de la poesía. Y él me respondió: usted es poeta, pero sus versos son malos. No sabe nada respecto a la técnica y por eso le adjunto algunas recomendaciones, pero sin esperanza de que usted progrese.

Y tiempo después vino hasta mi casa a visitarme, junto al propio Buesa, y me manifestaron ambos su asombro por mis avances.

Por aquella época envío mis poemas al concurso de la National Broadcasting, que se realizaba en Estados Unidos y por sorpresa para mi resulté ganadora.

Luego vino la convocatoria para el Premio Nacional de Poesía y ni pensar en mandar nada, pero Hugo Ania Mercier, que fue mi primer esposo y estaba tan enamorado, insistió en que yo podía ser premiada. Y no me daba cuenta de lo que él me decía.

Después cuando Raúl Roa me entregó personalmente el premio fue que lo comprendí. Y yo le dije: ¿Y cómo fue que gané? Y me contestó: porque eres tú. Una que empieza y ya logra lo que no consiguen otras que acaban. Esa mirada tan solo tuya hacia la humanidad.

Para marzo de 1957 cuando las balas enemigas lo amenazaban y a la camisa verde y guerrillera le faltaban botones, y no había mujer tendida en su lecho rebelde, a Carilda le urgió el deber de enviar a la indómita montaña aquel manojo de letras que le cantaban a Fidel, ese que permanecía en franca desventaja.

Fidel en la Sierra. Y yo ya lo conocía de la Universidad, sin ninguna intimidad, pero con el trato y la admiración que desde aquellos años ya despertaba Fidel. Y escribo el poema. Después de hacerlo me pregunto, pero, ¿qué hago con él? Y se lo digo a algunas personas como el doctor matancero Julio Font Tió, que me ha servido como testigo. Porque mucha gente cree que yo lo hice después del triunfo de la Revolución.

Y empiezo a hacer mis cosas en el movimiento 26 de Julio y uno de los compañeros me presenta a Julián Alemán, el líder de los henequeneros, que hacía décimas. Y yo tuve la debilidad de comentarle a alguien que era amiga de Julián que yo había escrito un poema a Fidel y se lo dice a él. Y Alemán viene a mi casa y me pide grabarlo, me juró que no se lo iba a dar a nadie y se lo permití. Se fue con mi canto, en mi voz, grabado. Le cortaron la lengua, le hicieron horrores. No lo volví a ver hasta después de muerto. Y no me delató. ¿Cómo no lo iba a mandar a la Sierra?

Una declaración de amor fue silenciada. Una expresión de temor fue acallada. Un acto de valor, resumido en cuatro pequeños y fecundos versos fue equivocado, perturbado, omitido.

Pregunto si llevo razón/

cuando despierto el peligro entre sus muslos/

si me equivoco/

cuando preparo la única trinchera/

en su garganta./

Yo sé que la guerra es probable;/

sobre todo hoy/

porque ha nacido un geranio./

Por favor, no apuntéis al cielo/

con vuestras armas:/

se asustan los gorriones,/

es primavera,/

llueve,/

y está el campo pensativo./

Por favor,/

derretiréis la luna que da sobre los pobres./

No tengo miedo,/

no soy cobarde,/

haría todo por mi patria;/

pero no habléis tanto de cohetes atómicos,/

que sucede una cosa terrible:/

he besado poco./

La declaración de amor mía ha sido muy discutida, porque estábamos abocados a una guerra atómica. Aquella situación con los Estados Unidos y la antigua Unión Soviética fue muy delicada. Sinceramente, una hasta sentía que era importante hacer la guerra, pero sabíamos que se acabaría la humanidad. Y era mejor ser precavidos, porque por sobre todo estaba la salud y la integridad del pueblo y la humanidad. Había que pensarlo muy bien y por eso digo en el poema: no soy cobarde/ no tengo miedo/ he besado poco. Ese que había besado poco era el pueblo, era la voz del pueblo.

A Calzada de Tirry 81 llegó con tan solo tres años de edad para ya nunca más abandonar ese enigmático sitio, resguardado de historia y de polvo, y único en el mundo donde Carilda ha podido escribir, vivir y soñar.

Aquí viví yo con mi abuela, mi madre, mi padre y mis tres hermanos y fuimos felicísimos. La casa, aparte de lo que me gusta, desde el punto de vista de que me resulta amparadora, que me protege, que me está cuidando, no de la lluvia y del sol, porque a la lluvia y el sol los amo, no, me está cuidando el alma. Porque mi casa es muy espiritual. Mi casa tiene un poco de cada uno de los seres que han convivido conmigo. Esta casa es sencillamente, no un albergue donde una pasarla bien, tampoco una estancia, yo no la veo materialmente.

Yo he cerrado los ojos cuando he estado en no pocos países del mundo y me acuerdo de mi casa como un lugar de reposo, de amor y de poesía. Un aposento amado. El nido de la belleza, del amor, de la libertad…

Pero, la Hija Eminente de la ciudad de Matanzas permaneció durante casi dos interminables décadas a la sombra de alas, luces y glorias. A pesar del anonimato al que algunos pretendieron confinarla, su talento, brillo y elegancia le permitieron seguir iluminando. Y ella, aún en soledad, pudo ser feliz.

Yo nunca escribí poemas para fulano, ni para sutano. El único canto que hice fue para Fidel que estaba en desventaja, en una montaña, candidato a la muerte en aquel momento. Jamás, cuando la Revolución triunfó le canté a la Revolución, porque ya la teníamos. Lo único que había que hacer era ayudar un poco para sujetarla, para no desviarnos, para que no pasara lo que sucede en todas las revoluciones. Hemos tenido que aprender. Los gobernantes han tenido que aprender a  gobernar. Y nosotros hemos tenido que aprender no a obedecer, sino a ayudar y tratar de comprender muchas veces.

Yo he sido convocada a quedarme en múltiples sitios, a anexarme a cosas que lindan con el dinero y las posibilidades materiales. Nosotros en Cuba hemos vivido muchas dificultades, no de ningún tipo de penuria espiritual, sino material. Pero no podemos perder de vista muy a pesar, dónde está la libertad. Yo sabía que en mi Patria estaba la libertad. Y que aquí es donde yo he estado a gusto. Aquí me gusta una flor, o me encanta comerme un tamal en el medio de la calle. Yo no soy esa otra figura que necesitaba estar convoyada por el automóvil, el lujo y la comodidad.

Cuando vino mi abuela trajo un poco de tierra española/

cuando se fue mi madre llevó un poco de tierra cubana/

yo no guardaré conmigo ningún poco de tierra/

¡La quiero toda sobre mi tumba!

Matanzas soy yo, es mi gente, son mis amigos, mis alumnos. Yo no abandono a mis amores. A mí me gustaba hasta el poste que estaba en la esquina, parece una ridiculez. Me pasaba el día entero en la biblioteca y me creía que también aquella era mi casa. Y con el Parque Watking me pasaba algo parecido. Lo vi hasta fundar. El primer árbol que pinté, cuando era alumna de Artes Plásticas, lo tomé del Parque Watking. ¡Pobre del que no tiene Patria o deja de tenerla!

Carilda Oliver Labra es uno de esos seres que ha vivido para amar sin intentar jamás economizar tal sentimiento. Ella, que ha amado por gusto y sin explicación, ahora, ama con gusto y no necesita excusa alguna.

Distinguida con el Premio Nacional de Poesía en 1950 y con el Premio Nacional de Literatura en 1997, entre otros incontables reconocimientos, se siente bendecida por el milagro de la vida y la poesía.

Con las preciosas arrugas que delatan sus 92 años, los ojos más hermosos de la literatura cubana brillan sin cesar, en el esfuerzo interminable de un lento parpadear.

Yo me considero insubordinada, por suerte, por favor, que si no lo fuera sería mejor no haber nacido…

Rómpanme los vestidos/

quítenme la locura/

pulan con ese látigo/

mi sitio de estar sola.

Tráiganme los infiernos/

pongan mi cama dura/

no temo a los tiranos/

ni al cáncer, ni a la ola./

Déjenme sin pecado/

sin sol, sin biblioteca,/

ya huérfana de todo,/

no sentiré mi tedio./

Escóndame ese pan/

claven mi boca seca/

nada podrán hacer/

que no tenga remedio./

No importará la cárcel/

porque bebí delirio/

hasta en el mismo polvo/

puede nacer el lirio./

Ninguna muerte sabe/

podrirme la mañana/

mi corazón no tiene gravámenes/

ni dueños./

Nunca podrán quitarme/

el ala con que sueño/

y seguiré cantando/

cuando me dé la gana./




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