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Tuesday 24 September 2019
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La vida filosa de un hombre entero

JuanGualbertoHEROEUna profunda cronología sobre la vida del patriota y periodista matancero Juan Gualberto Gómez acaba de llegar a mis manos, justo en el año en que Cuba entera lo recuerda por el 160 aniversario de su natalicio.

José Ramón González Pérez, máster en Estudios Sociales y profesor de la Universidad de Ciencias Médicas, en la ciudad de Matanzas, y el principal investigador en predios yumurinos de la vida del patriota y periodista matancero, “colocó” en mi librero el excelente resumen de cada uno de los pasos del héroe que desde aquí puede conocerse mejor.

Es una suerte de mapa que señala la existencia misma de quien ni burlas ni imposiciones permitía a sus compañeros de juego, mucho menos a los hijos de los amos del ingenio. El mismo niño que gastaba el dinero en dulces para otros muchachos que no podían adquirirlo y se rebeló de pequeño contra afrentas, agravios, discriminaciones.

Mientras cumplía sus obligaciones de esclava doméstica, probablemente la anciana Ma Concha no le quitaba los ojos al que será con los años “un hombre muy grande”, como conjeturó.

Pero Juan Gualberto Gómez y Ferrer llegó al mundo con una bendición mayor. Nació sin dueños. La emancipación la conquistó acunado todavía  en el vientre de Serafina, cuando la familia decidió erogar 25 pesos por su libertad.

En el matancero ingenio Vellocino, término municipal de Sabanilla del Encomendador, el 12 de julio de 1854 se escuchó quizás un grito distinto. ¡Libre! ¡Juan Gualberto es libre!

La dádiva,  aquel pago de su emancipación, abonaron en él los sentimientos de solidaridad y justicia que le moldearon el carácter y le definieron luego la personalidad, presume el historiador González Pérez.

 “No podría obviarse en modo alguno el influjo que el origen humilde del revolucionario debe haber tenido en la forja de su espiritualidad, como tampoco el paisaje de abominables tratos a los esclavos que presenciara. Eso le impactó, igual que a su amigo Martí, por coincidencias en la misma provincia. Juan lo percibió en Sabanilla, Unión de Reyes; José,  en Caimito del Hanábana, Calimete.”

La trascendente existencia del patriota

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José Ramón González Pérez, investigador de la vida de Juan Gualberto Gómez

Considera el profesor de Historia que no hay sucesos intrascendentes en la existencia del patriota. Cada acontecimiento, país de tránsito,  amistad fraguada, prisiones, destierros. Todo tuvo repercusiones.

“Al mudarse sus antiguos dueños para La Habana, Fermín, Serafina y el vástago van con ellos. Con unos diez años llega allá y cuando a punto está de cumplir los 15, ya los padres habían convencido a Catalina Gómez de ayudar al muchacho para que fuera a Francia a estudiar.

“A pesar de que inteligencia había enseñado ya, quizás por ser negro se pensó que solo rendiría bien en el oficio de carpintero o era lo que sus padres podían costear, así que acordaron que aprendiera a fabricar carruajes, práctica común en la Cuba de la época”.

La dádiva,  aquel pago de su emancipación, abonaron en él los sentimientos de solidaridad y justicia que le moldearon el carácter y le definieron luego la personalidad, presume José Ramón González Pérez.

 El miembro de la filial provincial de la Sociedad Cultural José Martí aclara que aunque París lo recibe en 1869, ni la carpintería ni mucho  menos su posterior incursión en una escuela de ingeniería,  seducen el intelecto de Juan Gualberto Gómez. El joven tenía para tanto que  la posibilidad de trabajar como gacetillero se le cruzó en el camino.

“Aquello, apunta, significó apenas el comienzo de su obra periodística. La relevancia de ese inicio en el campo de las letras estriba en el hecho de que sucede justo en la capital ideológica mundial del momento, contexto donde recibe las influencias de las intensas ideas progresistas de la Revolución Francesa.

“Sabe de buena tinta, incluso, de los hechos conducentes a la Comuna, el primer estado proletario del universo. Libertad, fraternidad, igualdad, tres ideales fecundados en la mente del joven que a los 22 años regresó a Cuba con cierta madurez intelectual y el bichito de luchar por su país, transmitido por Francisco Vicente Aguilera, con quien trató en la nación europea y luego calificara como su maestro en el amor a la independencia.”

Narra González Pérez que conocer a José Martí a finales de 1878, los involucra de inmediato en la orquestación de la llamada Guerra Chiquita. El debut conspirativo de los dos, precisa, significó una suerte de bautizo de fuego. Un año después  acontecería  el último encuentro entre ellos.

“Almorzaba Juan Gualberto en la casa del especial anfitrión, el día que se llevaron detenido al autor de La Edad de Oro.  No se volvieron a ver. En cambio, se sabe de la gran amistad que los unió, de la confianza de Martí en él…, su brazo derecho en la revolución del 24 de febrero de 1895… La joya grande, como lo llamó el Apóstol, no lo defraudaría.”

Las luces de un pensamiento agudo

Juan-Gualberto.HEROELa manera de enfocar el aspecto racial constituye uno de los puntos motivadores en la profundización que el profesor realiza en una figura todavía insuficientemente conocida, con períodos de escasa información que le despiertan constante curiosidad.

“Tácita defensa realiza a los intereses de los elementos de color de toda la isla desde La Fraternidad, periódico que fundara con esos propósitos. En distinto tiempos y otras publicaciones, lo mismo criticó la Ley del Patronato, por prolongar la inequidad y aberración de la institución esclavista, que defendió los derechos de la población negra.

“Lo interesante fue la interpretación con la que asumió ese combate, postura que generó inconformidades entre los de su propio color, por la visión incluyente de blancos y pardos, contraria a la exclusión que suponía fraccionar a quienes se juntaron en gestas libertarias. Por eso condenó los intentos de dividir la escuela pública, tan perjudicial segregación, cuando lo lógico sería propiciar la integración cubana.”

Distinción particular confiere al hecho de que Juan Gualberto Gómez creyera irracional una contienda étnica en un país cuya preponderancia mestiza extendía y extiende el parentesco a zonas insospechadas. “Cuestiona con fuerza el alzamiento de los Independientes de Color debido al procedimiento empleado y se opone a la creación de un partido solo para negros.”

Fustigó a Estrada Palmas,  narra, por eliminar de la lista de los invitados a una fiesta en la sede del Gobierno a la familia del senador negro Martín Morúa Delgado. Pero él mismo recibiría disímiles burlas, ataques, vejaciones.

En forma de chanza lo llamaban el hombre de Ibarra, por el fracaso que significó el levantamiento de 1895 en Matanzas. “Ni siquiera la inmerecida ofensa le doblegó el carácter”, reconoce González Pérez. “Tiempos después afirmaría que nunca como en aquel momento se había sentido tan hombre en el viril sentido de la palabra, y que lo que algunos miserables querían presentar como una página afrentosa, era tal vez  la empresa que más lo enorgullecía”.

 Víctimas de incomprensiones, cuando pudo hacerlo, respondió siempre del único modo que conocía.  Desde la inteligencia de un verbo que lo ubicó entre excelsos oradores hispanos.

Cuentan que el presidente Machado quiso congraciarse con él pronunciando un discurso elogioso al entregarle en 1929  la Cruz de Carlos Manuel de Céspedes, mas, ripostó que no era hombre de doblegarse, abjurar, ni dar pasos hacia atrás. “El Juan Gualberto con Cruz es el mismo Juan Gualberto sin Cruz”, sentenciaba.

Calificado como su momento cumbre, recuerda,  lideró a los que se opusieron a la imposición de la Enmienda Platt, la maniobra de los Estados Unidos que combatió desde fieles ideas de independencia y soberanía. “Esa visión política conmueve en lo infinito”.

A su juicio, mucho falta por hurgar en regiones recónditas de su existencia. “Precisamos un Juan Gualberto vivo, de todos los días y no de aniversarios cerrados, que recorra las calles, plazas, escuelas, centros de trabajo. Que ande una Cuba todavía necesitada de desterrar de ciertas mentes conceptos raciales.

“Aquí en Matanzas, su tierra de nacimiento, exploramos espacios en los medios, barrios, comunidades, para continuar difundiendo períodos  de quien permanecería unos 22 de sus 79 años de vida fuera de la Isla,  sin que renunciara a su convicción de Patria”.

De sus ideas no pudieron desterrarlo nunca. No pudo la africana cárcel de Ceuta. No lo consiguió España. Nada lo sometió, una firmeza, insiste González Pérez, que admira sin medidas.

El periodista culto, el hombre fino, que sin pretenderlo, dicen, seducía a las mujeres con exquisita expresión, murió tan libre como nació. El que fue representante de la Cámara  y Senador,  falleció en 1933 en la pobre casita que reparara con la ayuda de algunos amigos.

Tiempos atrás,  respondiendo a intentos de quebrar su integridad ética,  había subrayado: “…Sigo siendo el niño de antes. El dinero lo doy por cualquier cosa… Lo único que no cambio es el decoro”.

Foto: Noryis




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