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Friday 22 November 2019
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Aniversario 151 del fallecimiento del bardo enamorado

Este 14 de noviembre se cumplen 151 años del fallecimiento, en 1863, del controversial lírico matancero José Jacinto Milanés y Fuentes, “el primer ingenio poético cubano”, en opinión del informado crítico González del Valle, emitida 1846.

El cortejo fúnebre salió a las cuatro de la tarde desde el local del Liceo.

José Jacinto Milanés

José Jacinto Milanés

La prensa de la época refiere que unos 60 caballeros vestidos de riguroso luto lo acompañaban. Uno de ellos llevaba un cojín de terciopelo negro sobre el que descansaba un ejemplar de las obras de Milanés, y sobre este una hermosa pluma blanca. Otro portaba una corona de laurel.

Caballero andante de la poesía, lírico de inspiración, moralista de pensamiento, patriota declarado, este hombre de negro siempre vestido, con barba, bigote y cabellos oscuros, se hundirá en noche de veinte años, devendrá mito, y a partir de entonces se tejerá la leyenda del loco de la calle Gelabert.

SUS MEJORES OCHO AÑOS

Milanés y Fuentes nació el 16 de agosto de 1814 en la ciudad de Matanzas (este año 2014 se cumplen dos  siglos), en el seno de una familia de modesta posición económica.

Casi toda la obra del poeta, dramaturgo y ensayista se desarrolló desde 1835 hasta 1843, período que se enmarca en el romanticismo de la literatura española.

La mayoría de los críticos coinciden en identificar tres etapas en la producción del bardo. Hasta 1837 sobresale su lírica espontánea, entrega apasionada a todo lo que ama, y lo ama todo. Entonces derrama su luz literaria.

Hasta 1840, en la producción del matancero se ve la mano de Domingo del Monte, intelectual adinerado, cuyas inquietudes sociales de carácter moralista y reformador son inducidas en Milanés para que este las exprese a través de su obra poética.

A ese lapso corresponden las creaciones El mendigo, La madre, El hijo del rico, El ebrio, y otras composiciones que algunos especialistas califican de menor calidad artística, en comparación con su obra lírica.

Sin embargo, refiriéndose a lo anterior, la documentada Carolina Poncet opina: “…hay un Milanés más oscuro, menor poeta pero más patriota que el Milanés romántico: el Milanés moralista y educador”.

En 1838 fue puesta en escena la obra El Conde Alarcos, primera pieza de teatro romántico cubano -la mejor de José Jacinto-, cuyo estreno le costó días de fiebre y crisis nerviosa al autor, al extremo de que jamás quiso asistir a la representación.

A partir de 1840, Milanés retoma la lírica, en la que ha sido catalogada como su tercera etapa creativa a la que pertenecen De codos en el puente, El alba y la tarde y La fuga de la tórtola, esta última una de sus más bellas y alegóricas composiciones en la que explicita su amor por la libertad.

El crítico Ramón de Palma (1855) elogió la capacidad pictórica del bardo yumurino, Enrique Piñeyro (1865) exaltó su lírica y repudió su poesía moralizante. Eusebio Guiteras (1874) le reconoció un talento principal para lo dramático, y Longfellow le nombró “el más eminente poeta cubano”.

“Poeta de sentimiento candoroso e infantil” dijo de Milanés, Don Menéndez y Pelayo; mientras que Rafael Stinger subrayó que “sus composiciones más famosas pecan de una fastidiosa manía de sermonear”.

En 1958 Cintio Vitier opinó que lo determinante en la vida de José Jacinto fue “el tema de la obsesión de la pureza”, y Salvador Bueno considera que el amor a lo más esencialmente nuestro “hace imperecedero el aporte fundamental de Milanés”.

UNA SOMBRA QUE DEAMBULA

El año de 1843 marca su ocaso. Cae en una especie de idiotismo y deambula como una sombra por la abovedada casona donde vivió y murió, actual sede del Archivo histórico de Matanzas.

A los 28 años de edad a Milanés le  estalla una pasión abrasadora por su prima hermana Isabel de Ximeno (Isa), que a los 14 años era ya una mujer hermosa. Entonces el bardo rompe su noviazgo de dos lustros con Dolores Rodríguez, y esa suma de conflictos le ocasiona una fuerte crisis nerviosa.

En medio de su locura, sólo una vez, dicen, se le escuchó llamar “Isa, Isa”. Entonces, ella, que estaba de pie en el umbral de su casa, asustada, corrió a refugiarse. Isa había sido su gran amor oculto. ¿Fue la causa de su locura? No puede afirmarse, pero en todo caso, debe de haber influido.

Seguirá discurriendo el tiempo sobre las aguas de los ríos Yumurí y San Juan, que en noches de insomnio conocieron las confidencias del  bardo enamorado, y al cruzar un día cualquiera sobre uno de sus puentes, nos parecerá verlo aún, apoyado con los codos sobre la baranda, la vista perdida en la lejanía, formando parte intrínseca del paisaje, en una urbe dormida a la que amó profundamente.




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