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Monday 23 September 2019
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A Pancho no se le va una…

panchoHace mucho tiempo que Francisco Valle Valle perdió su verdadero nombre. Todo el mundo en el barrio le conoce por Pancho, el hombre multifacético que aprieta un tornillo lo mismo que abre un hueco, presta una herramienta y ofrece un consejo a quien lo necesite.

En la zona alta de la ciudad de Matanzas reside Pancho con su familia. Su casa, que siempre tiene las puertas abiertas, es sede de la presidencia del Comité de Defensa de la Revolución (CDR) número seis de la zona 120.

Jubilado de la Empresa Cuba Petróleo (CUPET), tal vez antes de tiempo, porque el asma es una patología que le acompaña desde que era muy joven, Valle con sus 73 años de edad cuenta con orgullo de los inicios de aquella entidad, ubicada en la zona industrial de la urbe de ríos y puentes.

De las peripecias cuando atracaban los primeros barcos,  la construcción de los muelles de aguas profundas, de las noches sin “pegar” un ojo para proteger esa zona de la costa norte cubana de los que, entonces, querían infiltrarse para cometer allí actos de sabotaje, recuerda Francisco.

Variadas anécdotas, a las cuales imprime siempre algo de humor, pues lo lleva intrínseco en su personalidad, le acompañan en sus mañanas cuando los vecinos, jubilados también, se acercan a saludarse y a escucharlo con atención.

Presume de conocer a todo el mundo, a quien vive en el barrio, en el entorno, más arriba o más abajo del Consejo Popular Matanzas Oeste, sitio al que para llegar se necesitan piernas fuertes, debido a lo empinado de las calles.

Sentado en el amplio portal sorteando la falta de aire que casi siempre le acompaña, Pancho es capaz de enumerar avenidas y entrecalles de memoria, nombres y apellidos, núcleos familiares y hasta parientes cuando alguien quiere saber detalles de una persona.

Uno de sus mayores orgullos resulta la familia:  Carmelina, la esposa, jubilada de la misma rama del petróleo, compañera de madrugadas en los cuerpos de guardia del policlínico cuando “aprieta el pecho” y excelente cocinera; sus hijas, trabajadoras de la esfera económica y el turismo, sus nietos, hombres y mujeres que aportan a la sociedad.

Tal vez Pancho no se percate, por humilde que es, del ejemplo indestructible que representa, del tronco seguro que encarna igualmente para quienes le rodean, aunque no le unan lazos sanguíneos.

Más allá del asma, no descansa en ofrecer ayuda a cualquier vecino. Organiza la guardia del CDR, reconoce a los que sobresalen en la labor comunitaria. Puede vérsele en la bodega de la esquina, allí donde lo mismo se habla de pelota que de política, y él debate con sabiduría y argumentos.

Esa comunidad está libre de delitos, hace mucho tiempo que nadie va a perturbar la tranquilidad de los vecinos. Pancho sentado en el portal mantiene el control permanente para los que se desvían en el camino y son propensos a violar las leyes, no se les ocurra pasar por allí.

Entusiasmada por conocer más sobre su vida, subí los cortos escalones que me separaban del pórtico. Carmelina trajo una taza de café para no perder la costumbre bien cubana; Neyli, la nieta mayor, regresaba del trabajo y no se resistió al fuerte aroma del néctar negro.

Francisco Valle Valle abrió los brazos para recibir a Joan Carlos, el bisnieto de tres años de edad, que casi “volaba” las escaleras para “encaramarse” y besar al hombre de pelo blanco.

Insisto en conversar sobre su vida. Me mira de frente y sonríe:

“A mí no me gustan las entrevistas. ¿Por qué no buscas a uno de esos jóvenes que fundan todos los días por resguardar los sueños de otros como yo?…

“Todo lo que he hecho es por defender a Cuba. Lo que más me motiva de  esta obra es que se transforma siempre. Y eso se lo hago saber a mis hijas y a todo el que se me acerque.

“Con lo viejo que estoy y lo que ya viví, te puedo asegurar que desde este pequeño balcón de la calle de Capricho, a Pancho no se le va una…”




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