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Saturday 16 November 2019
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Vicente Feliú o el monumento a Ñico (+ letra de la canción)

vicente ñico

Vicente (a la derecha), en el reencuentro con la familia de Ñico

Tal vez  a esta historia debería dar seguimiento periodístico mi colega y amigo Arnaldo Mirabal, reportero del semanario Girón en la provincia de Matanzas,  fue él quien desentrañó y desempolvó recuerdos en la memoria de otro cercano amigo Vicente Feliú; pero el azar me llevó a volver sobre Antolín Marrero Perdomo (Ñico), el obrero que inspiró a Vicente Feliú a escribir una de sus canciones conocidas y tarareadas por muchos.

Cuando Vicente habla del hombre al cual vio trabajar rudamente, sus ojos clarísimos brillan; los momentos de la fundición de San José de las Lajas, a donde llegó un día  para cumplir con una jornada laboral en tiempos de leyes contra la vagancia  nunca se apartaron de su memoria, esos recuerdos los lleva en la mochila junto a  predilectas canciones y el perfume de Aurora, su Aurora…

Era un joven de pelo largo y gruesos espejuelos que ayudaban a llevar la miopía, alma irreverente que componía canciones raras; por tanto era también objeto de miradas esquivas en el momento que topó con el calor intenso de la fundición, esa que sofocaba y provocaba fatigas…

En un breve intercambio con Mirabal, a propósito de un trabajo sobre otro Ñico publicado por éste en el periódico y en su blog Revolución, el autor de Créeme expresó:

“Conocí a Ñico, o Antolín Marrero Perdomo, su verdadero nombre,  en 1971. Yo había salido de la Universidad sin terminar la carrera de Profesor de Física en 1969, y sin vínculo laboral alguno. Luego de pasarme un tiempo en la agricultura fui a trabajar a una fundición de hierro artesanal, muy antigua, en San José de las Lajas.

“Allí Ñico trabajaba como peón, alimentando unas máquinas mezcladoras de tierra y arena para la fundición de piezas de hierro.

“Me enseñó la manera de palear los materiales “para que me cansara menos y pudiera producir más”. Aquella fundición producía fundamentalmente piezas sanitarias de hierro a 3,000 grados de temperatura! y cuando terminaba la colada las extraíamos al rojo vivo.

“Como dice la canción, el obrero andaba por los sesenta y tantos años cuando lo conocí y tenía edad para retirarse. Una vez le pregunté por qué no se jubilaba, y él, que era sumamente parco en palabras, me respondió: “porque la Revolución se hace con trabajo y no con palabras”.

Frase esta última que el trovador lleva como sacerdocio 43 años después.

Vicente,  sin desprenderse de los consejos de Ñico, fundó junto a Silvio, Noel y Pablo y otros creadores, el Movimiento de la Nueva Trova, y compusieron canciones “inauditas” que atraparon la atención y cautivaron a un segmento de público que todavía hoy canta de memoria temas antológicos.

El tiempo que el trovador compartió con Ñico y los obreros de la fundición fue poco, solo que suficiente para aprender y aprehender valores que le acompañan en su andar cotidiano.

Cuando uno de estos días Vicente vio publicada en las redes sociales de la Internet la historia del otro Ñico, contada por Arnaldo, movió cielo y tierra para encontrarle y conversar sobre el azar o la vida que hace llamar “Ñicos” a la gente que se entrega con esmero al trabajo.

Mientras, la casualidad quiso que el periódico Girón con el reportaje,  fuera a parar a  manos de la familia del obrero de la Fundición.

En la barriada de Pueblo Nuevo, de la ciudad de Matanzas, Lucía Marrero la hija de Ñico cuida de sus nietos, mientras su hijo Ricardo, trabajador no estatal, se dedica a la faena de coger ponches a motos y bicicletas para ganar honradamente el sustento.

A la humilde vivienda matancera llegó Vicente en una de las calurosas tardes cubanas. El encuentro con la familia resultó emotivo.

Lucía no podía creer que quien tocaba a su puerta fuera el trovador y mucho menos que trajera una copia de la foto de su padre en la otrora fundición.

Los nietos de ella aparecieron en el umbral, los rasgos del bisabuelo demuestran la firmeza de aquellos genes.

La fundición de San José, en la actual provincia de Mayabeque ya no existe. Comentó Vicente que volvió allí cuando su hija Aurora de Los Andes era una adolescente y en su lugar un montón de viejos hierros y un inmueble ruinoso contemplan el tiempo. Como símbolo de amor y tal vez ironía, encima de los metales asomaba un guante…

Los descendientes del hombre que inspiró el tema del monumento al obrero desconocido, seguramente no conocen de la canción; ni del sitio que proveía el sostén del trabajador.

De ahora en lo adelante, después de ver personalmente al también coordinador del Canto de Todos,  y seguir con timidez cada uno de sus gestos, estos muchachos rayando la adolescencia a lo mejor atenderán un poco más a la música inteligente y cerrarán  puertas a la banalidad que suele tocarlas insistentemente.

Ricardo Capote, esposo de Lucía, recordó  exactamente santos y señas de los nacimientos, cumpleaños y fechas trascendentales en la vida de la familia, y  para evitar dudas trajo papeles que dieron fe de su fenomenal memoria. En ellos constaba que Antolín había nacido el 2 de septiembre de 1910 y dejó este mundo el 12 de agosto de 1999.

La familia de Ñico lleva con orgullo su apellido y el recuerdo de hombre rudo de trabajo. Vicente evoca la figura del obrero con infinita admiración y en un abrazo fuerte, guardado para la eternidad en la moderna cámara digital, dejó en la descendencia la constancia de eterna gratitud por el ejemplo que le persigue hasta hoy…

Tal vez Ñico, desde algún lugar del universo y tanto tiempo después aprobó el encuentro donde, obviamente, se rindió tributo a su memoria y  culto, por encima de todas las cosas, al trabajo como única opción para vivir dignamente y contribuir al desarrollo, tal y como aseveraba, entre sudor y susurro hace cuatro décadas.

Feliú con su verbo fino de siempre advirtió que seguramente muchas personas conocieron la canción y no saben de quien es la historia.

Mientras regresábamos, caminando lentamente por las calles del barrio de Pueblo Nuevo, pensaba en el monosílabo que emitió Ñico cuando se enteró de la canción-monumento de Vicente a un obrero, a partir de ahora no tan desconocido…

Ñico o el monumento al obrero desconocido

Vicente Feliú

Ñico está allí con su sesenta y pico de glorias,
de madrugadas sin sueño, de pie,
erguido sobre su especie,
esa especie de hombres que no se publican,
que transcurren inéditos
en la capa definitiva de un país,
que se alzan a diario contra lo que falta,
calladamente como quien sabe que la palabra no vale
sin el brazo dispuesto que la respalde.

Allí está Ñico, el hombre del silencio,
a su izquierda está Ñico, Ñico a su derecha,
de frente Ñico y Ñico a su espalda.

Machetero desde niño, peón en lo maduro,
ahora viejo sigue tirando tierra
con el odio del que quiere enterrar un pasado
y el dolor de saber que no verá el futuro.

Hombre de metal, espéranos,
muéstranos la ruta adonde estás,
sobre tu osamenta, débil ya,
y el alma dispuesta a reventar
por el hombre hasta el final.

(1972)




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