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Thursday 19 September 2019
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El primer acto de recordación a los estudiantes de Medicina

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Uno de los crímenes más horrendos que cometió el gobierno español en Cuba fue el fusilamiento de ocho estudiantes de Medicina de la Universidad de La Habana el 27 de noviembre de 1871.  Los bárbaros voluntarios hispanos no cedieron ante ningún tipo de apaciguamiento ni de fuerza moral de sus superiores y en franco amotinamiento asesinaron a los jóvenes, uno de ellos de solo 14 años de edad.

El gobierno colonial ha tratado de limpiar su culpa lanzándola sobre la turba voluntaria, pero nunca ha logrado que la historia desligue a uno de los otros.  Había suficientes tropas de línea que podían enfrentarse al crimen, pero no, el segundo Gobernador y el propio Conde de Valmaseda, a la sazón Capitán General, dejaron hacer a los asesinos y ocho jóvenes criollos pagaron con su sangre  la injusticia.

Matanzas tuvo su cuota de sangre en el bochorno ignominioso del crimen alevoso. El más inocente de todos era Carlos Verdugo Martínez, de diecisiete años de edad.  No había estado en La Habana el día de los hechos y fue señalado por la muerte en el segundo sorteo. Además de este mártir fueron sentenciados en el juicio criminal cinco matanceros más:  Alberto Pascual y Díaz-Arguelles, natural de Cárdenas, a seis meses de prisión; José Francisco Hevia y Ayala (Cárdenas) a seis años de cárcel; Ernesto Campos Marquetti (Cimarrones), Eduardo Baró Cuní (Matanzas) y Fernando Méndez Capote (Cárdenas) a cuatro años de presidio.

Años después uno de aquellos jóvenes, Fermín Valdés Domínguez, echa sobre sus hombros la difícil tarea de reivindicar a sus compañeros fusilados en 1871. Su empeño se enfila a preservar el muro donde cayeron por las balas españolas los ocho estudiantes  y rescatar de las tumbas anónimas  donde fueron lanzados los cuerpos.

En Matanzas se dio por primera vez un acto público de recordación a los ocho mártires estudiantes y se estableció una tradición que llega a nuestros días, recrudeciéndose en los años de la dictadura de Batista.

En aquellos años de injusticia los jóvenes se enfrentaban inermes a la porra batistiana para seguir recordando a los mártires del estudiantado cubano.

Hoy un ejército de jóvenes de batas blancas enriquece y engrandece con  nuevas tradiciones humanistas y solidarias la idea de que sea posible un mundo mejor.




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