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Friday 15 November 2019
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Matanzas desde una pared en Miami

matanzas 1Estaba ahí, colgada en la columna de un portal visiblemente extranjero. Me detuve en la fotografía y no precisamente por aquellos supuestos rostros felices en Miami, ni para mirar las Cocacolas sobre la  mesa o la marca de la  cerveza. en una placa de cerámica podía leerse:  Ser cubano es   un  orgullo,  pero SER  MATANCERO ES UN PRIVILEGIO.No sabría  identificar el  origen de  la frase,  lo cierto es que  era un pedazo de patria sobre una pared. Pensé entonces en la matanceridad con equipajes  y en la que asume el  que llega como un bautizo tardío,  en la que sobrevive y en la  que se pierde.

Cuando  apenas era  una adolescente abrí los ojos a una ciudad con calles demasiado largas para mis trillos  conocidos.
Existe  una brecha entre lo que  llamamos “mi provincia” y “mi ciudad”, pero yo la hice mía o tal vez fue ella quien me hizo suya; en cualquiera de los dos casos es una posesión bendita, como una doble ciudadanía sin pasaportes.

Vuelvo sobre el MATANCERO de aquella placa y sobre el PRIVILEGIO y esa  frase resuelta de los expatriados habla  tanto como los versos de Carilda debiendo  vida y debiendo muerte.

Ser matancero es callar con Milanés y sudar rumba por una calle rota con cáscaras de  coco y resguardos en cada esquina, es una bahía a la que a veces se te olvida mirar, pero si te falta el  olor del  salitre en otras tierras sientes que te ahogas.

Un San Juan con una rivera tan sucia que el Raulito de Raúl Torres  ya no podría volver para “dar caza a un camarón”, sin embargo,  en lugar de peces, de  vez en cuando logras ensartar los  sueños.

Ser matancero es llevar el “dolor como una ele” de edificios en otoño por esa otra ciudad sepultada en escombros, cansarte de los olvidos, creer que dejaste de sentir… pero colgar luego una frase como pedazo de patria en la pared en otro lugar del mundo.

Es también permanecer en la misma casa de siempre,  sin frases en la pared, pero sí con otros pedazos de patria debajo de las almohadas, en los  rincones, detrás de las puertas, en los armarios, en los rostros conocidos.  Quedarse en ese privilegio nombrado, porque hay demasiadas razones para temerle a  la  nostalgia.

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