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Sunday 17 November 2019
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En Matanzas bailamos danzón

danzon

Dicen que para resolver los problemas, lo primero es aceptarlos. Así es que, en honor  a la verdad, durante demasiado tiempo hemos dejado decaer esos ritmos que convierten a Cuba en uno de los más importantes referentes en cuanto a riqueza cultural a nivel mundial.

Es verdad que la mayoría de nuestros jóvenes consideran al danzón como un género que anda con un bastón a cuestas y arrastra sus pasos al caminar. No podemos negar, aunque nos duela cual si nos robaran nuestra identidad, que fuera de los predios de la Isla se siente más el latir del mambo, el chachachá, el danzonete y hasta el propio danzón, por demás Patrimonio Inmaterial de la nación cubana.

No se trata de buscarle la quinta pata al asunto, sino de asumir riesgos y buscar alternativas para devolverles la vitalidad que han perdido debido a la poca, a veces nula promoción, y el establecimiento de estereotipos y reglas absurdas que no se corresponden con las características de los tiempos que corren.

Nuestros medios de comunicación llevan su parte de responsabilidad en la cuestión. No comprendo cómo nos permitimos priorizar la salida al aire de temas que devienen claros ejemplos de seudocultura, por encima de aquellas canciones que hicieron o hacen historia en el pentagrama nacional gracias a su reinterpretación por quienes reverencian el legado cultural llegado a nuestros días.

¿Que los jóvenes no están interesados por el danzón? Una suposición errónea. Creo que durante la celebración en Matanzas del primer encuentro de danzoneros, entre el 30 de marzo y el 3 de abril, quedó demostrado que no se trata de las arrugas que asomen en nuestro rostro o del ímpetu con que se asuman los proyectos de la vida, sino de ofrecerles a este público un producto con calidad, atemperado con nuestras realidades, sin que esto signifique perder sus esencias: en fin, un danzón del siglo 21.

De ello nos ha dado una excelente lección la orquesta Miguel Failde, integrada por muchachos que acumulan poco más de 20 años y que ofrecen una visión atrevida y atractivamente renovada de estos géneros, olvidados a veces por muchos y que ellos se encargan de que no mueran en el intento por renacer.

Vestir con saya larga y guayabera no va a acercarnos más a nuestras raíces musicales, no va a hacer que las respetemos más. Que exijamos a los jóvenes ponerse ropas que no están acordes con su edad y preferencias para entrar en las instituciones que se dedican a promover el danzón y, más aún, si es en esas propias entidades donde se permite reproducir las más disímiles variantes de la  música, identitarias o no de nuestro pueblo, no nos va a asegurar que los jóvenes acepten nuestras propuestas y mucho menos que perdure el danzón.

¿Las soluciones? Abundan: desde apoyar a los jóvenes matanceros que han tenido el arrojo de aventurarse y sondear obstáculos para establecer pautas en defensa de la cubanía, establecer espacios en los medios de comunicación donde se promueva el acervo musical autóctono, convertir la casa donde vivió Miguel Failde en el sitio donde se exponga la historia del ritmo que estrenó, oficialmente,  con éxito el primero de enero de 1879. Y así un sinfín de iniciativas podrían contribuir a que el danzón no muera.

La celebración del encuentro danzonero permitió vislumbrar cuánto tiempo hemos perdido y cuánto se han equivocado quienes intentan levantar barreras contra la necesaria renovación de estos géneros.

Pero también nos dejó el agradable sabor de la esperanza al ver a los propios jóvenes interesados por conocer dónde tocaría la Failde, dónde se realizarían los talleres de baile, al constatar que Matanzas comienza a bailar danzón. El baile nacional cubano comienza a respirar nuevamente en la Atenas de Cuba.




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