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Monday 23 September 2019
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Vestigios de mi Macondo

macondo

Mi padre siempre recita “en Macondo descubrí, que al lugar donde fui feliz, no debo volver jamás”. Después de leer Cien años de soledad descubrí qué era Macondo, pero sin saberlo, pasaba mis vacaciones en él.

Regresamos, contrario a la muletilla de mi padre, y recordé los arbustos de los que hablaba García Márquez; el parque adonde todas las tardes pedía me llevaran a columpiarme; el pequeño anfiteatro; la oficina de correos donde mi abuelo me compraba Zunzún, Pionero, Somos Jóvenes y otras tantas revistas que siempre me tenía de regalo; la bodega de la esquina que un día perteneció a mi bisabuelo chino y la farmacia donde fui con mi abuela en más de una ocasión.

El pueblo había envejecido tanto, que contuve las ganas de llorar. Hasta las hojas de los árboles estaban secas, del parque infantil apenas quedaban unos hierros de lo que fue el cachumbambé y del parque central unos pocos bancos de palos, porque los de mármol habían desaparecido hacía mucho tiempo. El anfiteatro parecía una ruina ateniense y los huecos de las calles polvorientas coleccionaban diferentes formas que desafiaban los automóviles como carreras de obstáculos.

Aun conservada estaba la zanja que pasaba frente a la casa, la que tantas veces mi abuela reclamó en las rendiciones de cuenta, según recuerda mi mamá. La gente era feliz o al menos parecía serlo. La vecina de al lado contaba entusiasmada de los estudios de Medicina de su hija y de los grandes logros de su esposo en la agricultura. Pronto llegó otro del doblar contando que su esposa, la enfermera de la cuadra, estaba cumpliendo misión en Venezuela.

La señora de enfrente nos recibió emocionada mientras barría el hollín del portal y recordaba mis tiempos de niña por aquellos lares, también contó de las peripecias de uno de sus hijos que andaba por La Habana, mientras yo iba entretejiendo las historias para hacer esta crónica que en aquel entonces ni soñaba escribir.

Hacía dos años, desde la muerte de mi abuelo materno, que no venía aquí. Todo estaba tan distinto, tan destruido que confieso que no me quedaron ganas de regresar. La casa donde jugué ya no era la misma, la habían modernizado sus nuevos moradores, y admito que me gustaba así como la de los Buendía de García Márquez, despintada y llena de recuerdos, con el olor fresco de las guayabas del patio, donde había una caja contadora del año de “ñañaseré” toda oxidada.

Pasó el tractor lleno de caña. Sí, en el pueblo hay un central que afortunadamente sigue moliendo. Recordé las veces que, sentada en el corredor con mis abuelos, vi a los niños correr detrás del tractor y alcanzar una vara dulce. Muchas veces los que eran amigos de mi abuelo me brindaron y mastiqué con cuidado hasta extraer, como si mis dientes fueran un trapiche. El jugo de la caña. También fue ahí donde mi abuelo me hizo el primer papalote con güin y me enseñó a volarlo.

Volví a escuchar a Rojitas, el famoso manisero, con el pregón más divertido que he escuchado: “Llegó el maní de Rojitas, mucha sal y pocas bolitas, buueenn maní” y se me hizo un nudito en la garganta de la emoción. Rojitas no había muerto, estaba muy viejito y seguía vendiendo cucuruchos de maní.

Fui feliz en mi pedazo de Macondo, me dolía muchísimo que el olvido se adueñara de este pedazo de tierra y entonces recordé “que las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”. No sé cuál será el destino del poblado y su gente, solo espero que otros se animen a nuevas historias sobre él, antes que lleguen los malditos cien años.



Estudiante de Periodismo


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