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Monday 21 October 2019
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Especialidades Galletas Yumurí: Fábrica que la Anir salva

No es pan caliente, pero igual se acaba. Las galletas Yumurí  duran nada en los mercados ideales de la ciudad de Matanzas. En el de la céntrica  calle Medio “las que traigan  se venden, se ha convertido en  un producto estrella”, asegura el jefe de almacén, Carlos  Manuel Vera.

“Es un puntal para cumplir con nuestro plan de ventas”, lo interrumpe el administrador Pedro Lázaro  Cabrera Calderón: “Lástima  que la oferta se quede muy  por debajo de la demanda.  Fíjese que si falla la entrega  semanal, nos preocupamos  nosotros y los clientes ni se  diga”. “A mis jimaguas les  encantan. Muy buena calidad  y son económicas, ¡25 pesos  una bolsa! Siempre paso por  aquí y cuando no hay, sufro”,  sonríe la matancera Carmen  González, mientras carga dos  paquetes.

En las domingueras ferias agropecuarias también  abastecen. “Tengo una cafetería particular, por eso me llevo 10 cartuchos. Las preparo con timba (conserva de  guayaba) y vuelan”, justifica  una señora.

A otros destinos y con calidades diversas se extiende  su presencia. Lo mismo a los  mercados de TRD Caribe, que  al Cimex, a la habanera marina Chapelín, que se distribuyen por unidades del Plan  Turquino-Manatí o la reciben embarazadas.

Sin embargo, pocos conocen que la estabilidad del  alimento se ve cotidianamente  amenazada por los achaques  del antiguo plantel industrial  donde lo elaboran.

“Las roturas imprevistas merman nuestro paso”,  lamenta Joel Secades Muñiz,  el administrador de Especialidades Galletas Yumurí, una  de las dos fábricas que en la  occidental provincia las producen. “En el 2015 se descompusieron piezas claves como el troquel y la revolvedora. Apenas hicimos el 93 % del plan”.

La seguridad de la materia prima y del combustible  bastaría para que con los  ojos cerrados alcanzaran sus  metas. “Eso no es suficiente”,  advierte Secades Muñiz. “En  cualquier momento se descompone otra cosa… No se  termina, el susto es constante  porque el enemigo es el mismo: la obsolescencia tecnológica, equipos con 84 años en  explotación”.

Inventiva vs. envejecimiento

Al lado de una revolvedora de 1932, Benancio Miguel Fernández Águila explica que  para ejemplares como ese  nada hay. “Todo está aquí”,   señala su cabeza y se da unos  toquecitos en la cabellera.  Mira la mezcladora, la acaricia.  “Esta es de los Estados  Unidos, como la mayoría de  los demás equipos. No ha sido  fácil mantenerlos de alta”.

Dicen quienes lo conocen que el mecánico suele entablar una suerte de combate  con las máquinas. O ellas o él. Y a veces remedia las roturas al momento, otras se  siente vencido, derrotado en  el camino de cómo lo resolverá, hasta que encuentra la  solución y de nuevo, al día siguiente, a la semana o al mes,  cuando menos lo espera, sube  al ring del desafío.

Ese espíritu lo ha impregnado un grupo de jóvenes que  encuentra en los 54 años de  trabajo de Benancio la inspiración que los llevó a innovar,  camino que recorren desde la  sabiduría del mecánico que  les muestra el rumbo de lo  posible.

Justo por eso decidieron que estaban en condiciones de reparar ellos mismos una parte tan esencial de la producción como el troquel, pieza que conforma la galleta, la  moldea, la deja lista para ir al  horno.

“Sin equipo no hay producción. Así que por la urgencia de devolverlo al servicio y de ahorrar tiempo y dinero, arreglamos lo que antes enviábamos a la provincia  de Camagüey, y que significaba erogar 16 mil 720 pe- sos”, destaca Yosvany Rivero González, jefe de almacén, quien compartió la autoría del trabajo con Alexis Falcón Hernández, Lionel Valido y el propio  Benancio.

A pesar de los inconvenientes tecnológicos, Rivero  González pondera el enorme  ánimo para lograr las 2 mil  661 toneladas de este año,  saldo que  desean conseguir  como saludo a la Primera  Conferencia del Sindicato  Nacional de Trabajadores de  la Alimentaria y la Pesca, la  relevante cita que tendrá lugar en el mes de octubre, en  La Habana, y a la que él asistirá como delegado.

La producción gusta pero no alcanza

Según Secades Muñiz, la producción de 4,2 toneladas diarias se duplicaría si pudieran  poner a funcionar un segundo  horno listo para operar, una  opción que ampliaría capacidad y se acercarían a la demanda potencial, con el valor añadido, afirma, de crear  fuentes de empleo.

“Hoy estamos al tope de los equipos que funcionan y enfocamos las acciones en el aprovechamiento ciento por ciento de la materia prima. Sabemos que en su uso, calidad y cómo la transforman  los empleados quedan nichos  de reservas por explotar”,  sostiene Rivero González.

“Muy buenos dividendos rinde el comité de calidad, encargado del respeto de las normas. Exigimos por un proceso óptimo desde las mezclas, pasando por el cocinado,  la selección,  el envasado y el  sellado, para evitar devoluciones y pérdidas económicas.  Y algo importante, los trabajadores saben cuánto se afecta la producción, la eficiencia  y el salario si los recursos cogen el camino de lo ilegal”.

Aclara que aunque el traslado es una fase que corresponde a los organismos  que las compran, les preocupa que las galletas no lleguen  al destino final cuando salen  de la fábrica. “Nos culpan si  están partidas, pero eso se  relaciona con la manipulación que realizan los propios  clientes, que las lanzan al camión sin el debido cuidado”.

Taller adentro

Isis Llano se sacude el sudor de su frente antes de calificar de agotador el llenado manual e unas  2 mil o 4 mil y pico de bolsas, en dependencia del tipo de producción. Cerca de ella, Yanet Rodríguez asiente con la cabeza. Aparta la  mano de  la selladora para  enseñarme el hombro derecho. “Siempre estoy con bursitis. Llego muerta a la casa.  En cada paquete debo hacer  una fuerza hacia abajo para  cerrarlos. Imagínate, por aquí  pasan cientos…”

Al hornero Jesús Tellado, con 49 años de servicios, y al joven Gabriel Reyes Mesa los unen la entrega, una característica común entre los 83  trabajadores de la Yumurí,  se regocija  Yasmín Castillo  Santos, secretaria de la sección  sindical.

Igualmente, considera que esa postura no se premia con rápidas respuestas a los asuntos que agobian a los trabajadores. La mala calidad  del calzado y de los guantes,  salarios bajos, figuran entre   los planteamientos reiterados  en las asambleas de afiliados. “No hemos tenido solución a esos problemas, como  tampoco a la necesidad de  que se estudie el aumento  del gramaje de la comida que  sirven en el comedor. Es muy  poco para compensar la cantidad de calorías que se “queman” en un taller donde son  altísimas las temperaturas a las que se exponen horneros y otros operarios”.

En cambio, afirma sonriente, el sindicato seguirá  reclamando soluciones a lo  que nos preocupa, sin descuidar la misión de responder  con el encargo de producir un  alimento que gusta tanto a los matanceros.

“Y lo haremos”, se enorgullece Rivero González,  evitando que las máquinas  se detengan. “Una disposición que se forjó aquí cuando  Ernesto Che Guevara visitó  esta industria, y nos dejó,  para toda la vida, el pensamiento de no dejar morir la  fábrica”.




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