Con la puesta en escena de Los dos príncipes, la compañía de Rubén Darío Salazar conmovió a los espirituanos.
En el deguste del público espirituano aún resuenan las sonoridades caribeñas de Cuento de amor en un barrio barroco, un colorido espectáculo con la intervención del popular músico cubano William Vivanco, que se inserta dentro del repertorio más reciente de Teatro de Las Estaciones, liderado por Rubén Darío Salazar, y con el cual el colectivo visitó por última vez nuestro terruño. A poco más de un año, el grupo matancero vuelve a la carga en las tablas del Teatro Principal con su nueva producción teatral Los dos príncipes, una versión de la dramaturga y actriz María Laura Germán sobre el poema homónimo de José Martí.
Desde su soberbio concepto de puesta en escena de Los zapaticos de rosa (2007), Las Estaciones no recurrían a Martí. Salazar se tomó casi diez años para volver a las baladas martianas, ahora motivado por el hallazgo en alguno de sus archivos de un empolvado guión para teatro de sombras, a manos del dramaturgo y actor titiritero Pepe Carril, escrito para el Guiñol Nacional de Cuba.
El binomio Germán/Salazar se enamoró tanto de la idea de Carril, como del poema del Apóstol sobre el original de la poetisa norteamericana Helen Hunt Jackson. Asimismo, del reto que significaba explorar una estética tan riesgosa y poco asidua en la escena nacional como el teatro de sombras. Pero el verdadero reto de la autora fue levantar un texto que recreara espontáneamente una fábula antecedente a la que cuenta el poema sin perder ganancia en resguardar valores como la amistad y la quimérica búsqueda de la felicidad. Debió, además, ser cuidadosa al poner en tela de juicio del espectador más heterogéneo temas tabúes tan vetustos como las diferencias en las clases sociales, a partir de su visión particular de la historia que intenta contar.
El director nos sitúa con certeza en un diálogo epocal, en tiempos de reyes, príncipes, castillos y pastores, y espectadores actuales ávidos de extrapolarse en el tiempo, al menos por unos instantes, y vivir la ficción que el teatro favorece.
La música original compuesta para la obra por el maestro Reynaldo Montalvo, con apoyaturas en temas clásicos y sonoridades barrocas, representa uno de los atractivos en Los dos príncipes, si tenemos en cuenta el contexto medieval, los reyes, los castillos, los pastores que sirven a palacio y el ropaje, exquisitamente diseñado por Zenén Calero.
Las Estaciones, con belleza y buen gusto, se lanzan a hablarles de la muerte a los niños tal y como el propio Martí lo hiciera en su publicación en La Edad de Oro. ¿No era esta una publicación para niñas y niños? El quid estaba en cómo contarles a ellos una historia en la que brotaba la alegría en la sucesión de las escenas, bien trazadas por el director, que comienza con el nacimiento paralelo del infante del Rey y el hijo del Pastor.
Con un preciso gesto de los actores-titiriteros y la fresca inserción de las sombras dentro de una dramaturgia espectacular en la que el elenco hace alarde de sus posibilidades interpretativas no nos queda más que disfrutar de una tierna ficción. El manejo del espacio escénico, la verosimilitud de las acciones, el decir de los actores y su relación con lo que ocurre en la trama tiene como efecto inmediato el esclarecimiento de la fábula, que nos conduce ingeniosamente a una lógica ineludible: el ciclo de la vida es nacer y morir.
El tratamiento de las simbologías, de elementos y soluciones francamente surrealistas marcadas dentro de la ficción brinda la posibilidad de que ciertos espectadores aprecien la muerte espiritual de estos dos príncipes más que una expiración física. Esta es una muestra de que no debemos limitar ni subestimar a los pequeños.
Con una concepción de acuerdo con las posibilidades escénicas del teatro de sombras, Rubén Darío Salazar se sale de las taxonomías conceptuales de esta modalidad y construye para el niño actual una atractiva puesta. Combina esos referentes foráneos que nos llegan intermitentemente para hablarnos de dos príncipes en busca de una quimera, de la supuesta felicidad sin importar las diferencias generacionales. Salazar, María Laura y Las Estaciones asumen el reto y salen airosos.
Los dos príncipes es, en definitiva, una obra para que niñas y niños alimenten su gusto estético con productos artísticos al nivel de Las Estaciones y se encanten con la atmósfera del teatro.
En esta estación del diálogo el tema de la muerte tratado en la obra, con su génesis en el criterio martiano, funciona como un dispositivo alentador y, paradójicamente, un bálsamo para el alma, porque nos pone a platicar análogamente desde épocas medievales con la conciencia. Dispositivo que en los momentos finales de la representación, con un lenguaje bello y no menos triste, vertebra la escena como un réquiem —atentos padres y madres— posiblemente evitable en la actualidad.
(Por Roger Fariña Montano, periódico Escambray, de Sancti Spíritus)






















