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Monday 21 October 2019
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Mártires matanceros del Moncada: Gerardo Álvarez Álvarez

x260px-Gerardo_Antonio_,PC3,P81lvarez.jpg.pagespeed.ic.h_j2-qqgjBGerardo Álvarez Álvarez había nacido en San José de los Ramos, en el municipio matancero de Colón, el 12 de agosto de 1925, en una pequeña finca nombrada Santa Leonila, propiedad de su padre, donde desde niño aprendió a realizar las labores agrícolas. Debido a la tiranía del presidente Fulgencio Batista contra el pueblo cubano, decide enrolarse en el Movimiento 26 de Julio.

La noche antes del 26 de julio, arriba a la granjita Siboney. El viaje lo hizo en automóvil desde el parque capitalino Los Leones, en compañía de Manuel Ameijeiras Delgado, Osvaldo Socarrás Martínez, Roberto Maderos y el también matancero, Félix Rivero Vasallo. Aquella mañana de la Santa Ana les tocó proteger con su armamento de bajo calibre la entrada del hospital Saturnino Lora.

La entidad hospitalaria fue ocupada por un grupo al mando de Abel Santamaría, entre los que también se encontraban el doctor Mario Muñoz, del municipio matancero de Colón; Haydée Santamaría; Melba Hernández y Gerardo Álvarez, quienes respondían al nutrido fuego de las ametralladoras calibre 50 del enemigo, parapetado en el edificio situado frente al hospital.

El fuego del cuartel Moncada se concentró entonces en el centro hospitalario y allí el mensajero Fernando Chenard cayó abatido por el camino, en el momento en el que Gerardo resultó herido en el abdomen. Mientras aquello ocurría, el valiente combatiente recordaba  los días de lucha contra la corrupción de los auténticos, como miembro de la Juventud Ortodoxa y su amistad con el líder Eduardo Chivás, el joven abogado Fidel Castro Ruz, Gerardo Abreu y Roberto Mederos.

Gerardo tuvo tiempo de tomar un recetario médico y con pulso inseguro escribió unas líneas a su madre Antoñica. En la nota le decía: “Ya suenan los tiros en mis oídos, si no te vuelvo a ver vieja, perdóname, lo que estamos haciendo, otros lo hicieron antes por nosotros, no podemos soportar seguir siendo gobernados por un tirano. No puedo más, dale un beso a mi hija, te quiere tu hijo Gerardo.”

Una cobarde delación propició la captura de los heridos por la soldadesca, quienes con ofensas los condujeron hasta el cuartel, donde fueron torturados y luego fueron ultimados a balazos en el campo de tiro. Estos mártires se recuerdan en matutinos especiales en colectivos laborales.




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