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Monday 21 October 2019
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Crónicas de la emigración: La química del suelo (V)

big_jupiter-images_woman-with-cleaning-supplies_s4x3Restriega el suelo con fortaleza. Casi son imperceptibles los movimientos de sus manos. Denota cansancio, pero un cansancio vacío, quizás, me atrevo a decir, espiritual.

Aunque la loza está lo suficientemente limpia para satisfacer los gustos más excelsos no se detiene. Justo en el momento exacto en que su cuerpo se quiebra Elena saca de sus adentros una fuerza sobrehumana y termina la limpieza.

Es una mujer bella, exótica para esos lares, pero su beldad se esconde en la descuidada apariencia. Toma la vajilla hasta dejarla en un estado inerte de pulcritud.

No siempre fue así. Si su madre la viera trabajando “como una mula” rompería en llanto. Una gota de sudor la devuelve a la realidad. Escucha atentamente a los comensales, en busca de algún conocido. Sin embargo, se pierden muchos valores cuando se  emigra de Cuba.

En Ecuador le abrió las puertas de su casa, increíblemente, una desconocida llamada Doña Teresa. Una señora católica, a la que la unía a la Isla la gratitud de ver a su única nieta llevar bata blanca.

Recuerda las palabras favoritas de su profe de Filosofía: “Patria es humanidad”.

 Si Elena debe doblar turno lo hará. Aquí no se puede dar el lujo de inventar una excusa, ni mucho menos enfermarse. Reúne descomunalmente sus fuerzas y el dinero para que su esposo pueda salir o ella pueda regresar.

Hace uso de su prolífera imaginación y cuando está al teléfono inventa cuentos de hadas.

-Mima estoy bien y la niña se adaptó al clima. ¿El trabajo?… Hago justo lo que soñé.

Al menos la última vez se creyeron la payasada. Elena no sabe si pueda amaestrar las lágrimas para siempre.

Toma las bolsas de basura y las lleva al latón. Si tan siquiera pudiera fumarse un cigarro sería feliz. A diario la piropean desde la acera del frente. Y un día se le acercaron para proponerle vender su cuerpo. ¡Jamás! Grita con los ojos, ella es una mujer que no escoge caminos fáciles.

Toma el cubo y rompe el agua contra los cristales. Al menos sus labores le sirven de terapia. Los objetos se desvanecen de tanto restregar. Es medianoche y arrastra los pies por la avenida. Llega a la casa y alcanza  solo a besar la frente de su pequeña.

Se desploma en la cama y sonríe entre sueños. Está en su barrio, abraza a su mamá, dialoga con las colegas. Se toma un buchito de café y acomoda un cuadro, solo alcanza a leerElena Fernández García, Ingeniera Química”.

Quiere llorar, pero suena el despertador y tiene que ir a trabajar.




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