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Wednesday 13 November 2019
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La batalla de su vida (+audio)

No rebasa los 3 pies sobre el suelo. Tiene los ojos color miel y tan dulces como su propia mirada. Es de cabellos castaños y de piel clara, de diminutas extremidades y de asombrosa inteligencia.

Con sus escasos tres, porque son únicamente esos los años que tiene, es capaz de impresionar a todo el que lo conoce por la agudeza y perspicacia de sus comentarios.

Y aunque esta historia bien pudiera haberse estrenado muchísimo tiempo atrás, el paso del tiempo le sopló la dicha y la certeza de la esperanza materializada en realidad, de aquella agitada incertidumbre convertida, ahora, en absoluta tranquilidad.

Fue hace cerca de 18 meses cuando los amaneceres devinieron interminables noches en la vida del pequeño Alberto Miguel Pontigo González.

Todo empezó por una apendicectomía o extirpación del apéndice con gran parte del tejido necrosado. Sin embargo, y a pesar de la actuación protocolar establecida para este tipo de cirugías, continuó la distensión abdominal alarmante durante las próximas horas. Es por eso que cuatro días después de la operación inicial es traslado de vuelta al quirófano para ponerle fin a la obstrucción intestinal provocada por la peritonitis que secundó a la apendicitis.

Luego pasaría uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… siete días en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Infantil Eliseo Noel Caamaño de la ciudad de Matanzas, donde solo el amor de una hornada de hombres y mujeres que se hacen vestir con blancas batas fueron capaces de minimizar la evolución lenta o tórpida, en términos clínicos,  que hubo de pasar.

Los nombres de Abel, Sandra, Víctor, David, Isrrael, Jose, Ofelia, Jorge, Yadira, Yanet y obviamente el de Hildalina no los puede recordar, pues por fortuna de aquel incidente no conserva pasaje alguno en su joven memoria, solamente una cicatriz que se volverá más chica y menos visible cuanto le crezca la pancita.

Pero su mamá algún día se encargará de argumentarle sobre el origen de esa marca que jamás desaparecerá de su piel, ni de la memoria de su madre.

Albertico, es cierto, no tiene al menos hasta hoy una gran estatura si se quiere medir de los pies a la cabeza. Pero muy imprecisos pudiéramos llegar a ser  si tratáramos de calcular la dimensión de este valiente y pequeño príncipe que pudo ganar la batalla de su vida cuando apenas comenzaba.




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