Cuatro formas de gritar PATRIA

José Jacinto, Haydée, Rita y Ernesto se encuentran. Comparten dolores, ausencias, pasados, obsesiones. Milanés, Santamaría, Montaner y Lecuona giran, se contorsionan, danzan, saltan, la luz les da en el rostro, los sigue. Crean monólogos, conversan entre sí, conversan con nosotros que estamos en pleno escenario, tan cerca, que podemos tocarlos, sentirlos respirar.

El espectáculo de teatro coreográfico Cuatro, ganador de la beca de creación Santa Camila de La Habana Vieja, que otorga la Uneac de Matanzas, se presentó el sábado 28 de enero en el teatro La Caridad. Las Estaciones, en colaboración con el joven coreógrafo y actor Yadiel Durán, rinden homenaje, mediante la danza y el teatro, a José Jacinto Milanés, Ernesto Lecuona, Rita Montaner y Haydée Santamaría.

Esbozos, retazos de sus vidas, van aflorando a medida que avanza la puesta en escena, tan orgánica y, a ratos, iconoclasta, que puede darse el lujo de prescindir, en esencia, de toda escenografía, salvo la luz, que se convierte en otro personaje, en tanto densifica cada mirada, cada gesto, cada movimiento escénico, pues la danza le imprime a la obra un ritmo frenético, desasosegado, que se aviene muy bien con ese sentimiento de PÉRDIDA que gravita sobre cada uno de ellos.

La convergencia de estos cuatro grandes de la cultura cubana tensan una ruta de extrañas resonancias. Rita Montaner conversa con José Jacinto Milanés, Ernesto Lecuona sostiene a Haydée Santamaría. Se miran, se preguntan, se revelan su dolor más íntimo, más profundo, más humano, más terreno. Los giros dramáticos, la banda sonora, la luz, aquello que “cargan” –que avizoramos real, palpable: una maleta, una mochila, una carpeta y que se transfigura en metáfora, cuando percibimos el cierre de la obra, el libro de José Jacinto, la partitura de Lecuona, la bandera de Haydée, el micrófono de Rita, metáfora de cuanto han perdido, de cuanto han amado-, van creando una atmosfera enfebrecida, dialógica, que culmina con ese túmulo –partitura, bandera, micrófono, libro-, que mucho me hizo recordar el cubanisimo altar de Diego, en Fresa y chocolate.

Rita Montaner busca su voz y no la encuentra. Ernesto Lecuona busca la partitura de la ópera El sombrero de yarey y no la encuentra. José Jacinto Milanés busca a su amada y tal vez un poco de cordura, y no los encuentra. Haydée busca a Boris Luis Santa Coloma, grita el nombre de Abel y no los encuentra. De todos estos desencuentros, de todas estas ausencias, se nutre su memoria y también la nuestra, en un país donde Rita Montaner siempre será la única; José Jacinto Milanés siempre estará recitando sus versos en la ribera del río Yumurí; Ernesto Lecuona siempre estará interpretando La comparsa y Haydée Santamaría siempre estará entrando y saliendo  de la Casa de Las Américas, con los nombres de Abel y Boris en su alma.

Una sed queda latiendo cuando el escenario se apaga: queremos volver sobre el rastro de José Jacinto, Haydée, Rita, Ernesto. Nos queda su cercanía, su vibrante voz: inalterable, tersa, traspasando el tiempo.

(Por Geovannys Manso. Tomado del boletín Mejunje Teatral No 3., Año 2. Segunda época. Santa Clara. Foto: Sonia Almaguer)

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