Entre la ternura y la pólvora

Almeida en la Sierra Maestra. Foto: Archivo

Almeida en la Sierra Maestra. Foto: Archivo

Cada vez que leo la frase de Ernesto Che Guevara donde afirma «que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor» y «es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad», no puedo dejar de pensar, entre otros tantos hombres y mujeres que han ensanchado los caminos de la Patria, en Juan Almeida Bosque.

Ahí va el joven que vio en Fidel al guía capaz de dar un vuelco a la situación asfixiante de una república mutilada. Negro, pobre, en medio de una sociedad donde se medía a los seres humanos por el implacable rasero de la posesión o no de riquezas —mientras menos tienes, menos vales— y se discriminaba por el color de la piel, fue la suya en los inicios una toma de conciencia a partir de sus propias vivencias, compartidas junto a otro joven del barrio, negro también y compañero de duras labores en la construcción, Armando Mestre.

Aquellas razones fueron más que suficientes para combatir el 26 de julio de 1953 en el asalto al cuartel Moncada. Armado de un fusil calibre 22, el combatiente se batió en la segunda fortaleza militar de la isla y cayó prisionero.

En el juicio a los asaltantes, no claudicó cuando le conminaron a arrepentirse de la acción: “No señor —dijo al juez—, si tuviera que volver a hacerlo, lo haría; no le quepa la menor duda a este tribunal”.

Fue a parar al Presidio Modelo, de Isla de Pinos, sancionado a diez años de cárcel. Cuando su padre, Juanito, lo visitó allí, contó al colega Luis Báez un testimonio elocuente de la impresión que le causó ver al hijo: “Estaba un poco más flaco que lo que era. Eso sí, fuerte por fuera y por dentro. En aquellos más de tres meses sin verlo se había vuelto un gigante.

Nunca se lo he dicho, porque no lo permitiría y se pondría muy bravo conmigo. Pero a usted sí se lo digo, aunque después no lo escriba. Al encontrarlo esa primera vez en Isla de Pinos, pensé en Antonio Maceo”.

Una foto muestra a Almeida el día de la salida del Presidio Modelo. A su izquierda, Fidel; a la diestra, Raúl. Sonríen con un brazo en alto, como si anticiparan la victoria.

Esta continuó fraguándose en el exilio mexicano, en los preparativos de la expedición del Granma. “Cuando el Granma desembarcó —contó muchos años después Charo, la madre del héroe—, supimos que Macho (así le llamaban en el seno familiar) había venido a pelear. Nadie nos lo dijo, pero se caía de la mata. Si, como se decía, Fidel estaba alzado en las lomas, mi hijo estaba con él. Una madre no se equivoca. Si mi hijo había cogido la línea del Moncada, nunca más la iba a dejar. Yo no creía en las noticias. Batista dijo primero que todos habían muerto. Es verdad que asesinaron a muchos, pero no a todos. La bola que regó Batista quería llevarle a los cubanos la idea de que el hombre fuerte seguía siendo él”.

Almeida narró en su libro Atención!, Recuento!, las primeras horas tras el desembarco; el fatídico episodio de Alegría de Pío.

Miro a un lado y encuentro a Che herido en el cuello. Está sentado, recostado a un árbol de tronco fino. Junto a él, su fusil, una mochila grande con los medicamentos e instrumental médico y una caja metálica de balas. Me tercio el fusil en bandolera, saco la pistola-ametralladora, le pongo el culatín y comienzo a disparar hacia el lugar donde veo cómo se mueven los guardias de la tiranía y desde el cual nos tiran.

Uno de ellos grita:

¡Ríndanse! ¡Ríndanse!a lo que respondo:

iAquí no se rinde nadie, cojones!

Y disparo en la misma dirección de donde sale la voz, un rafagazo primero, tiro a tiro después. En respuesta concentran el fuego hacia donde nos encontramos, me tengo que tirar al suelo. Se escuchan también explosiones de granadas, parece que las tiran de muy lejos, pues nada más se escucha la explosión. Cuando amaina el fuego, les digo a los que se encuentran allí:

—iVamos!

Prosa pulcra y dura de quien contiene en el recuerdo la emoción que no cesa de latir en la memoria. De ese Almeida cronista excepcional de su época hablaremos más adelante. De momento sigámoslo por los atajos y los firmes serranos.

Una bala le da en el pecho durante el combate de El Uvero y por suerte una cuchara en el bolsillo de la camisa aminora lo que parecían un impacto fatal. Al lado de Fidel se curte en la lucha y demuestra dotes de liderazgo que el Jefe de la Revolución reconoce al ascenderlo el 27 de febrero de 1958 al grado de Comandante del Ejército Rebelde —junto a Raúl Castro, hermano— y encomendarle la responsabilidad de la Columna 3 y la fundación del Tercer Frente Oriental Mario Muñoz el 6 de marzo en un territorio que se extendió desde la vecindad de Bayamo, incluyendo Guisa, Jiguaní, Baire, Contramaestre, Palma Soriano, El Cobre, Melgarejo, el sur de San Luis, El Cristo, El Caney y Loma del Gato, hasta llegar a rodear Santiago de Cuba.

Lo vemos celebrar el triunfo de enero de 1959, entrar con Fidel a La Habana, reencontrar a la familia en el barrio de Poey. No habrá en lo adelante ni un momento de reposo. Al tránsito de la vida insurreccional a la construcción de las Fuerzas Armadas Revolucionarias dedicó inteligencia, tesón y talento, bajo los principios de la más absoluta lealtad al liderazgo de Fidel y Raúl y el mandato emanado de la voluntad popular. Responsabilidades políticas y militares se suceden hasta el último aliento. De la habanera Managua a Santiago, de Santa Clara a La Habana, de la creación el 9 de enero de 1959 del Regimiento 26 de Julio y el Batallón Blindado para la defensa de la capital del país al desempeño como miembro del Buró Político del Comité Central del Partido, vicepresidente del Consejo de Estado, diputado al Parlamento y presidente fundador de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana.

Pero el poeta, antes y después de las batallas, sale una y otra vez. El joven que en los días de convivencia familiar en la humilde casa habanera copiaba en una libreta versos de amor hasta que escribió los suyos, y aprendió boleros y canciones hasta concebir sus propios boleros y canciones, halló siempre espacio para entregar arte y memoria a los demás.

A la muchacha mexicana que tanto lo impresionó en los días previos a la partida del Granma dedicó La Lupe, y ya se sabe lo que pasó: con los años la canción se convirtió en un clásico. Fue aquella una entre cientos de obras musicales, entre las que también llaman la atención partituras instrumentales.

En 1986 la destacada musicóloga María Teresa Linares afirmó: “Si nos propusiéramos enmarcar la obra de Juan Almeida, tendríamos que señalar entre sus valores, sus aportes a la cancionística cubana; pero si quisiéramos formular un juicio sobre su permanencia en lo que será la historia de la música cubana, su presencia en el tiempo, Dame un traguito y La Lupe contienen los elementos de cubanía y de popularidad suficientes para que las generaciones del 2000 recuerden a aquel guerrillero, uno de los mejores capitanes que hizo tan buena música insertado en su cultura”.

Almeida legó a la memorialística revolucionaria títulos imprescindibles, como la trilogía Presidio, Exilio y Desembarco, que prolongó luego con La Sierra Maestra y más allá, Por las faldas del Turquino y La única ciudadana. Sus inquietudes literarias lo llevaron, además, a reflejar la lucha del pueblo saharaui en Algo nuevo en el desierto y valorar la impronta del líder del Ejército Libertador en El General en Jefe Máximo Gómez.

En 1985 concursó, como un autor más, en el Premio Casa de las Américas y obtuvo el codiciado galardón en la categoría de Testimonio con la obra Contra el agua y el viento,   que evoca la épica batalla de 1963 contra los embates del huracán Flora. Frei Betto, quien era miembro del jurado, expresó al dar a conocer el veredicto: “Contra el agua y el viento, de Juan Almeida Bosque, refleja de manera vivaz y sobria, en un estilo claro y correcto, el heroísmo, la comunión solidaria que se manifestaron en el pueblo cubano y sus dirigentes revolucionarios al enfrentar la agresión ecológica representada por el huracán Flora (…) La actitud de Juan Almeida Bosque, al concurrir con su obra a este concurso, al ponerse en la cola con total humildad en medio de los demás participantes, no solo lo honra, sino que es también un honor para este jurado, para este concurso, para la Casa de las Américas”.

Al prologar la edición de aquel testimonio, el poeta Roberto Fernández Retamar formuló un juicio que resume la articulación entre la vida y la obra de Almeida: “Feliz Revolución la que tiene héroes con música en el alma y palabras para conservar y transmitir los combates, los esfuerzos y los sueños”.

Tomado del periódico Granma



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