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Sunday 20 October 2019
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Vivir la historia escrita en piedra, bloque o cantería

Los pasos de los hombres se extravían inevitablemente ante la estampida agitada de los años, las imágenes fotográficas y las letras impresas en los libros se confunden con el amarillento color de los recuerdos antiguos, las grabaciones resultan expresiones fieles del pasado hasta que el indetenible tiempo transforma las voces en indescifrables sonidos; ni siquiera las nuevas tecnologías de la información se salvan ante la sacudida del dios Cronos.

Para desentrañar la idiosincrasia de un país, buscar en ella los ingredientes que matizan su identidad cultural y social, debemos primero intentar comprender su arquitectura, el espacio físico en el que se desarrolla.

Si habláramos en términos científicos podríamos decir que un monumento es toda obra de justificado valor artístico, histórico, natural o social. Pero buscamos, más que los encumbrados términos de la lengua, el pedazo de vida que late dentro de cada uno de estos espacios, instituidos imprescindibles sitios de encuentro con el ayer.

“Son las trazas de la vida del hombre en la naturaleza, en las ciudades; el recuerdo de sus acciones, su inteligencia. Es la obra que realizan los arquitectos y constructores con el fin de perpetuar un estilo. Pueden considerarse la expresión sofisticada del pensamiento humano, realizada en piedra, bloque o cantería. Reflejan también sus quehaceres culturales, de su vida en general”, valoró Leonel Pérez Orozco, Conservador de la Ciudad de Matanzas.

La memoria de los pueblos no solo reposa en los libros de historia o en investigaciones sobre sus costumbres y raíces culturales. Ni siquiera en la fría humedad de una sala de biblioteca.

Resulta más enriquecedor “beber” los antecedentes de un presente cada minuto más próximo al pasado, en lugares que resaltan ante la mirada de algún amante de la arquitectura, muchos de ellos devenidos monumentos, agregó el también historiador, espeleólogo y profesor.

“Sin los monumentos estaríamos apócrifos, huérfanos, sin raíces. Cada pueblo que mantiene y ensalza sus sitios históricos, se respeta a sí mismo y a su devenir cultural. Cuando rescatamos un monumento conservamos la memoria de sus raíces para el futuro, para las generaciones que no vivieron ese momento y desde ahí siempre lo recordarán mirando una estatua, un edificio y en ellos reconocerá un sitio de encuentro con sus padres. ”

Tarde o temprano todo lo físico que conocemos expirará. Lo único que quedará de su existencia será lo que podamos salvar de las penumbras del olvido. De una manera especial reflejan las características de su gente. Los monumentos y sitios históricos, como las personas, resguardan memorias que perviven mientras pasan los años.

Fieles testigos de la evolución de tendencias estéticas y estilos arquitectónicos, abren una página al pasado, al pretérito acontecer de la vida de nuestros abuelos.




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