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Sunday 20 October 2019
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“El mayor reto que tiene la universidad es el reto que tiene el país”

Para Harold García Castro, fundador de la Universidad de Matanzas, su labor profesional no tiene trascendencia alguna. Carece de los premios, títulos y reconocimientos que, por lo general, abundan en las trayectorias de sus homólogos.  No obstante, su contribución diaria y comprometida, sin otra aspiración que el deber cumplido,  ha sido determinante para el desarrollo de la casa de altos estudios.

Sus inicios como ingeniero agrónomo coinciden con el nacimiento de la enseñanza superior en el territorio, de modo que los tropiezos, avances y replanteamientos propios del aprendizaje se manifestaron simultáneamente en el joven profesional y en la escuela con aspiraciones de academia.

“Comencé a trabajar en 1973 con 27 años, hoy tengo un “poquito” más, 71, en la facultad de Ciencias Agrónomas que radicaba en la Quinta de los Molinos, en La Habana como profesor de Filosofía Marxista-leninista y Economía Política, imagínate nada que ver con lo que estudié. Asumí la labor porque fue una misión de la Unión de Jóvenes Comunistas.

“Un tiempo después, el decano de la facultad Severo Aguirre del Cristo, me pidió que, como matancero, inaugurara aquí la delegación de la especialidad. Antes de mí estuvo Isabel González, pero ella tenía niños pequeños y se vio limitada. Desempeñé esa función hasta 1976, cuando se funda el Ministerio de Educación Superior y la delegación se convierte en facultad, los delegados en decanos y la filial en centro universitario.

“Desde hacía un tiempo ya radicábamos en estas instalaciones, pues Raúl Castro, a propósito de la experiencia del Poder Popular, impartió una conferencia en Matanzas, en ese contexto surge la idea de entregar los edificios a la escuela, pues teníamos solo una casa en la Calle del Medio, sucursales en el politécnico Álvaro Reynoso que albergaba el perfil agropecuario, en la zona industrial se desarrollaban las carreras técnicas, ya no cabíamos.

“Raúl acepta el cambio, con la condición de construir un inmueble para la Escuela Militar “Camilo Cienfuegos”, se hizo la edificación y enseguida nos trasladamos para acá. Durante unos años convivimos con los militares.

“Fui decano hasta el ´78 porque decidí que debía superarme, casi no tenía experiencia y desempeñaba un cargo altamente exigente. Una vez liberado, hice un doctorado en el Instituto de Ciencia Animal. Regresé antes de terminar el postgrado y estuve como secretario del Buró Sindical durante dos mandatos”.

Su trayectoria laboral está marcada por la disposición para asumir las tareas más complejas:

“En 1986, una vez graduado, se presentó la necesidad de cumplir una misión internacionalista en África, en la República Popular del Congo. Me preparé en la lengua francesa para impartir las clases y me fui por espacio de dos años.

“Cuando concluyo la misión y retorno a la universidad, ya las condiciones se configuraban de otra manera. La Unión Soviética y el Campo Socialista entraban en crisis, se incumplían los planes de desarrollo en Cuba, por lo que fundé una unidad docente en la Empresa Genética.

 “En los ´90 se produjo la explosión: el Período Especial. El centro se vio ante la disyuntiva: producía sus propios alimentos o cerraba sus puertas. Como es lógico, le correspondía a mi facultad la tarea. Teníamos una finca en la carretera hacia el poblado de Ceiba Mocha con fines académicos, pero a partir de ese momento fue la producción su principal objetivo, se construyó una cochiquera y se creó un organopónico para obtener hortalizas, me colocaron al frente del Programa Agroindustrial y así fue que sorteamos los obstáculos”.

Una vez superada la crisis, Harold fue trasladado al área de Relaciones Internacionales para la captación de divisas y posteriormente atendió el ingreso de extranjeros, ocupación que el ingeniero asumió con la disposición que lo caracteriza.

Ni profesor, ni internacionalista, ni diplomático, Harold se define como un ordeñador de vacas y un criador de cerdos, sin embargo otorga poca importancia al sacrificio de la vocación:

“Yo nunca sentí trauma por eso, mi misión siempre fue hacer lo que me pidiera la Revolución y le voy a decir por qué: mi padre fue un campesino pobre, soy el más pequeño de cinco hermanos, vivíamos en una casita de techo de guano, paredes de madera, piso de tierra en  el medio del monte. En mi infancia nunca vi la corriente eléctrica. Yo no tenía proyecto de vida, ni posibilidades, todo lo que soy es por la Revolución”.

El veterano pedagogo, a la luz del presente, reinterpreta el rol de la institución académica para la sociedad:

“El mayor reto de la universidad es el reto que tiene el país. Es un momento complicado, de transición. Tenemos la llamada  pirámide invertida, fenómeno que se traduce no solo en lo económico, sino en lo político, en lo ideológico y que golpea la legitimidad de los estudios superiores en Cuba.

“La universidad debe marchar a la par de esos cambios, tiene muchos logros, pero también insuficiencias. Muchos buenos profesionales, con experiencia  han abandonado este centro para trabajar en otros países o en funciones mejor remunerados. Creo que debe profundizarse en el compromiso y el sentido de pertenencia, a la par que del rigor profesional”.

Luego de más de 4 décadas de trabajo y entrega, Harold resume toda una existencia en breves palabras:

“Para mí la universidad significa la vida. Tengo familiares muy especiales: uno de mis cuatro hijos es autista, tiene ya 26 años, eso me ha impactado tremendamente. Me he subordinado siempre al trabajo y a la familia, sin remordimientos, ni traumas. Tal es así que ya jubilado, estoy aquí”.




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