
Sería la primera institución museística cubana que declare la totalidad de su bienes documentales con tal condición.
Marcia Brito es de las pocas matanceras con el privilegio de haber vivido una buena parte de su vida en un ambiente que inobjetablemente destila finales del siglo XIX y, para mayor curiosidad, rodeada de objetos invaluables.
Como de alguna forma le han nombrado albacea de la familia Triolet, o al menos así se comenta; no es de extrañar que le asista valor suficiente como para encarar la desidia; paciencia religiosa para consagrar restauraciones imposibles y laboriosidad a toda prueba, como para demostrar una y otra vez, que ese espacio detenido en el tiempo no ha sido justamente reverenciado.
Resuelta ahora, se decide a propinar la “estocada” a fondo. “Ahora o nunca”, comenta y su rostro dibuja una sonrisa de satisfacción.
En garde
A Marcia, la vida le ha enseñado a ripostar proposiciones indecorosas, de esas que agolpan sangre en las sienes, nublan la visión; y desatan la ira más profunda y visceral. Sin embargo, hace acopio de tranquilidad y responde con precisión de esgrimista, con un toque que denota elegancia y cultura, respeto por lo que ella representa y naturalmente, pesadumbre ante la miseria humana.
Ella nunca olvidará la tarde calurosa cuando apenas recién graduada de Licenciatura en Botánica, le invitasen a traspasar las puertas de olorosa madera que guardaban un enigmático herbolario. Sospecho que le embriagasen las esencias allí conservadas, unas conocidas, otras exóticas y hasta quizás enamoradizas, para que obrase el milagro.
Pret
“Si, ya concluimos el expediente para proponer a la UNESCO que el Museo Farmacéutico de Matanzas posee suficientes atributos para que al menos, su fondo documental aspire a Patrimonio Mundial y más aún puesto que se trata de la única farmacia francesa de finales del siglo XIX que se conserva en el mundo”. Narra Marcia Brito, directora de la institución cultural que exhibe la condición de sitio Monumento Nacional.
En medio del ambiente excepcional del patio interior, Marcia se arrellana en una silla y mientras detengo la mirada en los tres alambiques de cobre y maquinarias para tamizar y obtener aceites esenciales, retoma la conversación.
“Se trata de poco más de un millón y medio de recetas de productos de la farmacopea española, francesa, norteamericana y de la cubana que reposan en gruesos volúmenes que atesoramos”.
“Pero tenemos más, puesto que conservamos los libros de recetas de la farmacia anterior a la que fundara Triolet en 1882, también de su red de boticas en Cárdenas y de sus inicios en Sagua la Grande. Es un tesoro increíble que debemos poner al servicio de la humanidad”.
Allez
“Los libros de asentamiento de recetas y en muy buen estado de conservación, reflejan día a día el desarrollo de las ciencias farmacéuticas en casi un siglo, y no sólo referida a Cuba, porque como los fundadores de esta botica estudiaron en Madrid, París y los Estados Unidos, se incorporan fórmulas de lo más novedoso y en boga por esos tiempos.”
“Pero te digo más; es una fuente para estudiar las enfermedades, su evolución y cómo se iban atemperando medicamentos a las características de la población. Y afortunadamente ya se encuentra digitalizada, es decir, lista para consulta. Aquí acontece el nacimiento de la botica cubana. Es un arsenal de documentación que permanece a la espera de revelar sus valores en materia de información científica, técnica y farmacológica, como también histórica. Hay información desde 1873 hasta 1964”
Marcia hace un alto y argumenta: “Aquí tenemos información de los vínculos de la botica que pertenecía a Juan Fermín Figueroa con los laboratorios más encumbrados de la época como los Sarrá, Taquechel, Johnson, por solo mencionar algunos y de los negocios que mantenían”.
¿Entonces sería la primera ocasión que una institución cultural cubana someta a la consideración de la UNESCO proponer la totalidad de sus fondos documentales como patrimonio de la Humanidad?
Marcia sonríe pícaramente, y solo pronuncia una palabra: Touché.



























