Entre la piel y la sombra de Tony Ávila

Es un hombre gigante, y no solo porque mida casi dos metros de estatura, lo es también cuando canta y hace pensar, reír, llorar… Una persona común, para la que su espacio, como él mismo dice, es su piel y su sombra.

Tony Ávila, hoy merecedor de la Distinción por la Cultura Nacional, comenzó a componer a los 15 años. No le interesaba la guitarra, sino la percusión: “Cuando tenía tiempo libre tocaba encima de una mesa, cantaba y hasta pintaba cualquier cosa”.

Sin embargo, estudió magisterio y admite que le apasiona: “Siempre me ha gustado la historia. Recuerdo que en el preuniversitario estaba al tanto de las noticias, de lo que pasaba en el mundo, aunque la música era el motor impulsor de mi energía”.

—Una profesora dice que tus canciones son pura filosofía. ¿Cuánto ha influido esta ciencia en ellas?

Mis canciones siempre tuvieron una mirada preocupada por lo que sucedía en la sociedad. Todos los conocimientos adquiridos al estudiar Marxismo-Leninismo e Historia en el Instituto Superior Pedagógico Juan Marinello, de Matanzas, me cambiaron la vida. Cuando terminé la universidad mis canciones tenían una base más sólida con un enfoque diferente de la realidad.

“El mundo gira, un tema sin cantar hace tiempo, es la canción pionera de lo que soy hoy al componer desde una perspectiva distinta, con un objetivo esencial: que la gente entienda lo que digo”.

Aunque tiene el motivo principal de su inspiración al lado: Yoslenys, su esposa, Tony dice que la musa en ocasiones es severa y en otras benevolente: “La creación viene en cualquier momento, hasta cuando me estoy bañando. Mi mente siempre está buscándole la cosquilla a la vida. Ese constante andar por los caminos de la palabra, de la fraseología, redunda, con cierta frecuencia, en ideas para mis canciones”.

“He estado durmiendo y de pronto me levanto, agarro la guitarra y me siento en la sala a escribir esa idea que rumiaba dentro de mí mientras soñaba, y muchas veces viene con melodía. La música no es algo que uno planifica. No hay un plan quinquenal para componer canciones”, confiesa.

En unos minutos mirando su pasado, acariciándolo con sus manos enormes de buen trovador, Tony Ávila recuerda cuando fue profesor en la escuela Félix Varela, en Cárdenas: “En esa época hice galletas de yuca para vender. Después que daba un turno de clase, venía para la casa, y con la ayuda de mi esposa sacaba la yuca que ya estaba en la candela, le daba rodillo, la marcaba con el molde, y la ponía encima de un cartón en el techo para que se secara. Y esto es parte de lo que soy”.

—Después de ejercer el magisterio fuiste músico en Varadero. ¿Cómo fueron los años en los que renunciaste a tu trabajo en el turismo y no tuviste éxito profesional? ¿Qué te dio fuerzas para continuar?

—Cuando tomé esa decisión, que es la esencia de mi vida, estaba joven y aún lo estoy, por cierto. Me asustaba el hecho de convertirme en un viejo amargado, frustrado y lleno de vacíos por no intentar hacer algo con mi futuro. Yo quería empujar a ver si mi obra salía adelante en algún momento. Sin embargo, tuve días sin dormir, soñando que aquella decisión fue un fracaso rotundo. Busqué un trabajo como puente entre mi salida del turismo en Varadero y el posible
futuro que me deparara este cambio. En ese periodo de inestabilidad económica total, estuvieron conmigo mi familia y muchos amigos que me impulsaron a salir.

Con visceral emoción evoca la primera vez que ofreció su música en la cuadra: “Ese día canté para los vecinos, para la gente que me vio crecer, para el viejito que no puede verme en otra parte, para los amigos de mis hijos… Susana, una señora que en aquella fecha estaba enferma y ya falleció, me dijo: “No pude salir a verte, pero te escuché y te aplaudí desde el cuarto”.

—Madre conmueve a todo el que la escucha y a quien intenta cantarla. ¿Qué significa para Tony esta canción?

—Esa es la canción. No hay otra que tenga tanto peso emocional. Para mí… significa todo.

Tony Ávila, nominado en la reciente edición del Cubadisco (2017) en la categoría Mejor Álbum de Trova con el fonograma Que se haga la luz, menciona a Faustino Oramas Osorio, El Guayabero, y dice que la forma directa de componer de este no se parece a la suya. Sin embargo, el humor de sus canciones y la modestia permiten compararlo con El Rey del doble sentido, en una perfecta analogía que escuché hace unos días en voz de una señora: “Tony es el futuro Guayabero”.

—¿Cuán importante es el idioma para la conjugación que logras entre el humor y el mensaje profundo de tus canciones?

—Pedro Luis Ferrer dice en una de sus canciones: «¡Ay!, qué felicidad, cómo me gusta hablar español», y yo lo ratifico en La Guaravenganza, por las posibilidades de recursos que brinda el idioma para darle un doble sentido a una idea cuando en realidad es uno solo. Eso que da alegría y divierte a la gente tiene un peso literario grande. El juego de palabras también puede ser riesgoso si no conoces la lengua, si eres irresponsable al componer.

Hay algo que se percibe al escuchar su filosofía musicalizada, y él lo reafirma: “Cuando escribo me siento un hombre emancipado, capaz de tocar el cielo si se quiere. La necesidad de componer ya es crónica, sabes que vas a morir de esa enfermedad”.

—¿Qué siente Tony Ávila cuando escucha a las personas cantar sus canciones, incluso a niños?

—Si algo que uno hace en su momento más íntimo después se expande, al punto en el que los niños lo conocen y lo cantan, es un premio inigualable. No hay nada más grande que eso, y cómo lo disfruto…

—¿Cuál es la Cuba a la que le cantas y cuál es la Cuba con que sueñas?

—Le canto a la Cuba en que vivo, con sus virtudes y defectos. Y sueño con una Cuba mejor, pero que no pierda su esencia porque entonces seríamos cualquier lugar del mundo. Sueño con un país que cambie lo mal hecho, que lo erradique ya, que abra todas las puertas necesarias y vaya adelante. Nos lo merecemos.

Tomado del periódico Granma

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