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Thursday 19 September 2019
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La última voluntad de Minini

Antes de morir, Francisco Zamora Chirino (Minini) se aseguraría de confiarle a su esposa su última voluntad: – Mima, no se dejen quitar el gallo de las manos. Mantengan los mío. Y se fue el maestro rumbero el 30 de junio de 2016, un día después y un año antes de que Afrocuba cumpliera sesenta años.
Gallo sin cabeza… ¿se tambalea? Puede que otro sí, pero Minini sabía que el gallo de Afrocuba ya tenía cresta antes de ese nombre, incluso antes que él. En Pueblo Nuevo, los jóvenes que se atrevieron a formar la agrupación aquel día de 1957 en la calle San Juan de Dios, solo estructuraron un ente que los antecedía y que iba a sobrevivirlos: la rumba.
Su esposa Mima, Sara Gobel para complacer formalidades, también estaba aquel día en San Juan de Dios, igual que Pedro Aballí, quedarían ellos de los fundadores para apretar bien fuerte el gallo por el pescuezo, que no es otro cosa que preservar con uñas y dientes la reputación de una de las agrupaciones rumberas más fieles a la tradición afrocubana.
Y los sesenta sin Minini, pero con él, han llegado con rumba de la buena en la calle Río. Justo en el sitio donde le despidieran con un toqué de batá, volvieron a tocarse para cantarle al muerto vivo, para celebrar la rumba.
Sentados en los quicios, los vecinos esperan que Mima salga de la casa para dar una entrevista y desde el momento en que saco la grabadora ya formo parte del espectáculo. Nos hacen círculo, le quieren dictar las respuestas a Mima, otra dice que es retirada del Ministerio del Interior y puede decir cualquier cosa, me sostienen la mano con el micrófono, mandan a buscar una refresco… en fin, puro folclor.
Ahh, pero cuando Mima habla, todo el mundo se calla y escucha. Ella bien sabe lo que tiene y lo que va a decir. Exhorta a los jóvenes a continuar y a querer a Afrocuba como la han querido ellos: “pasando de todo, ensayando en la calle, ha costado trabajo llegar hasta aquí”.
“Mi esposo murió con la añoranza de un local para ensayar, donde presentarse, colgar todas las distinciones, en cambio, ahí están guardadas en cajones.” Alguien le hace una señal para que no se adentre en temas escabrosos y ella insiste en que dice lo que siente y punto. Después sugiere a cuáles de los integrantes de la agrupación no puedo dejar de entrevistar.
Antonio Figueroa figura entre ellos, coreógrafo de Afrocuba: “Recuerdo que Minini, que Dios lo ponga en la gloria, siempre aconsejaba que, por qué cambiar y perder lo que ha llegado a nosotros desde nuestros ancestros, con qué derecho modificarlo. Por eso nos caracterizamos en mantener las raíces, el ciclo congo, el arará, la originalidad de los movimientos, no bailamos con vestuarios de brillo. Otros se van por los caminos de la timba, la jiribilla, pero nosotros seguimos en el mismo trillo.”
Por su parte, Yaismel García ingresó a Afrocuba después del fallecimiento de su director y aunque provenía de Los Reyes del Tambor, otro conjunto rumbero, desde el inicio le leyeron la cartilla. “Creo que Afrocuba es una escuela y lo fundamental es entregarse al trabajo. Aquí el yambú es el yambú, la columbia es la columbia, el guaguancó es el guaguancó y el batá rumba el plato fuerte. Todo sin variaciones.”
Mantenerse fieles a la tradición afrocubana y a lo más autóctono de ella constituye un riesgo que la agrupación  ha sabido enfrentar durante sesenta años. No importa que otros sean tal vez más populares, que vendan más discos, Minini jamás aceptó pervertir la cultura afro con el adjetivo comercial.
En cambio, cuando se habla de grupos rumberos insignes, tiene que referenciarse a Afrocuba y el toqué de sus tambores batá parece un temblor del pasado, furia por latigazos, salvación en cuero del chivo…
La última voluntad de un muerto es sagrada y Mima lo sabe, “voy lidiando con la ley de la vida y hago lo que me pidió: continuar la tradición. No estamos en contra de los jóvenes, pero sobre los pasos de nuestras raíces.”
Un grupo de rumba no es un piquete pop, ni un cuarteto de son, ni una orquesta sinfónica, es un estilo de vida, una explicación del mundo, un aliento de fe sobreviviente. Razones de sobra para proteger y para la petición de Francisco Zamora Chirino antes de morir: “No se dejen quitar el gallo de las manos. Mantengan lo mío.”



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