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Monday 23 September 2019
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“El paraíso se parece a la Ciénaga de Zapata”

Carmelo Hernández Perdomo nació en la Ciénaga de Zapata y allí ha transcurrido todos los años de su vida; por eso conoce su terruño como las palmas de sus manos; con pasión habla del Humedal ese que conoce y recorre cada día. Mejor que hable él, único protagonista de esta historia.

“Si te cuento la historia de la ciénaga nos tomaría unos cuantos días. Aunque nací en Jagüey Grande al mes de nacido me trajeron para Los Hondones. Cuando abrí los ojos y tuve conciencia del mundo ya estaba en la Ciénaga de Zapata”.

“Mi niñez fue dura como la de todos los cenagueros. Mi familia crecía constantemente. Cada año mi vieja traía un hijo al mundo. Llegué a tener 12 hermanos”.

“La vida aquí era difícil. Nadie sabía leer. Yo me calcé zapatos a los 17 años para poder ayudar a mi padre. Siempre fuimos pobres. Había algunas familias pudientes, pero eran pocas, el resto de nosotros pasaba mucho trabajo”.

“El cenaguero siempre se caracterizó por sembrar, pescar, criar animales y hacer carbón. De eso vivía. Éramos como indios. Algunas familias se iban a orillas de la costa para poder alimentarse. Se trabajaba desde diciembre hasta abril cortando leña para hacer hornos. En mayo tenías que salir porque la ciénaga se llenaba de agua. Era una especie de tiempo muerto”.

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“Eso sí, nos alimentábamos bien. Todo era más sano, la naturaleza nos proveía de lo necesario para subsistir. Mi abuelo tenía un varentierra lleno de maíz, malanga, todo natural. No existía el fumigo. En aquella casucha siempre habían dos tanques de manteca de puerco”.

“Mi abuela iba al varentierra por la tarde, tomaba ocho o diez mazorcas de maíz, las despajaba y las echaba en un jarrón. En la noche se molía, y al otro día en el almuerzo cocinaba un caldero de harina que ¡pa’ qué decirle a usted!”

“Me parece estar viéndola ahora voceándole a mi abuelo: “viejo, tráeme dos cangres de yuca”. Existían diferentes tipos, lo mismo la Pancho Bello, Cinco minutos… la abuela cocinaba aquel caldero rebosante y la yuca se desbarataba, luego le echaba la manteca por arriba. ¡Qué bendición!”

“Todo lo que se comía era sano. Ahora cualquier alimento de la tierra es puro veneno con tanto insecticida”.

“Con la Revolución mejoró mucho la vida. Nos convertimos en personas. Pero a veces me aferro al pasado, a las viejas costumbres. Hace algunos años llegaron equipos nuevos para la cocina pero yo prefiero la comida con carbón. Es más rica. No niego que los equipos contentaron a las mujeres, pero cuando comparas no es igual”.

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“La abuela mía siempre cocinó con leña. Y mi abuelo colocaba encima del fogón la semilla de maíz que seleccionaba para la cosecha del próximo año. El humo conservaba y curtía la semilla”.

“Para mí no hay mejor comida que un buen fricasé de yaguasa. ¡Ayyy mijo!, ¡Igual a una gallina! La jicotea también me gusta”.

LA PESCA

“Yo siempre lo digo, antes no había problemas con la naturaleza. Hoy el medio ambiente está desbaratado. Hasta las aguas están contaminadas y me da tristeza”.

“Siempre me gustó pescar y todavía lo hago. Pesco la claria. Ya no se ve la trucha, ni la biajaca criolla, menos la rana toro. La claria ha arrasado con todo.

“La mejor hora para pescar es al oscurecer porque los peces salen a comer a esa hora”.

“A la vieja mía también le encantaba pescar. Ella cogía una lagartija, la colocaba en el anzuelo y en menos de una hora sacaba tres truchas y seis biajacas. También se pescaba con caracol”.

“Las ranas toros se abollaban para cantar. Así podían coger aire. Era una industria aquí en la ciénaga pera ya no se ven. Se volvieron el manjar predilecto del pez gato”.

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CARBÓN

“Yo me gané la vida cortando leña y haciendo carbón. Desde que era un catibo, como se le decía a los niños en aquel entonces, mi papá me llevaba con él para el horno. Recuerdo que en el batey me pusieron el negrito porque siempre andaba tiznao. Una vecina que ya falleció me metía en la batea y me daba cepillo y cepillo”.

“La Ciénaga estaba “zanjeá” de una punta a la otra por toda la costa sur. Desde allá cerca de Mal Paso, hasta Hato de Jicarita se construyeron canales para sacar el carbón. Esas vías que surcan el pantano se hicieron a pala”.

LA INVASIÓN

“El momento más difícil de mi vida fue cuando la invasión de Girón. ¡Muchacho!, yo no quisiera acordarme de aquello. Tenía 16 años. Recuerdo que desde días antes estábamos cortando postes en el monte. Era de domingo pa’ lunes. Esa noche acordamos levantarnos temprano. A ese de las tres de la mañana lo que se veía en el horizonte era una fiesta con fuegos artificiales. Los mayores no nos decían nada para no asustarnos”.

“Al aclarar, cuando me disponía a ir a cortar los postes, mis padres dijeron: “no se puede salir”. Se sentía el tiroteo. A las 8 de la mañana pasó un avión rasante. Nos vinieron a buscar después y nos concentraron en Soplillar”.

“Eso fue el lunes, el martes ya le perdimos el miedo a los tiros. Nos pusimos a jugar pelota, y los aviones fajáos allá arriba y nosotros como si ná’. Pero el primer día si sentí miedo. El cielo estaba al rojo vivo. Nunca lo niego, con la invasión pasé el mayor susto de mi vida”.

“Tiempo después, peinando monte con las milicias, nos encontrábamos en las casimbas con todo tipo de cosas: pastillas, piedras de fosforera, armamento, granadas”.

“Otro susto que pasé fue cuando vi delante de mí un cocodrilo. Un día me embullo a pescar submarino en un río. La claridad del sol me impedía ver bien, y de pronto en una barranca me topo con un bicho grande. Con mucho cuidado salí del agua, metí la escopeta en el jolongo y cogí la vereda como un venado. Yo respeto mucho a los cocodrilos”.

“Tú sabes algo, antes aquí no se comía el cocodrilo, ni el maja, tampoco el cangrejo. Cuando llega la Revolución y construyeron el criadero por idea de Fidel, la gente empieza a probarlo y descubre que se trataba de un plato exquisito”.

“A Fidel le gustaba mucho la Ciénaga. Venía con  bastante frecuencia. Quedó fascinado con el lugar, y como a los cenagueros, también le gustaba pescar. Suya fue la idea de un centro turístico en la Laguna del Tesoro”.

“Tú sabes por qué la Laguna se llama así. No porque tuviera oro enterrado, nada de eso, porque se trataba de un tesoro natural, rico en especies de aves y peces. Hay otro lugar por aquí que se llama el Estero de las maravillas. Esta zona es muy bella. Mis 70 años los he echado aquí y no puedo alejarme. A veces creo que si de verdad existe el paraíso se tiene que parecer un poco a la Ciénaga de Zapata”.

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Carmelo Hernández Perdomo nació en la Ciénaga de Zapata y allí ha transcurrido todos los años de su vida; por eso conoce su terruño como las palmas de sus manos; con pasión habla del Humedal ese que conoce y recorre cada día. Mejor que hable él, único protagonista de esta historia.

“Si te cuento la historia de la ciénaga nos tomaría unos cuantos días. Aunque nací en Jagüey Grande al mes de nacido me trajeron para Los Hondones. Cuando abrí los ojos y tuve conciencia del mundo ya estaba en la Ciénaga de Zapata”.

“Mi niñez fue dura como la de todos los cenagueros. Mi familia crecía constantemente. Cada año mi vieja traía un hijo al mundo. Llegué a tener 12 hermanos”.

“La vida aquí era difícil. Nadie sabía leer. Yo me calcé zapatos a los 17 años para poder ayudar a mi padre. Siempre fuimos pobres. Había algunas familias pudientes, pero eran pocas, el resto de nosotros pasaba mucho trabajo”.

“El cenaguero siempre se caracterizó por sembrar, pescar, criar animales y hacer carbón. De eso vivía. Éramos como indios. Algunas familias se iban a orillas de la costa para poder alimentarse. Se trabajaba desde diciembre hasta abril cortando leña para hacer hornos. En mayo tenías que salir porque la ciénaga se llenaba de agua. Era una especie de tiempo muerto”.

20150813_112138

“Eso sí, nos alimentábamos bien. Todo era más sano, la naturaleza nos proveía de lo necesario para subsistir. Mi abuelo tenía un varentierra lleno de maíz, malanga, todo natural. No existía el fumigo. En aquella casucha siempre habían dos tanques de manteca de puerco”.

“Mi abuela iba al varentierra por la tarde, tomaba ocho o diez mazorcas de maíz, las despajaba y las echaba en un jarrón. En la noche se molía, y al otro día en el almuerzo cocinaba un caldero de harina que ¡pa’ qué decirle a usted!”

“Me parece estar viéndola ahora voceándole a mi abuelo: “viejo, tráeme dos cangres de yuca”. Existían diferentes tipos, lo mismo la Pancho Bello, Cinco minutos… la abuela cocinaba aquel caldero rebosante y la yuca se desbarataba, luego le echaba la manteca por arriba. ¡Qué bendición!”

“Todo lo que se comía era sano. Ahora cualquier alimento de la tierra es puro veneno con tanto insecticida”.

“Con la Revolución mejoró mucho la vida. Nos convertimos en personas. Pero a veces me aferro al pasado, a las viejas costumbres. Hace algunos años llegaron equipos nuevos para la cocina pero yo prefiero la comida con carbón. Es más rica. No niego que los equipos contentaron a las mujeres, pero cuando comparas no es igual”.

20150813_112210

“La abuela mía siempre cocinó con leña. Y mi abuelo colocaba encima del fogón la semilla de maíz que seleccionaba para la cosecha del próximo año. El humo conservaba y curtía la semilla”.

“Para mí no hay mejor comida que un buen fricasé de yaguasa. ¡Ayyy mijo!, ¡Igual a una gallina! La jicotea también me gusta”.

LA PESCA

“Yo siempre lo digo, antes no había problemas con la naturaleza. Hoy el medio ambiente está desbaratado. Hasta las aguas están contaminadas y me da tristeza”.

“Siempre me gustó pescar y todavía lo hago. Pesco la claria. Ya no se ve la trucha, ni la biajaca criolla, menos la rana toro. La claria ha arrasado con todo.

“La mejor hora para pescar es al oscurecer porque los peces salen a comer a esa hora”.

“A la vieja mía también le encantaba pescar. Ella cogía una lagartija, la colocaba en el anzuelo y en menos de una hora sacaba tres truchas y seis biajacas. También se pescaba con caracol”.

“Las ranas toros se abollaban para cantar. Así podían coger aire. Era una industria aquí en la ciénaga pera ya no se ven. Se volvieron el manjar predilecto del pez gato”.

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CARBÓN

“Yo me gané la vida cortando leña y haciendo carbón. Desde que era un catibo, como se le decía a los niños en aquel entonces, mi papá me llevaba con él para el horno. Recuerdo que en el batey me pusieron el negrito porque siempre andaba tiznao. Una vecina que ya falleció me metía en la batea y me daba cepillo y cepillo”.

“La Ciénaga estaba “zanjeá” de una punta a la otra por toda la costa sur. Desde allá cerca de Mal Paso, hasta Hato de Jicarita se construyeron canales para sacar el carbón. Esas vías que surcan el pantano se hicieron a pala”.

 LA INVASIÓN

“El momento más difícil de mi vida fue cuando la invasión de Girón. ¡Muchacho!, yo no quisiera acordarme de aquello. Tenía 16 años. Recuerdo que desde días antes estábamos cortando postes en el monte. Era de domingo pa’ lunes. Esa noche acordamos levantarnos temprano. A ese de las tres de la mañana lo que se veía en el horizonte era una fiesta con fuegos artificiales. Los mayores no nos decían nada para no asustarnos”.

“Al aclarar, cuando me disponía a ir a cortar los postes, mis padres dijeron: “no se puede salir”. Se sentía el tiroteo. A las 8 de la mañana pasó un avión rasante. Nos vinieron a buscar después y nos concentraron en Soplillar”.

“Eso fue el lunes, el martes ya le perdimos el miedo a los tiros. Nos pusimos a jugar pelota, y los aviones fajáos allá arriba y nosotros como si ná’. Pero el primer día si sentí miedo. El cielo estaba al rojo vivo. Nunca lo niego, con la invasión pasé el mayor susto de mi vida”.

“Tiempo después, peinando monte con las milicias, nos encontrábamos en las casimbas con todo tipo de cosas: pastillas, piedras de fosforera, armamento, granadas”.

“Otro susto que pasé fue cuando vi delante de mí un cocodrilo. Un día me embullo a pescar submarino en un río. La claridad del sol me impedía ver bien, y de pronto en una barranca me topo con un bicho grande. Con mucho cuidado salí del agua, metí la escopeta en el jolongo y cogí la vereda como un venado. Yo respeto mucho a los cocodrilos”.

“Tú sabes algo, antes aquí no se comía el cocodrilo, ni el maja, tampoco el cangrejo. Cuando llega la Revolución y construyeron el criadero por idea de Fidel, la gente empieza a probarlo y descubre que se trataba de un plato exquisito”.

“A Fidel le gustaba mucho la Ciénaga. Venía con  bastante frecuencia. Quedó fascinado con el lugar, y como a los cenagueros, también le gustaba pescar. Suya fue la idea de un centro turístico en la Laguna del Tesoro”.

“Tú sabes por qué la Laguna se llama así. No porque tuviera oro enterrado, nada de eso, porque se trataba de un tesoro natural, rico en especies de aves y peces. Hay otro lugar por aquí que se llama el Estero de las maravillas. Esta zona es muy bella. Mis 70 años los he echado aquí y no puedo alejarme. A veces creo que si de verdad existe el paraíso se tiene que parecer un poco a la Ciénaga de Zapata”.

Escrito por Arnaldo Mirabal Hernández



Radio 26 es la emisora provincial de Matanzas, planta matriz de la cadena de radio de nuestra provincia cubana. Está ubicada en la capital matancera, en la calle de Milanés esquina a Guachinango, en las alturas de esta bella ciudad rodeada por el valle Yumurí y la bahía de Matanzas. Twitter: @radio26cu Correo: emisora@r26.icrt.cu


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