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Thursday 19 October 2017
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¡Matanceros, al rescate de la ciudad!

A pesar de las reiteradas ocasiones en que se ha abordado el tema del Plan Matanzas 325 en los medios de comunicación, de la sistemática presencia del Conservador de la Ciudad en varios espacios y el interés mostrado por las autoridades gubernamentales en función de que se cumplan las metas que en él se recogen, todavía existen matanceros que no saben de qué se trata.

Quizás el hecho de que se hable sobre él como algo que está, pero que no le toca a la puerta a cada uno de los ciudadanos, un hecho necesario (sin acotar imprescindible) para el futuro de Matanzas y de sus propias vidas; tal vez por las maneras de resumirlo en unas cuantas líneas, cuyo contenido se discute con los principales dirigentes del municipio, pero no con el matancero “de a pie”, han determinado que quienes viven a diario la ciudad ni siquiera se interesen por saber qué es ese Plan Matanzas 325 del que tanto se ha hablado.

Son muchas las aristas sobre las que se pudiera analizar del recurrente, mas no bien comprendido sujeto omnipresente que ha llegado a nuestras vidas para quedarse. Pero prefiero, en esta ocasión, mirar con luz larga, examinar y valorar las consecuencias que tendría el hecho de que los matanceros no se inserten de manera espontánea, identitaria y total al ineludible plan.

Y me pregunto, ¿de qué valdrían los millones de recursos destinados a la restauración, los esfuerzos por hacer realidad los presupuestos planteados en pos de la rehabilitación de la urbe, si después, cuando se concluyan las labores los matanceros no conservan lo que se ha hecho, si no somos capaces de amar y cuidar todo ese patrimonio?

Habría que pensar entonces en la posibilidad apremiante de llegarle a cada uno de esos habitantes para explicarle las obras que se desarrollan; los cronogramas que rigen los procesos constructivos; las particularidades de estas acciones de acuerdo al lugar donde se desarrollen; por qué es una actitud más loable y conveniente apoyar las actividades a pesar de las molestias que a algunos puedan ocasionarle las intervenciones que, a la larga, son en beneficio de los propios ciudadanos.

Tal vez, resultado de las exigencias del tiempo que atenta contra la realización puntual de los proyectos, olvidamos la importancia de explicarle a ese matancero que está a nuestro lado, al que va a nuestra bodega, al que comparte con nosotros largos minutos la parada en espera de un ómnibus que no llega, cuán importante es su participación para lograr los empeños por delante, que Matanzas 325 no es solo para desarrollar el turismo y que, incluso siendo así, estos resultados se traducirían en mejorías para la calidad de vida de quienes habitan esta zona del centro histórico, en una primera etapa.

Actualmente existen las condiciones para hacer del sueño de los matanceros una realidad palpable: salvar a esta ciudad de las ruinas y el desdén del que ha sido víctima durante muchas décadas.

Sintamos el latir de este trozo de tierra bajo nuestros pies que hoy nos reclama a gritos un poco de cordura. Pensemos en cuánto podemos hacer para, desde nuestra individualidad, contribuir a que esos proyectos dejen de ser letra muerta en un papel y adquieran formas de muros y cultura.

La  conciencia, la responsabilidad ciudadana y el compromiso con la ciudad que nos acoge, con su patrimonio, sus amores y desamores tendrán que primar si queremos ver a Matanzas transformada, restaurada, conservada. Ese es el gran reto de los matanceros hoy: superar sus propios sueños, hacerlos reales y defenderlos a ultranza para que Matanzas se convierta, al fin, en la ciudad que todos soñamos. Recuerden que Matanzas soy yo, eres tú, son nuestros hijos y hermanos. Nosotros mismos somos esta ciudad viva.




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