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Tuesday 26 November 2019
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Aproximaciones entre una casa y la memoria

Pipo, mañana y por siempre, cuando tus manos no reconozcan las mías y la memoria no sea más que una promesa del pasado, volveré a decirte cuánto te amo.

Todo comenzó a desaparecer lentamente, sin previos avisos ni posibilidades de evitarlo, como si, gota a gota, el agua del mar comenzara a tornarse oscura y áspera. No sabría definir en qué momento comenzaron a desdibujarse las memorias, los nombres de las personas más allegadas a él, las letras de las canciones…, pero entonces, sus hermosos ojos verdes empezaron a vestirse de distancias.

En cada amanecer se escurre un nuevo recuerdo y, al llegar la noche, siente deslizarse bajo los pies un fragmento de su historia en esta casa donde nació hace 90 años. Ese se ha transformado en su ciclo diario: la inevitable y constante partida de sus mejores años convertidos en trozos de recuerdos.

Suele sentarse en el portal a leer el periódico “sin espejuelos, alardea, igual que mi madre”. Luego sé que vendrá la pregunta de todos los días, la que nunca quisiera contestar para evitarle sufrimientos. “Niña, yo me tengo que ir ya para mi casa, ¿tú sabes dónde está mi mamá?”

A mi abuelo todo el mundo lo conoce en el pueblo. Pasan y lo saludan con la misma alegría que, por fortuna, su demencia no ha alcanzado arrancarle. Él responde con igual júbilo. A veces disimula que desconoce quién indaga por su esposa (mi abuela), otras lo escucho, con asombro, saludar con nombres y apellidos a su interlocutor, propinándole una bofetada a la desmemoria que intenta arrebatarle el tesoro más preciado de cada hombre: la conciencia de quién es.

Sonrío desde la hendija de la ventada desde donde lo observo y siento un intermitente, pero esperanzador optimismo, aunque sé que esta es una enfermedad que, a pasos lentos, arrasa con todo, incluso con los sueños mejor guardados.

¡Cuántas cosas pasan por su anciana y frágil mente! Lo escucho durante horas tejiendo historias improbables, casi en murmullos, inventando y confundiendo imágenes de las vidas de otros como si fueran propias. Creo que intenta así completar los extensos océanos que van quedando vacíos en su cabeza. Mas, estoy segura de que llegará el momento en que ni siquiera será consciente de que a cada paso se esfuma aquello que juró recordar hasta el fin de sus días.

Debe ser difícil ver desprenderse a galope seguro todos los recuerdos, que uno por uno se escabullan debajo de la cama los pasajes de tu historia, entre la soledad y el silencio de la noche y que no retornarán, que apenas logras descifrar el nombre de la mujer que ha compartido 50 años contigo.

Él se detiene a mirarla y le acaricia las piernas. Difícilmente la demencia alcance a arrebatarle el amor que le motiva la mujer que está acostada a su lado, exhausta después de los trajines diarios. Ella, sin embargo, no puede dormir. Piensa como yo en el día cuando no se reconozca a sí mismo, cuando su propio nombre no sea más que una entre tantas sombras que quedaron en el largo y angustiante camino de los olvidos.

Mi abuelo tiene 90 años y una salud de hierro, pero a estas alturas pocas veces recuerda el nombre de sus nietas y el de su hijo, y nunca logra reconocer a su hija, aunque una foto de ella lo observa fijamente desde la mesita de noche del cuarto, pero sí sabe que es doctora y siempre está pendiente de él.

Tampoco ha olvidado que cuando era niño en su casa había tres pianos, que aquí radicaba un cuartel español en tiempos de la colonia y que en este lugar nacieron sus abuelos, su madre y hermanas, que cuando llovía caía el agua a cántaros por las paredes de madera y se transformaba en un río porque la casa estaba vieja y desgastada por los años… como sus recuerdos.

Entra y sale incontables veces a la terraza, atraviesa el pasillo como relámpago encendido. Confunde las habitaciones. Pareciera que busca algún lugar donde poner a descansar tantas tormentas acumuladas en su alma. “¡Esta casa!”, exclama como si se amontonaran en su cansada mente todas las memorias del universo y, un minuto después, aparece nuevamente lejanía en su mirada y vuelve a preguntarme dónde estamos.

Sin embargo, permanece perpetuado entre sus recuerdos la historia de este pueblo olvidado en los confines de la provincia, que le gusta la leche bien dulce y las “chucherías” y le encanta la música y bailar, “como cuando iba al casino en mis años de juventud”.

Disfruto cada minuto a su lado, mas temo que esta pueda ser la última vez que me reconozca, que un día despierte y no recuerde lo importante que ha sido y es en nuestras vidas. La demencia es una enemiga sutil y traicionera.

Hoy simplemente me siento junto a él en el portal, como cada día, y le pido que me cante una canción. Mañana, cuando tal vez no seamos para él más que fugaces fragmentos de una historia, me encargaré de repetirle cada minuto por qué ha sido imprescindible en mi vida, por qué nos empeñamos hasta el último instante en recordarle el inmejorable hombre que es.

Desde hace algunos años ya no llueve dentro de la casa y paredes firmes sostienen la estructura que hoy nos resguarda del frío y las tormentas. Pero las memorias no pueden reconstruirse como las viejas columnas que un día sucumbieron ante el viento y mi nonagenario abuelo me sigue preguntando por su madre.




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