Mientras Irma azotaba a Matanzas el sábado 9 de septiembre, un solo pensamiento cruzaba por la cabeza de los matanceros: salvar la vida, pasar la tarde y la noche lo mejor posible y rezar, porque ante la fuerza de la naturaleza, solo queda eso, rezar para que los bienes personales y los comunes sufrieran los menores daños posibles.
Antes, en los días cuando Irma avanzaba destructora por la costa norte, estaba el consuelo de que subiera antes, quizás a la altura de Ciego de Ávila. Pero eso, desgraciadamente lo comprendemos ahora, fue solo un consuelo. Irma venía que “se mataba” para arriba de Matanzas, con Varadero incluido.
Los destrozos fueron bastante, pero nada comparado con lo que hubiera podido pasar si la bendita vaguada de la cual hablaba José Rubiera no se la hubiera tragado y enrumbado hacia la Florida. Pudieron ser menos también, porque hay que reconocer que algunos nos confiamos demasiado.
Ahora queda la calma. Y la incertidumbre. Tras el primer instinto por conservar la vida aparecen entonces las necesidades básicas a golpear. Y se extraña el agua y la electricidad. Primero que todo, el agua, ese bien que es más necesario, incluso, que la comida. Pero también se teme porque la comida se eche a perder.

La recuperación individual ha sido rápida porque los daños no fueron drásticos. En cada barrio los vecinos se han agrupado y han limpiado. Ya se encuentran amontonados los troncos y ramas, listos para ser recogidos. Se abrieron las principales vías que estaban interrumpidas. No se contabilizan, al parecer, grandes daños en los circuitos eléctricos, con cerca de un centenar de postes afectados en la provincia, según cálculos preliminares.
No hay electricidad en muchos lugares de Matanzas y la gente se informa como puede, por los celulares y los radios de pilas. La radio constituye ahora el principal medio de información. La televisión es solo un lujo que pueden disfrutar aquellos que permanecen en centros que poseen grupos electrógenos.
Y la “radio bemba” funciona a la perfección. Ayer por la mañana se corrió la “bola” en la ciudad cabecera de que iban a poner la electricidad y que había que desconectar los breques para evitar accidentes en los hogares. Dicen que había pasado un carro con altavoz y luego afirmaban que lo habían dicho en Radio 26.
Pero Radio 26 no lo había dicho y lo desmintió enseguida con una entrevista al director provincial de la Organización Básica Eléctrica.

Es que la calma también contribuye a que la gente crea lo que primero oye. Y hay que estar claros de que la información verdadera será trasmitida oportunamente por los medios oficiales.
Después de la tormenta puede venir la desesperación. Y es algo humano. Pero es entonces cuando debemos acudir a esa frase que tantas veces dijo y cumplió Fidel: “nadie quedará desamparado”.
Después de la tormenta no queda más que trabajar, tener confianza y esperar. Pueden parecer largas las horas de espera sin electricidad, pero hay que sacar cuentas de que, mientras algunos esperamos, otros trabajan para solucionar las averías.
En estos días lo mejor que podemos hacer es cumplir con lo que nos corresponde. Si cada cual hace lo que tiene que hacer nos recuperaremos más rápido. No hay que esperar a que nadie nos llame, ni sentarnos a criticar en una esquina. En muchos lugares hacen falta brazos y manos para limpiar, construir y levantar.
Hay que confiar sobre todo en que quienes dirigen dan los pasos necesarios para que todo vuelva a la normalidad lo antes posible, que el primer pensamiento es para el pueblo y que todos los esfuerzos se encaminan a devolver los servicios básicos.

Los matanceros tenemos vivo aún el recuerdo de Michelle, que en el 2001 devastó una buena parte de la provincia. Si entonces nos recuperamos, con Irma no sucederá otra cosa. Dicen quienes vivieron aquella experiencia que Irma es una “niña de teta” al lado de Michelle.
La calma total no llegará hasta que todo no vuelva a la normalidad. Necesitamos la electricidad, sobre todo porque de ella depende también que muchos tengamos agua corriente de nuevo y otros servicios indispensables.
Pero no son días para egoísmos, para cruzarnos de brazos, para criticar, para aprovecharnos de la necesidad ajena, para dejarnos abrumar por la calma que sobreviene siempre a toda tormenta.
Son días para unirnos, ayudarnos, para sacar lo mejor de nosotros mismos.
Esta no es más que otra prueba para demostrar el pueblo que somos.






















