Allá cerca de la Loma del Pan se esconden los campos de ajo y cebolla. La neblina los castiga, la lluvia y el sol los ahoga. Hombres de diversas edades agotan sus fuerzas en el incesante cuidado de los cultivos.
Sin embargo, en la sombra, tras los labrantíos, se escucha la algarabía. El olor penetrante a ajo seco te interrumpe el paso y casi escondidas entre tanta paja se encuentran las “ristradoras”.

Mujercillas de distintas edades, diminutas, obesas y flácidas. Permanecen sentadas durante doce horas dentro de un bohío y de tanto escoger, de tanto “ristrar”, tal parecen que lo hacen con los ojos vendados.
Escuchan la radio o chismotean sobre el pueblo, no hay un tema específico, lo importante es vencer el tiempo.
Las abuelas de sus abuelas “ristraron” ajos y para algunas no es cuestión de dinero, es un problema de identidad. Para otras cada nudo es como trenzar la independencia, esa que se conquista a golpes de voluntad.
No hay descuidos en estas mujeres. El pelo arreglado tras el pañuelo y las uñas acrílicas, denotan que en medio de tanta maleza renacen las flores.
Interrumpir la monotonía de “ristrar” saca lo mejor de ellas, hay quien se esconde ante la cámara, otras sonríen y posan.
Las más veteranas continúan inertes ante los extraños, ellas hablan pausado con cierto halo de misterio. Algunas no pertenecen a la cooperativa, son incluso emigrantes en su propia tierra.

Cuentan que por la zona no han visto a un hombre “ristrador”. Será porque solo las féminas tienen la capacidad de tejer con sus manos las ristras y los sueños.
Solo la oscuridad las saca de su embeleso, les muestra que el sol recorrió los campos y se esconde tras la Loma del Pan.
Ellas se marchan con la misma frescura que emprendieron la jornada. Destilan un olor particular cuando recorren la carretera, no pasan desapercibidas las “ristradoras” de ajos.
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