“El mar cuando va pa´allá…, ¡eso había que verlo como yo lo vi! Yo no le tengo miedo. Hacía: uuuh,uuuh,uuuh… ¡parecía el diablo eso!”
Alguien le dice que lo estamos buscando y el anciano se acerca. Viste una bermuda de tela, raída; una camisa abierta y unas chancletas gastadas. Se detiene en el portal de una casa con rendijas casi más anchas que los tablones de las paredes. El sol nos da directo por el techo que no está. Adentro, donde no perdió nada de valor, se nota que el viento y el abandono han hecho sus estragos.
¿Usted es Rosendo? Nos presentamos, lo rodeamos y casi sin darnos tiempo para encender grabadoras y cámaras comienza a contar la historia de cómo sobrevivió a Irma. Es uno de los pocos habitantes a tiempo completo de la costa, en el litoral de la ciudad de Matanzas, después de la termoeléctrica Antonio Guiteras.
Desde donde está nos señala el montón de escombros que ha dejado el huracán frente a su casucha, al otro lado de la carretera, en la línea costera del lugar al que llaman finca Santa Teresita o El Ruperto.
“Hasta el búnker se llevó Irma. Arrancó todas las casas de mampostería, señoras casas, que estaban más cerca del mar. Había una casa ahí que dicen que había costado 15 mil cuc y también despareció. No les quedó ni el piso. Solo quedaron las de este lado y dos o tres que se salvaron del lado de allá. Esa gente lo perdió todo. Había neveras, camas y colchones amontonados de este lado, pero yo no cogí nada, yo no toco lo que no es mío.”
¿Su nombre completo? “Román Rosendo Rodríguez.” ¿Desde cuándo usted vive aquí? “Desde el año 62.” ¿Y está casa de quién era, la construyó usted o era de su familia? “No, era del suegro mío desde 1925.”
Su suegro es una leyenda en el lugar. Se llamó Ruperto, nombre por el cual se le conoce también a ese tramo de la costa. Dicen que era dueño de una bodega que tenía vitrola y todo. Allí la gente iba a tomar cerveza y a pasar el rato. Pero cuentan también que cuando Rosendo se enamoró de Esperanza, su hija, al viejo no le dio mucha gracia y Rosendo tuvo que vivir como tres años en una cueva.
¿Desde entonces existe esta casita? ¿Esta misma? “Esta misma. Nunca se la había llevado ningún ciclón.” Pero ahora tampoco se la llevó. Le llevó el techo, pero es increíble que esté en pie. “Claro, porque esa casa es así. Nunca se la ha llevado nada.” ¿Usted nunca la ha reparado? “Nunca le he hecho nada.” ¿Y usted vive solo aquí? “Sí, porque se me murió la esposa hace diez años.”
Dicen que usted es uno de los pocos que tienen tarjeta de abastecimiento por aquí. ¿En qué bodega compra? “En la de la esquina de la Vía Blanca.”
Rosendo se desespera, quiere “desembuchar” la historia de cómo se le escapó a Irma. “Déjame hacerte el cuento. Salí pa´ la cueva el viernes y comí allá y to´o. Como a las 5:00 de la tarde. Y me quedé allá. Cogí pa´ allá y llevé arroz, pesca´o frito, leche y galletas. Como a las 10:00 desayuné bien y digo, ¡coño voy a bajar pa´ allá abajo! Cojo y salgo y bajo, y cuando bajé ahí, viene una mareja´ y me hace paaaf. Y yo dije, ¿qué cosa es esto? El saco salió y el bastón, y yo me le tiré al bastón, que es lo principal y yo veía el saco que se iba con todo y me dije: bueno, deja el saco.
“Y cogí y orillé por la casa del teniente, por ahí cogí pa´ acá y veo aquel cuartico, abrí y tenía sacos, y digo: aquí voy a pasar. Oye y eso es lo más horroroso, las matas pasaban… No, eso es lo más grande. Y yo no le tengo miedo porque desde el año 31 estoy mirando ciclones. Yo no le tengo miedo a eso. Pero yo decía, ya la vida mía se fue.”
¿Eso fue el sábado? ¿Y qué hizo? “Yo estaba allí y como a las 6:00 de la tarde entró tremenda mareja´ allí y me revolcó y digo: aquí hay que salir otra vez y salí pa´ acá, a lo de Gómez, que tiene dos bañitos, uno pa´ bañarse y el otro para corregir. Y me metí en el del lado de allá. Y viento y viento, y yo decía: ¡ya estoy listo! Y mientras estuve aguantando ahí, la perra viene y se me echa al lado. Yo, baña´o de agua, ¡desde las 10:00 de la mañana hasta las 10:00 de la mañana del otro día! ¡Fíjate si yo aguanté!
“Y yo decía: ¿cuándo aclarará?, ¿cuándo aclarará? Como a las 3:00 de la mañana viene una racha de viento y me lleva el techo. El techo era chiquitico, hizo, paaf… y me quedé… Me pasé pa´l otro cuarto. En ese caía tremenda chorrera por el la´o de allá, pero tenía puerta. Y ya ahí me tiré en el suelo, el agua cayéndome arriba, hasta que aclaró el día y vine pa´ acá, pa´ casa de Pepe. Yo no me creía que Pepe estaba ahí. Y Pepe, ¿y tú aquí? Yo me creía que yo era out por regla.”

Rosendo en la cueva que le sirvió de guarida..
¿Y la comida se le quedó en la cueva? “No la comida se fue en- en- en el saco. Le dije: Pepe, ¿tú no tienes leche ahí? Me apreparó un poco de leche, porque estaba ya que no podía caminar. ¡Tú sabes lo que es toda la noche ahí: uih-uih-uih! Y el agua ahí. Y yo decía, ¿cuándo se quitará el viento?, ¿cuándo se quitará? Hasta que se quitó.”
¿Y la cueva está muy lejos? “Sí, está lejos, lejos, como a dos kilómetros pa´ arriba”. ¿Y usted estuvo ahí de viernes para sábado? “Sí, y yo bajé de bobo, compadre; teniendo todo allí. Si yo era el mejor que estaba aquí, el que mejor había salido.”
Después de engullir un poco de harina con aguacate y huevo que le alcanzan unos vecinos, Rosendo nos guía hasta la cueva donde él creía que iba a pasar el ciclón. Para una persona de su edad es un trayecto bastante largo, trabajoso, atravesando monte… Llegamos sin aliento.
“Yo dormí ahí.” Nos señala el interior de la cueva. ¿Y usted trajo en qué dormir? “Sí, una manta y como dos o tres sacos. Llegué, planté, comí y me acosté como un caballo a dormir.” ¿Y trajo con qué alumbrarse? “Sí, el jacho, un jacho que alumbraba to´a la cueva.” ¿Y qué es un jacho? “Es como una lata redonda con una mecha adentro.”

Alquitrabe de una casa.
“Pero yo no sentía nada. Aquí no se siente na´.” ¿Por eso salió el sábado para allá? “A buscar la muerte, pero no, no llegó la muerte.” Pero si el ciclón cuando iba a pasar era el sábado, no el viernes. “Ah, pero yo no sabía, como no tengo radio. Yo tenía dos y me robaron uno, el bueno. Si yo tengo el radio ese a mí no me pasa eso, porque yo lo pongo aquí.”
Entonces usted no tenía información ninguna. Usted salió para allá pensando que todo había pasado. “Sí, cuando veo ese fenómeno de la naturaleza.”
Rosendo, ¿qué edad usted tiene? “Ochenta y ocho años.”. ¿Y cuántos ciclones ha pasado aquí? “Aquí han pasado como cuatro o cinco ciclones ya.” ¿Y como este? “No, no, como este ninguno. Yo no le tengo miedo al viento porque ya estoy acostumbra´o a esto. Yo lo que me cuido.” ¿Y al mar? “No, al mar tampoco le tengo miedo. Nunca le he tenido miedo.” Pero hay que respetarlo. “Sí, hay que respetarlo. Yo lo respeto.”
¿De qué tamaño eran las olas? “No, ¿las olas?, hacían así pa´ arriba y se perdían por ahí pa´ arriba, y yo estaba en el cuartico y estaba mirando todo.” ¿Y ese instinto de usted de guarecerse en los bañitos, porque son lugares seguros? “Sí, claro, seguros. Ve pa´ que tú lo veas, que abajo no hay quien se lo lleve. Por eso yo me metí ahí.
“Yo creía que me encontraban muerto a mí cuando el ciclón, no porque yo le tenía miedo, sino porque la situación era muy, muy difícil. Yo nunca había visto nada así. Fíjate que la manigua la chapeó. Yo me metí allá arriba el domingo a ver si encontraba la llave y fui hasta la cueva, y yo me decía, ¡caballero!, parecían hombres que fueron chapeando por la manigua. Fíjate si eso fue horroroso.”
¿Y por qué usted no se evacuó? “No. No, porque yo siempre lo he pasado aquí. Yo la he pasa´o en un bohío aquí por dos o tres veces. La gente se han ido y yo me he queda´o. Nunca me he ido de aquí.”
¿De qué usted vive, Rosendo? “Tengo mi retiro, 242 pesos, que trabajé allá arriba en una vaquería.” Se refiere a la vaquería de San Roque. ¿Y eso le alcanza para vivir? “No, no, no, eso no me alcanza, pero por otro la´o hago algo. Ahora que estoy retira´o vendo alguna cajita de cigarro; sí, pa´ defenderme. Y así… y voy a casa de mi hija y me quedo un día o dos, y vengo… Y así estoy.
“Pescaba antes y vivía del mar, de hacer carbón y de cazar jutías. Vivía de eso. Tenía un criadero de jutías ahí que tenía como 120. Un especialista de Madruga me dijo un día que yo era un hombre de monte y de mar. Pero ya no puedo pescar, hace como seis meses fui. Y agarré unos cuantos pescaítos y cuando venia pa´ arriba tropecé y me caí en una kasimba, pero suerte que la kasimba tenía arena y me revolqué pa´ acá y pa´ allá, me paré y dije: ¡aquí no vengo más nunca!, y no he ido más.”
¿Y usted no se siente muy solo aquí atrás? “Ya estoy adapta´o a eso. Y el médico mío me dijo: Rosendo, si tú te vas de la costa te mueres enseguida.” ¿Y usted, qué va a hacer? ¿Va a volver a levantar aquí o se va? “No, esto no, aquí no llega más nunca ya; aquí nunca ha llegado el mar. Y esos “zines” estaban sueltos casi, por eso se fueron. Porque yo no puedo subirme ya a clavar un clavo ni ná, yo no tengo piernas ya.” Entonces, ¿usted se queda aquí? “Sí, sí, yo no pierdo el rancho ese.”
¿Y qué cree de las personas que tienen casas aquí para venir los fines de semana o en las vacaciones y las perdieron? “Esas casas yo creo que ellos no se gasten más dinero ahí abajo. Para mí, yo creo que no. El mar no cree en nadie. El mar cuando va pa´ allá… Había que ver eso como yo lo vi. Y yo decía, bueno, vamos a ver si pue´o escapar yo. Y escapé.”
(Escrito en colaboración con Arnaldo Mirabal y Ayose García Naranjo. Fotos de la autora)























