La vida está llena de misterios. Acertijos que uno no llega a desentrañar. Caminos que se repiten, para bien o para mal. Senderos inevitables. Déjá vu o no, en el instante más inesperado te sorprende una estampa del pasado que crees, o no, haber vivido ya.
¿Será, como decía mi abuela, que cuando uno quiere algo basta con desearlo con mucha fuerza? Recurso inteligente de los pobres. Me había pasado la semana reviviendo mis años de estudiante universitaria en los momentos de tregua que me daban las noches de hospital con mi hermano. Era como si hubiera vuelto cuatro décadas atrás. Recuerdos hermosos, ténganlo por cierto.
Un enfermo en un hospital provoca un dolor que solo ayudan a mitigar las esperanzas del médico; las visitas, cualquiera, de cumplido o no; y la hermandad que nace entre los pacientes y los familiares. Una noche de abril, mientras conversábamos en espera de que el sueño venciera al cansancio, uno de los tres pacientes de aquel cuarto de hospital, exclamó admirado: “¡Un crucero!”
Por sus ventanas, que daban al malecón habanero, se veía cruzar majestuoso, todo iluminado, un reluciente crucero. La imagen no podía ser más bonita. Era como una estrella que iluminaba a su paso los retazos de mar que iba recorriendo. Hasta llevamos a mi hermano hacia los cristales, en un sillón de ruedas, para que presenciara el paso del barco. Era como una postal.
Estaba tan ensimismada en ese minuto de alegría que nos proporcionaba el cruce de la embarcación, que apenas me escuché susurrando: “¡Cómo me acuerdo del Comandante Pinares!” E inmediatamente a alguien contestar: “Ay, pero de eso hace mucho tiempo. Al Comandante hasta ya lo vendieron como chatarra.”
Asombrada, miré al joven que me respondía. Cualquiera que me hubiera oído y no supiera nada de la flota cubana, hubiese creído que aludía al combatiente Antonio Sánchez Díaz, el Comandante Pinares del Ejército Rebelde, caído en combate el 2 de junio de 1967, en Bolivia, cuando formaba parte de la guerrilla del Che. Pero aquel joven sabía exactamente a lo que yo me refería, porque él era, ¡nada más y nada menos!, que un oficial de la Marina Mercante de Cuba.
Lo miré con curiosidad y alegría. El Comandante Pinares era un ferry construido en 1974 en Japón, que cubría la ruta Habana-Gerona y que los graduados de la Universidad de la Habana en 1975 –graduación Primer Congreso del Partido– estrenamos para incorporarnos durante 15 días a labores agrícolas en la Isla de la Juventud.
El Comandante era precioso, grande, espacioso, todo blanco. Para nosotros era algo así como un buque de lujo. Todavía me veo con 22 años, alborotada y temerosa por cubrir por vez primera aquella ruta hacia la Isla. La travesía fue todo un sueño, de día, con aquella embarcación llena de jóvenes recién salidos de las aulas universitarias. Nunca antes había estado solo entre el cielo y el mar.
Años más tarde el Comandante Pinares fondeó en el Muelle de Luz, desde donde hacía paseos nocturnos por la bahía habanera. En la medianoche anclaba en algún lugar del litoral, servía una cena y ofrecía un espectáculo. Mi abuela, que siempre tuvo el espíritu más juvenil que yo, se sintió maravillada cuando la llevé a aquel paseo para que ella viera donde había ido a la Isla en mi graduación.

En 1975 mi abuela tenía 62 años. Nunca había ido a un cabaret. El Comandante fue uno de esos lugares adonde la llevé para que descubriera los encantos de una noche bohemia.
Pero lo verdaderamente asombroso estaba por llegar aquella noche de desconciertos. El joven, que cada madrugada cuidaba a su padre, uno de los tres pacientes de la habitación, cuando ya me había dado la espalda se viró nuevamente para decirme: “Pero, mire, mi papá fue tercer oficial del Comandante.”
Y el enfermo, desde su cama, me miró con alegría. Sus ojos se iluminaron para asentir con la cabeza lo que su hijo me había dicho. Se veía orgulloso. Y yo, no lo podía creer. Estaba tan feliz. Era como si el verano del 75 volviera hasta mí.
Aquel hombre, curtido por el sol y la sal, que seguramente se había enfrentado con valentía a no pocos embates de la naturaleza y a truculentas trampas del mar, ahora se debatía para vencer el desgaste de la maquinaria humana, el azar.
No pudo contarme nada. El cansancio y la fatiga de su cuerpo agotado no se lo permitieron. Pero él nunca sabrá lo feliz que me hizo haberle conocido. Tal vez dos veces en nuestras vidas estuvimos tan cerca, con apenas unas láminas de acero o madera entre nosotros y la inmensidad del mar, ¡y mire dónde vinimos a conocernos!
El Comandante Pinares fue finalmente y como ya dije, vendido como chatarra, algo que, por supuesto, me entristeció, me hubiera gustado al menos subir a su cubierta por tercera vez.
Esa noche de abril, en medio del dolor que apretujaba en mi corazón en aquel cuarto de hospital, el joven marinero y su padre me trajeron un retazo de alegría de tiempos vividos. Fue como si la habitación se inundara de pronto de una brisa del mar que nos hizo respirar apaciblemente a los seis “navegantes” en el noveno piso del hospital.
Todo fue mágico entonces. El viejo marino se sintió grumete otra vez. El joven estaba orgulloso de su padre y de su propio oficio. Mi hermano, el otro paciente y su acompañante estaban boquiabiertos de la coincidencia. Y yo había vuelto a mis dulces e increíbles 22 años.
La vida es un milagro lleno de misterios. La última actualización registrada al Comandante Pinares tiene como fecha el 25 de septiembre del 2012, hoy hace cinco años.
























Qué bueno tenerte inspirada! Da gusto hacer un alto en el complicado día de trabajo para disfrutar de la lectura de esas crónicas que te han devuelto al oficio de manera más recurrente. Enhorabuena!