Los animales percibieron desde mucho antes el peligro. Las 29 mil cabezas de ganado dispersas en el laberinto donde nació la raza Mambí estaban inquietas en los potreros.
Hombres y mujeres aseguraron todo o casi todo, porque muchas de las cubiertas parecían estar irremediablemente condenadas a no sobrevivir.
La pesadilla para los trabajadores de la Empresa Pecuaria Genética Matanzas vendría después. El tortuoso y poderoso huracán Irma, no solo sacó árboles “de cuajo” y se llevó algunas cubiertas, el mayor efecto del evento meteorológico se centró en los daños al fluido eléctrico.
Varios días sin corriente y sin agua son fatales para una entidad que depende de estos dos recursos.
“Imagínate, disminuyó la producción de leche en más de once mil litros diarios”, explicó Nivaldo Molina Nápoles, director técnico de desarrollo en la entidad.
En casi todas las vaquerías el ordeño es mecánico y se realiza este proceso dos veces al día, a las 4:00 de la mañana y a las 3;00 de la tarde.
“Instalamos equipos electrógenos, aprovechamos los motores de diésel estacionarios, paneles solares, ordeñamos a dedo limpio e instalamos bombas hidráulicas en los ríos para llenar las pipas”, añadió el directivo.
Sin embargo, algunas vaquerías permanecieron días sin agua. En otras, la leche se puso ácida por las dificultades en el acopio del lácteo.
No obstante, los vaqueros no se amedrentaron, acostumbrados a vacas “revencudas”, Irma solo se asemeja en el imaginario colectivo a una tormenta pasajera. No tienen tiempo que perder en lamentaciones, recuperan y trabajan “de sol a sol”. Si a peores novillas han domado no será un huracán quien los ponga rodilla en tierra.
Se ensañó en este pedacito
A las 6 y 20 de la tarde el techo de su vivienda voló por los aires, así recuerda ese día Fernando Pérez Hiedra, jefe de uno de los centros de desarrollo de la Unidad Empresarial de Base Super Vaca.
El guajiro magulla un mocho de tabaco y explica que se sabía lo que venía.
“Yo permanecí en la entidad donde también vivo. Tenía que estar aquí, proteger los recursos. A las 135 novillas las trasladamos hacia zonas altas”, añadió el vaquero.
“El techo se lo llevó, inclusive jorobó las cabillas hacia arriba, lo sé, yo estaba aquí adentro. Sé la hora exacta porque no me despegué del radio.”
Los árboles tumbaron la cerca y algunas planchas de la nave de sombra, pero los canelones aguantaron. El agua aquí nunca les faltó a los animales, con precisión se ahorró el preciado líquido.
Y si no hizo más daño fue porque se podó precavidamente las ramas más peligrosas. Aunque sin fundamento meteorológico afirma que Irma se ensañó en ese pedacito porque a otras vaquerías ni las tocó. Sin embargo, hoy en el centro apenas se notan los estragos.
Oshún me protegió
Arelys Jiménez recibe sonriente a los visitantes. Hoy está sin botas, la cal le quemó los pies. En la vaquería 65 las vacas permanecen tan soberbias como siempre. Tojosa, su preferida, espanta las moscas mientras magulla el kingrás.
Algunos hombres aseguran el ordeño brasileño eurolate, que se desmontó para evitar mayores daños. Otros picotean los árboles caídos.
Un pintor retoca la imagen del Che y asegura haber coloreado más de cien vaquerías. Arelys se acomoda el pelo para conversar conmigo. Me habla fino la guajira y se coloca el sombrero.

“Nunca pensamos que este ciclón fuera tan fuerte, pero no tuve ninguna pérdida. Estuve siete días sin corriente, pero no dejamos de ordeñar las vacas.”
En este centro parecen hormigas las personas, hay que enderezar algún palo y acotejar los cuartones. Arelys manda con mano fuerte, con la misma fortaleza que trabaja a la par de los obreros.
Le pregunto si le pasó algo a su vivienda y me muestra sus muñecas negras mientras pierde la finura y saca sus raíces.
¿Qué pasa mi negra? Mi mamacita Oshún me protegió.
Sin embargo, la deidad yoruba no pudo del todo con Irma. De nada valieron los violines y la miel, al final de la jornada la última nave perdió más de la mitad del techo.
No obstante, Arelys Jiménez conoce bien su oficio y no quiere incumplir su plan de producción de leche. Desde el cuartón la vaca Tojosa me mira.
El “Wicho”
La Unidad 513 está llena de personas, vaqueros, improvisados constructores que reparan la instalación. Las mujeres pintan, hay quienes “majasean” debajo de una mata. Algunos ordenan y mandan.
Pero el jefe de este sitio está apuntalando una cerca bajo el sol del mediodía y el estiércol debajo de sus botas. Su nombre es Luis Reyes Almeida, aunque le dicen “Wicho”.
Cuenta que este centro de desarrollo estaba devastado después del paso del huracán Irma por el occidente de Cuba. No ha pegado un ojo desde ese fatal día. El lugar parecía una selva de tanto árbol, de tantas ramas caídas.
“Estamos día y noche fajados por recuperar esto. Tú ves esto limpio hoy, pero aquí no se veía nada.”
El “Wicho” está loco por terminar y que sus novillas se acotejen en los cuartones. Su diminuta figura y la maleza casi lo esconden, pero él solo volverá a respirar cuando la instalación recobre su esplendor.
Dos días después…
Solo pasaron 48 horas desde las primeras líneas de este reportaje y en la mayoría de las 250 unidades de la Empresa Pecuaria Genética Matanzas el huracán solo parece a esta altura un recuerdo lejano.
La recuperación deja atrás su significado lingüístico para perpetuarse en cada obra cotidiana por el bienestar social. Se hablará de Irma por mucho tiempo, quizás hasta algunas novillas de la raza Mambí lleven su nombre. Y es que a los problemas se le hace frente, se les doma con el trabajo diario.
- Fotos de la autora
























