Bienaventurados los humildes, el Che es uno de ellos. Su sencillez lo llevó a estar ante los pobres. Esa fue su lucha constante y definitiva por alcanzar propósitos tan altos como los libertadores.
A 50 años de su asesinato hoy está ahí; su corazón late desde los corazones de cordilleras. Su sangre fecunda el pensamiento y el ímpetu de muchos que buscan en su efigie el faro que ilumina a la América toda. La misma América que buscó liberar y hacer que se levantara para todos los tiempos.
Aunque nunca lo reconociera, él fue un poco San Martín, también Bolívar, Hidalgo o Martí, en fin, un quijotesco hombre que siempre tuvo la certeza de que la humanidad se merece un mundo mejor.
Hoy la América toda y cada quien que marca sus ideas de izquierda, multiplican su pensamiento y su obra. De esta manera perdura su ideología y su nombre, porque simplemente es Che.
(Texto: Nolberto Cedeño)






















