Es difícil recordar el primer encuentro cuando los espacios y el tiempo son distantes. Tampoco vale la pena reconstruir las primeras imágenes si se mantienen las razones del recuerdo. Pero por algo hay que empezar si se desea transmitir un testimonio de amor, gratitud y de sueños sostenidos a través del diálogo con la vida. Esta, tal vez, sea mi prosa más difícil.
Lo recuerdo junto a las flores buscando lo desconocido y perdido entre la hierba respirando las nubes de papalotes. Allí fabricaba sus motorcitos para los aviones de juguete, pelotas de trapo, bates de madera tosca, caballitos de colores, y allí sembraba los árboles enanos, buscando en sus copas la fantasía de los mundos inalcanzables.
Allí corría y corría detrás y junto a los perros caseros, y con cuanta especie selvática despertara su curiosidad de niño buscador de libertades. Allí, en la vieja montaña con nombre de india, María Lionza, aprendió a mirar el universo desde sus pupilas ávidas de entendimientos. Tal parecía que desde su delgada y pequeña estatura escudriñara en los astros buscando los misterios de la vida terrenal. Tal parecía que concebía su destino caminando por los bosques circundantes. Me dijo, junto al inmenso río que separaba a los mundos de los blancos y de los indios, que en algún momento fabricaría nuevos ríos y montañas hasta hacer desaparecer las ciudades, porque él era, sin saberlo, parte inseparable de la naturaleza.
Sin embargo, dentro de aquella fugaz y antigua Venezuela, pulía sus ansias de saber. Los que lo vieron andar por las aulas supieron de premios y medallas decorosas que, con manos llenas de flores sonrientes, como trofeos prodigiosos de batallas campales contra el tiempo del juego y del ocio, le entregaba a mamá. Llegaba a la casa de Barquisimeto haciendo el gesto del silencio para despertar su sonrisa tierna y orgullosa. A fin de cuentas, él supo andar con hidalguía por todos los espacios de la vida.
De la mano me llevaba hacia todas partes. Parecía que quería protegerme de las venideras tormentas. Juntos construimos pensamientos, ideas y proyectos desde una infancia interrumpida por los azares de los adultos. Lo vi guardar, celosamente, dentro del cajón inmenso que protegía la historia de un tiempo feliz por su carga de fantasía, los libros de aquellas colecciones preciosas de Monteiro y Lobato y del Tesoro de la Juventud. Allí también quedó guardada su voz de niño inteligente y sensible, la que me leía, o mejor, me descifraba los misterios de los diálogos entre lo irreal y lo real.
Mejor no hablar de los tiempos duros y dolorosos. El regreso forzado hacia el país de origen con su carga de desempleo, incomprensiones e injusticias. Allá, en la tierra de los montes, dejamos definitivamente a la verdadera infancia para avanzar abruptamente por los caminos de la inadaptación.
En el Cienfuegos original, separados el uno del otro, lo esperaba sentada en el portal de la villa roja para andar juntos por el patio de los limonares, anones, naranjas y flores. Volvimos a reconstruir la fantasía de los mares y los ríos, volvimos a soñar más hacia delante que hacia atrás, buscando incansablemente las formas de volver a los universos perdidos con la sabiduría de los vencedores.
Lo vi en su juventud erguirse por encima de las dificultades. Lo sentí enamorado de Mercedes y de sus hijos. Le escuché construir sus sueños, pese a todos los avatares. Lo percibí como un hacedor de nuevas verdades. Me interrogaba una y otra vez sobre cuanto pensamiento construía con mis manos de escritora o sobre libros y viajes. Parecía que regresaba, sin quererlo, a los encantos de Marco Polo y Julio Verne.
Hablamos, al final de nuestro camino, en medio de músicas y bailes, de un libro premiado y de su posible viaje a las tantas veces visitada Barcelona por nuestro padre y hermano mayor. Hablamos de nietos y sobrinos, de lo terrenal y lo divino. Así fue nuestra insospechada despedida, como si regresáramos a nuestros cuentos infantiles.
Cuando lo vi aquella tarde de brisas y luces sobre el pavimento seco y dañado por el tiempo, convertido en los misterios de sus restos múltiples, pensé en el niño dormido sobre las estepas. Estaba tan vivo como sus anhelos multiplicados por el andar de todos y cada uno de sus descendientes. Estaba tan cerca, como nunca antes, de las realidades generadas por tanto andar por encima y muy a pesar de los infortunios.
Hoy miro el sol y lo veo junto a él, solo así puedo seguir soñando.
Doctora en Ciencias Históricas, Premio Nacional de Historia 2016






















