
Solo dos han sido las presentaciones de José María Vitier García-Marruz en la Sala de Conciertos José White, de la ciudad de Matanzas.
Solo dos veces después del renacimiento de la institución donde se escuchó por vez primera el danzón, el público ha podido atestiguar su excelencia lúcida y su desaforada pasión por la música cubana, y solo en dos ocasiones el piano Steinway and Sons ha sentido el roce de aquellas manos cálidas y experimentadas que engendran alimentos para el espíritu.
Pareciera que, a pesar de los años que median entre su última estancia en Matanzas durante la década de los ’70 y el día de hoy, nada ha cambiado en su veneración por esta Ciudad de Poetas, donde dio sus primeros pasos como profesional.

Llega al escenario y, en franca expresión de respeto, reverencia al público. El traje negro se ajusta a la forma de su cuerpo, sentado frente al piano, solo existen ellos dos y un auditorio expectante. Siente una cosquilla ligera, casi imperceptible en el estómago y respira.
Repara en que hoy hay más personas que el 30 de enero último durante su anterior presentación, cuando un torrencial aguacero bañó las calles matanceras, las mismas calles tan conocidas y entrañables para él.
“El público matancero es un exponente particular del público cubano que, en sentido general, es maravilloso. Colegas y artistas coincidimos en que no nos gusta ni nos impone más otro que no sea el público nacional. Dentro de los escenarios cubanos sí existen sitios que me son muy afines y Matanzas es uno de ellos.
“Una gran ciudad se hace de pequeños lugares y estas salas pequeñas suelen tener una calidez insospechada, al tiempo que te transmiten una energía incomparable. Por eso siempre vengo a la Sala White y lo seguiré haciendo aunque no me inviten.”
Su concierto en la Atenas de Cuba significa una suerte de encuentro con sus raíces, con una historia que ha hecho suya. “Venir a Matanzas es una emoción y una oportunidad para reencontrarme con la cultura de mi país y de pedacito de ese legado que escribieron también mis mayores.
“Cada vez que asumo este trayecto entre La Habana y Matanzas recuerdo que gran parte de lo que hice y de lo que estoy haciendo todavía lo soñé en este tramo. Llegar a Matanzas era, es y volverá a ser siempre un estímulo muy grande a mis ganas de trabajar, de crear y para intentar devolverle todo lo que uno le debe a esta ciudad.”
Su obra, marcada por un esmerado y exquisito aliento clásico, se aprecia fuertemente influenciada por el toque de lo popular. Es así que, desde la primera hasta la más reciente, en las piezas que compone está latente el espíritu de la cubanidad e, inevitablemente, de la matanceridad.
En la Sala White se define, se explica, se confiesa. Brinda a los espectadores una mirada íntima de sí mismo, de su sangre y de su vida. Tal vez después de este concierto muchos entiendan mejor los acordes que salen de su piano, aunque bien dicen que la música no es para entenderla sin para sentirla.
Durante su presentación más reciente, por primera vez, le puso voz a los sonetos que escribe, inspirado, por su ferviente admiración hacia Carilda Oliver, a quien dedicó estremecedores versos; mas reconoce, con humildad, la inmensidad de sus padres dentro de las letras cubanas.
“Creo que mi verdadero aporte a la poesía está en la música que compongo porque qué otra cosa sino poesía es la música. Mis padres marcaron mis inicios culturales, a ellos también les debo mi amor por Matanzas.”
A la Atenas de Cuba también regaló su Danzón imaginario, por ser este el lugar donde se estrenó el primer danzón, Las Alturas de Simpson, y Pendiente de un mirar, inspirado en el poema La tarde, del bardo yumurino José Jacinto Milanés. También incluyó en su repertorio composiciones como Esther en alguna parte, tema de una película homónima, Fresa y Chocolate, también creada para una de las piezas antológicas de la filmografía cubana, Tempo habanero y Tus ojos claros.
Recorre la sala con la mirada, como si aprendiera cada detalle. Sus ojos se depositan después es el piano de cola, ese que le ayuda a despojarse de la amalgama de sentimientos incompatibles que esta tarde de reencuentros le provoca.
Suspira, siente a energía brotar de sus manos y arranca arpegios indescifrables de su instrumento. Son tantas las emociones, palpita tan a prisa el pecho que no cree ser capaz de aminorar el las fluctuaciones de energía.
Se entrega a la pasión de su música, siente como si su piel adoptara forma de teclas negras y blancas. Ahora es su cuerpo el que reacciona ante los movimientos de unos dedos cálidos y experimentados.
José María Vitier toca y vivimos a Cuba desde los sonidos de su piano.
No soy clásico, no, más bien barroco
y romántico tenaz mientras exista
y, como además de eso, soy pianista,
algo de todo eso suena cuando toco.
Aunque a veces deliro, no estoy loco,
aunque luzca tranquilo, no soy cuerdo;
yo soy yo mismo desde que me acuerdo
y soy también quizás, tal vez, tampoco.
Soy mi antes, mi después, mi todavía,
soy bueno y malo, alegre y serio;
para el recuerdo seré José María,
mas para el olvido, ¿quién seré?
Acaso otro o ninguno, yo no sé.
Seré el último guardián de este misterio.
Fotos: Miriel Santana






















