Nunca leyó de lobos y corderos. Nunca jugó con sus amigas a la presa y al depredador. Pero, ella –casi por nada- era eso: carne fresca de manada hambrienta.
Laura: pequeña de ocho años. Laura: si llegara a ser mujer (hoy es cordero y niña a la vez) resultaría una morena, de cuerpo diseñado en los cielos. Y… ¿los ojos?, dos guijarros soñando con latir.
Camina con dolor, y cojea, parece que tropezó bajo la luna llena. Fue así. Desde siempre la manada (su manada) olfateó el perfume de la lana recién crecida, como orden expresa del macho alfa.
Él: abuelo querido, líder de todos. Él: primero en aullar bajo la luna, anunciando sed de presas fáciles. Él: aquella noche le siguió el rastro entre las ráfagas de viento. Trémula corrió la débil, ¡qué de pupilas asustadas!, pero las estrellas la abandonaron porque el pasto estaba al acecho del más fuerte.
La retuvo entre sus garras, le mordió con filo la oreja y las caricias llegaron más adentro de la falda marrón. Cuánto de chillidos: pensó en su má, le gritó; en su pá, le llamó; y en sus sueños por soñar. Mas, el hambriento continuó, saboreó el marfil y la tomó en el aire hasta saciarse de sangre.
La vi caminar hacia la escuela, hacia la casa, con hilo rojo pegado al cuerpo. Y exclamó su dolor a todos, y vagó con él. ¿La escuché yo o… tú? Nadie: la fiera podría devorarla para siempre. Así que ella calló. Y le preguntó al cielo si su carne era suficiente para alimentar a tanto demonio.
En las nuevas lunas, la cordero transita por ahí, despeinada. Ahora, habla de otros depredadores: el gozo en la cama de cierto lobo, que asegura ser su hermano; el placer de un sediento, que simula ser su primo; y el celo entre ambos, que paralizan la lujuria en el reloj de su cuarto.
Oigo balar a la pequeña en la lluvia, como pidiendo que brote la felicidad de las nubes. Conversa disparatado la muy mansa y dice que los muchos insaciables la han marcado con un condiloma. Ya los cuatro vientos lo han percibido: sueñan los médicos con defenderla para que ella no sea más rehén de hospitales.
Sin embargo, las batas verdes y los quirófanos no la olvidan. Y a cada rato le hacen recordar las noches de insomnio, a su manera, cuando el ardor le regresa al cuerpo y le dan la bienvenida las enfermeras entre pinchazos de jeringa.
Miro a su alrededor: crece el verde pasto. Miro a su alrededor: aún vive en una jauría. Creo porque es de creer en la vida. ¿Sabrá ella (así como yo o… como tú) lo que es vida?
Pobre niña: nunca leyó de manadas y corderos. Nunca jugó con sus amigas a la presa y al depredador. Pero, cojea y llora, parece… que tropezó con lobos en luna llena.
(Estudiante de segundo año de Periodismo en la Universidad de La Habana. Premio en el XII Encuentro Nacional de la Crónica Miguel Ángel de la Torre. Tomado de la Intranet de la Facultad de Comunicación)






















