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Sunday 13 October 2019
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Un hombre de historia…, un hombre de Matanzas

Quisiera haber podido hacerle una entrevista en este, el día en que cumple 58 años, pero el Conservador apenas tiene tiempo para sí, siempre está a disposición de la dama que lo seduce a cada instante, a cada paso, en cada pensamiento.

Tanto es así que el día de su onomástico Leonel Pérez Orozco defiende los valores de su ciudad lejos de ella, de sus amigos y personas más allegadas, durante el Simposio Internacional Desafíos sobre Manejo y Gestión de Ciudades, en Camagüey.

Hubiera querido también dedicarle palabras más encumbradas y festivas, pero tengo cierto temor a darle rienda suelta a los sentimientos hasta el punto en que la emoción nuble el sentido de mis palabras, dirigidas, fundamentalmente, a resaltar el gran hombre que es, el acérrimo quijote de la cultura matancera, el “profe” que no solo enseña, sino que enamora, el amigo incondicional, más que las causas que nos llevaron a conocernos y a mantener una amistad fuerte, contra vientos y mareas.

Pero el día de hoy no puede menos que ser especial porque, a pesar de los más de 480 kilómetros que median entre él y la que ha sido su novia desde hace 58 años, en agradecimiento, ella siempre le reserva un lugar a quienes convierten la cultura en un baluarte de respeto a la identidad, la reflexión, el disfrute del buen arte y la defensa de los ideales culturales más excelsos de la Isla.

En ese complejo proceso de conformación de la idiosincrasia de un país, la memoria histórica cobra una importancia medular. Precisamente, el “profe” Orozco (mi amigo, como prefiero llamarle para que no existan excesos de formalidades entre nosotros) se ha empeñado en conocer a cabalidad y sacar a la luz esos valores acumulados durante siglos en el imaginario colectivo del pueblo y en la historiografía nacional. Bien conoce estos asuntos porque le ha dedicado buena parte de su vida a la investigación de las esencias escondidas entre los centenarios muros de la ciudad a la que venera.

Un amor incondicional por la Atenas de Cuba

Incansable y apasionado serían adjetivos que no alcanzan para describir a este admirador ferviente de Matanzas, el principal impulsor de su renacimiento, un comunicador para el que las palabras apenas alcanzan para transmitir lo que conoce, para contagiarnos con ese sano amor que la eterna y bella doncella le provoca.

Siempre en movimiento, se le ve cada día presuroso, desandando las estrechas calles de su neoclásica casa, sus edificios emblemáticos, los parajes subterráneos, en busca de respuestas a las incógnitas impuestas con el paso de los años, a veces olvidadas en algún recóndito sitio de la memoria patrimonial.

Leonel Pérez Orozco es un amante ferviente de su ciudad, a ella se ha entregado en cuerpo y alma, como uno de sus más fieles hijos. Desde la espeleología y la investigación desentraña no pocas de las interrogantes sepultadas a merced del tiempo, las cuales permanecerían enterradas de no ser por su constancia y paciencia.

Fruto de esa sed insaciable de conocimientos y su imperecedero compromiso con la cultura matancera y cubana, han visto la luz importantes textos devenidos fuentes de obligada consulta para conocer nuestra raíces y comprender la invaluable magia que hacen de Matanzas una ciudad única.     

Una vida al servicio de Matanzas

Escuchar conversar a Orozco es una escuela valiosísima. Su enciclopédica memoria recoge cuanto hecho histórico haya acontecido en la provincia de Matanzas. Tal vez fue obra del destino o quizás se debió a que Matanzas necesitaba a un hombre como Leonel. Durante años su pasión desbordante por una ciudad de luces y ocasos, de sueños y realidades desgarradoras, se ha transformado dotándola de vida y esperanzas.

Desde el visor del tiempo la redescubre, la admira, saca del interior de sus soledades bohemias y contrastantes hasta las más íntimas confesiones de la urbe, convirtiéndola en un manantial del que se puede beber el arte en la más encumbrada o sencilla de sus formas.

Hablar de Orozco es imposible sin referirse a Matanzas y hablar sobre Matanzas resultaría insuficiente sin mencionar al hombre gracias a quien se han hecho realidad muchos de los sueños de la Ciudad Dormida.

Todos le debemos a Matanzas, como dijo Carilda, pero tanto igual le deberá por siempre Matanzas a su apasionado defensor. Al hablar de la urbe a la que le conoce hasta las primicias, las heridas sangrantes y los secretos más disfrazados, es imposible no advertir las influencias que ejerce en él el espíritu imperturbable de la Atenas de Cuba. De sus labios se escapan, en forma de palabras, las confesiones de un eterno enamorado de su cultura.




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