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Thursday 17 October 2019
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Cubano con mayúscula

Durante el siglo XVIII fue la viruela una de las enfermedades infecciosas más temidas por la humanidad, debido al número de víctimas que arrastraba consigo y las secuelas que dejaba en las personas que salían de ella.

Este antiguo padecimiento causado por el virus variólico se caracterizaba por fiebre alta y sensación de fatiga. Luego el virus produce una erupción característica, sobre todo en la cara, los brazos y las piernas.

Los granos se van llenando de un líquido claro que más tarde se convierte en pus y forman una costra que, por último, se seca y se desprende.

Antes la viruela era mortal en el 3% de los casos y su erradicación tuvo su origen en un programa mundial de vacunación liderado por la Organización Mundial de la Salud, tras un proceso largo y dificultoso consistente en identificar todos casos existentes.

En Cuba la extinción inicial estuvo a cargo del sabio médico habanero Tomás Romay Chacón quien introdujo y propagó la vacuna, a partir de febrero de 1804, después de estudiar la información que obtenía acerca del descubrimiento de Edward Jenner, en Europa.

Fue entonces cuando abandonó las comodidades del hogar para marchar al interior de la isla en busca del virus y arriesgó la vida de sus hijos, a quienes utilizó como sujetos de prueba para vencer los temores, dudas y vacilaciones respecto a su efectividad.

Romay estuvo en importantes hechos que marcaron verdaderos hitos en el desarrollo de la sociedad de la época, sometida por entonces al dominio de la metrópoli española.

Junto con su extraordinaria labor en la lucha frente a esa enfermedad, realizó importantes reformas en la docencia médica al introducir nuevos métodos basados en la observación y la práctica, promovió la modernización de la medicina clínica, y logró restablecer la enseñanza de la Anatomía.




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