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Monday 21 October 2019
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La escuelita de Tomeguín

En el polvoriento camino que conduce a Tomeguín, en el municipio matancero de Perico, resaltan los inmensos sembrados de frijoles y los mameyes que se agolpan en el suelo.

No obstante, allá en la lejanía, se observa la blancura del busto del Apóstol, en un sitio donde todo lleva la marca de la tierra colorada. Es la escuelita rural Calixto García Íñiguez,  que recibe a los visitantes con el olor incomparable de las flores campestres.

El aparente silencio del local pone en duda si de verdad es un centro escolar. En el umbral se divisan cinco caras con diferentes pañoletas y la maestra al frente revisando las tareas. Los uniformes de ellos están pulcros, las niñas lucen sus mejores peinados, no hay ningún tipo de descuido. La sonrisa de los alumnos denota cuán felices se puede ser hasta en el lugar más intrincado de la geografía matancera.

La maestra del centro escolar, Aimé Muñiz Ortiz, viaja todos los días desde el pueblo hasta allá. Confiesa que es difícil enseñar a niños que cursan diferentes grados, que van desde el primero hasta el cuarto. Saled Rodríguez Durán, de nueve años, confiesa sentirse feliz en el aula, sobre todo porque su maestra es buena y le aclara todas las dudas.

También, la organización de base de la Cooperativa de Producción Agropecuaria Alberto Delgado planifica actividades y sorprende a los más pequeños con excursiones. Sin embargo, no porque la escuela esté en el medio del campo, está abandonada. El lugar está siempre pintado y limpio.

En este escenario se verifica uno de los mayores logros de la Revolución: que la educación llegue a todas partes.

Y cuando llega la tarde y el sol saluda por última vez el busto de José Martí en la escuelita de Tomeguín, se hace más firme la frase martiana de que ser culto es el único modo de ser libres.




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