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Monday 14 October 2019
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La cúspide del Romanticismo en Matanzas: José María Heredia

Ciudad de poetas y cultura singular, Matanzas es también tierra, agua, sol, donde la tradición tiene arraigo desde el propio nacimiento de esta urbe anfiteatro.

Así, cuando en el siglo 19 se comparó a Matanzas con la Grecia de antaño, quizás se pretendiera sintetizar las riquezas geográficas, las características climáticas, la identidad del matancero y la historia de un territorio elevado en cuanto a su excelsa cultura.

Esta ciudad atrae al viajero la esencia que trasciende lo tangible, más allá de las reales bellezas con las cuales la premió la naturaleza: su entorno, bordeado por la bahía y surcado por tres ríos, propició su bautismo como La Bella Durmiente o La Venecia Cubana, por sus más de 30 puentes, o la Atenas de Cuba, desde 1860 cuando Rafael del Villar propuso el apelativo por lo grandioso de su acervo artístico y literario.

Pero esta localidad también atesora nombres de grandes poetas quienes dejaron aquí, más que sus letras imprescindibles, la memoria de un país, sus amores, desesperanzas, tormentos y nostalgias. Tiene esta bella villa el privilegio de haber acogido a una de las más grandes personalidades de la poesía cubana.

HEREDIA EN MATANZAS

El poeta cubano José María Heredia vivió varias etapas en la ciudad de Matanzas, sitio donde encontró refugio para su realización como poeta, escritor, desató sus ansias libertarias, fue profundamente feliz y tortuosamente desdichado.

Determinantes momentos de su fecunda existencia tuvieron como residencia este sitio, entre ellos su aparición como autor dramático, su trabajo como abogado, las primeras manifestaciones de sus sentimientos independentistas como parte de Caballeros Racionales de Matanzas, una ramificación de la logia masónica Los Soles de Bolívar, su partida hacia el destierro y la última visita a la Patria.

El investigador José Augusto Escoto, hace cien años, buscó intensamente la casa donde el romántico poeta pasó algunas de las mejores etapas de su juventud, mas “desistió debido a las transformaciones arquitectónicas del inmueble y su entorno”, según expone la periodista Amarilys Ribot en su información Identifican casa del poeta Heredia en Matanzas.

Escoto había reseñado que Heredia vivía en la calle O’Reilly (actual Río) en la sección del barrio o cuartel de San Juan de Dios, en la acera de la derecha, según se avanza dando la espalda al mar.

Aquella no fue, sin embargo, la única vivienda donde residiera en Matanzas el primero de los grandes poetas del siglo 19. Nacido en Santiago de Cuba, en 1818, el joven Heredia residió por primera vez en Matanzas, en la casa de su tío, el abogado Ignacio Heredia Campuzano.

En su primera estancia en la ciudad, que no duró más de un año, Heredia actuó en el estreno de su obra Enrique IV o El usurpador clemente, compuso su tragedia Montezuma y el sainete El campesino espantado, etapa muy bien descrita por el escritor cubano Leonardo Padura en su libro La novela de mi vida.

Otros estudiosos, biógrafos e historiadores retomaron las indagaciones. Determinante fue la labor del doctor Ercilio Vento Canosa, Historiador de la Ciudad, estas culminaron en el año 2001, no sin contratiempos que dilataron el proceso. Eran evidentes la deficiente información documental existente en archivos y lugares de consulta y las transformaciones estructurales, tanto de la propia vivienda como de la manzana donde se le sitúa.

En 1819, el joven estudiante abandonó la isla rumbo a México y a su regreso, en 1821, sienta residencia en Matanzas, en la casa de Río 54. Es este uno de los períodos más fecundos de la vida del poeta: se gradúa de bachiller en leyes y abogado; funda la revista Biblioteca de las damas, donde publicó varios escritos suyos y escribió su tragedia Atreo.

José María Heredia dejó profundas huellas en la literatura cubana pero de manera trascendente lo hizo su poema La estrella de Cuba, escrito el 23 de octubre de 1823 y considerado el primer texto de espíritu revolucionario e independentista escrito en la Isla. Entonces residía en Matanzas, en la casa de su tío Ignacio, prestigioso abogado en esa localidad cubana.

Denunciado en 1823, Heredia debe escapar rumbo a los Estados Unidos y después a México. El anhelado regreso ocurre en noviembre de 1836, pero el autor del Himno del desterrado no encontró paz entre los suyos. Refugiado en el hogar materno en Matanzas, aquella misma casona de Río 54, Heredia pasa dos lacerantes meses en Cuba antes de partir definitivamente a México, donde falleció el 7 de mayo de 1839.

A 179 años de su muerte, Matanzas recuerda la presencia en este terruño de uno de los más importantes poetas de todos los tiempos.

LA ESTRELLA DE CUBA

¡Libertad! ya jamás sobre Cuba

Lucirán tus fulgores divinos.

Ni aún siquiera nos queda ¡mezquinos!

De la empresa sublime el honor.

¡Oh piedad insensata y funesta!

¡Ay de aquel que es humano, y conspira!

Largo fruto de sangre y de ira

Cogerá de su mísero error.

Al sonar nuestra voz elocuente

Todo el pueblo en furor se abrasaba,

Y la estrella de Cuba se alzaba

Más ardiente y serena que el sol.

De traidores y viles tiranos

Respetamos clementes la vida,

Cuando un poco de sangre vertida

Libertad nos brindaba y honor.

Hoy el pueblo, de vértigo herido,

Nos entrega al tirano insolente,

Y cobarde y estólidamente

No ha querido la espada sacar.

¡Todo yace disuelto, perdido…!

Pues de Cuba y de mí desespero,

Contra el hado terrible, severo,

Noble tumba mi asilo será.

Nos combate feroz tiranía

Con aleve traición conjurada,

Y la estrella de Cuba eclipsada

Para un siglo de horror queda ya.

Que si un pueblo su dura cadena

No se atreve a romper con sus manos,

Bien le es fácil mudar de tiranos,

Pero nunca ser libre podrá.

Los cobardes ocultan su frente,

La vil plebe al tirano se inclina,

Y el soberbio amenaza, fulmina,

Y se goza en victoria fatal.

¡Libertad! A tus hijos tu aliento

En injusta prisión más inspira;

Colgaré de sus rejas mi lira,

Y la Gloria templarla sabrá.

Si el cadalso me aguarda, en su altura

Mostrará mi sangrienta cabeza

Monumento de hispana fiereza,

Al secarse a los rayos del sol.

El suplicio al patriota no infama;

Y desde él mi postrero gemido

Lanzará del tirano al oído

Fiero voto de eterno rencor.




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